sábado, abril 26, 2008

El origen del hombre (II)

Durante 150 millones de años los grandes saurios campearon por la Tierra, y parecían ser la suprema criatura de la creación. Pero hubo un día en que dejaron de existir. En las aves del cielo tenemos a sus parientes más directos. Aves, peces y mamíferos y pequeños reptiles sobrevivieron a las condiciones que llevaron a los dinosaurios a la extinción. La era del hombre había comenzado. Un ser imperfecto, que se considera a sí mismo como el rey de la creación. Y sin embargo el hombre moderno apenas lleva 100.000 años hollando este mundo. Qué poco parece en comparación con esos 150 millones de años.

En el siglo XVIII Carl Von Linné elaboró las bases de la nomenclatura moderna para seres vivos, plantas y minerales. Se hablaba así por primera vez del Homo sapiens. Un siglo después aparecía el primer Homo neandertalensis. En 1871 Charles Darwin publicaba El origen del hombre, donde argumentaba que el simio y el ser humano compartían un antepasado común. Que probablemente nuestros primeros antepasados venían de África o los Trópicos, y que nuestra inteligencia era producto de la evolución y la selección natural. Otros científicos como Alfred Russell Wallace defendían la invertención divina.

Muchos entendidos han descrito la búsqueda del origen del hombre como un puzzle, un rompecabezas que debemos resolver sin tener un dibujo completo como guía, y donde un gran número de piezas han desaparecido. No hay una línea recta para llegar hasta nuestros antepasados. Como si de un tupido arbusto se tratara, hay centenares de ramificaciones de distintas especies y subespecies de homínidos, la mayoría de los cuales no son antecedentes directos nuestros. Nosotros somos el producto de una suerte de carrera evolutiva. Muchas especies de homínidos se extinguieron al no lograr adaptarse a los sucesivos cambios que experimentó la Tierra y a miles de problemas que surgieron en el camino.
Hubo un tiempo en que no hubo gorilas, ni chimpancés, ni seres humanos. Tan sólo un antepasado común a todos ellos. En algún punto de la línea evolutiva surgió una nueva rama que llevó a la aparición de los grandes gorilas. Tiempo después seres humanos y chimpancés se separaron también. Ellos son nuestros parientes más directos. Nuestro ADN apenas se diferencia en un 2%. Los chimpancés tienen más en común con nosotros que con los gorilas.

A finales del siglo XIX la ciencia estaba convencida de que el origen del hombre se hallaba en Asia. En 1886 nuevos descubrimientos de restos del hombre de Neandertal confirmaron que hubo un antepasado nuestro habitando las cavernas de Europa 30 millones de años atrás. Un anatomista holandés estaba decidido a investigar nuestro pasado. Eugène Dubois, convencido de que el primer hombre surgió en los Trópicos, decidió trasladarse a las Indias Holandesas (la moderna Indonesia) para tratar de encontrar nuevos fósiles. Se alistó en el ejército holandés como médico y así pudo partir en busca de nuevos restos de homínidos.
En 1887 Dubois llega a Sumatra. Tras mostrar algunos progresos en su búsqueda el ejército le proporcionó dos ingenieros y 50 trabajadores (muchos de ellos convictos y buscafortunas) para que prosiguiera con su investigación. Aunque algunos fósiles fueron encontrados, Dubois no pudo dar con material que le permitiera avanzar en sus teorías . En las espesas junglas de Sumatra las condiciones eran duras. Un ingeniero cayó enfermo, y el otro tuvo que ser despedido. Los trabajadores se fugaban y no cumplían con sus tareas.
En 1890 el holandés decide probar suerte en Java, donde poco antes se había encontrado un cráneo humano en una mina. Más trabajadores le fueron asignados, y dos nuevos ingenieros más competentes le ayudaron en sus tarea. El trabajo de Dubois comenzó a progresar.
Fue la determinación de Dubois la que le llevó al éxito. Hubo de superar problemas de financiación, enfermedades, la incompetencia de sus trabajadores, y un sin fin de obstáculos. En septiembre de 1890, en Koedoeng Broeboes, sus trabajadores encuentran un pómulo y una mandíbula inferior con tres dientes. Un molar es hallado en el verano de 1891. Dubois está más cerca de su objetivo que nunca.
Fue dos meses después cuando el llamado "Hombre de Java" salió a la luz. Una base de cráneo intacta fue hallada en el mismo lugar donde fue encontrado el molar. Más prospecciones en la zona llevaron a desenterrar un hueso de la pierna casi completo.


Hace un millón de años un homínido robusto y alto había habitado zonas de África, Oriente Medio y Eurasia, incluyendo China e islas como Java. Su frente era más pequeña que la de otros homínidos anteriores, así como sus dientes, y su capacidad craneal mayor. Los machos podían llegar a ser hasta dos o tres veces más altos que las hembras. Usaban utensilios más complejos, como lascas de piedra afiladas para cortar carne, o grandes molares de roca para quebrantar huesos. También fabricaban rudimentarias hachas de mano que podían usar para defenderse de otros predadores o para sajar la carne de grandes presas. Aquellos homínidos fueron el primer gran cazador y recolector. Las hembras se concentraban más en cuidar de una sola cría, a la que dedicaban toda su atención. La progresiva especialización de aquellos homínidos les permitió poder colonizar una gran parte del globo terráqueo. Se cree también que fueron ellos los primeros en controlar el fuego para su propio beneficio.

Fueron los restos de homínidos como aquellos los que Dubois encontró en Java. En 1894 el holandés los bautizó como Pithecanthropus erectus,y los describió como una especie de cruce entre un simio y un humano. Cuando Dubois regresó a Europa en 1895 para presentar los resultados de sus hallazgos, pocos fueron los que hicieron causa común con él. La mayoría consideró su trabajo como inexacto. El fémur era prácticamente idéntico al de un humano, pero, ¿pertenecía al mismo individuo que el de la base del cráneo? ¿Era aquél trozo de cráneo el de un gran simio, y no el de un antiguo homínido? Los debates sobre si aquel cráneo era más parecido al de un simio o al de un humano eran la prueba, según Dubois, de que su teoría era correcta. Con el cambio de siglo el holandés abandonó toda lucha por probar que tenía razón. Aceptó una plaza en la Universidad de Amsterdam, guardó sus fósiles y se dedicó a investigar otros asuntos.

En 1921, en lo que hoy es Zambia, y entonces era Rhodesia, un minero suizo halló restos de lo que parecía ser un nuevo homínido. El Homo rodhesiensis supuestamente vivió hace unos 300.000 años, y todavía hoy sigue siendo objeto de polémica. Si es un Neandertal africano, o si es un punto intermedio entre el hombre de Neandertal y el Homo sapiens, es algo que los científicos deben resolver.
Aquel nuevo hallazgo reabrió el interés por los descubrimientos de Dubois. Aunque reacio, el holandés aceptó mostrar de nuevo sus fósiles a sus colegas científicos. El científico seguía convencido de que había descubierto al auténtico "eslabón perdido".

Aquel 1921 había visto nuevos esfuerzos en busca del famoso eslabón por parte de un geólogo, Johan Gunnar Andersson, y de un paleontólogo, Walter Granger. Ambos se trasladaron a Zhoukodian, en China, y guiados por mineros locales se dirigieron a la colina del Hueso de Dragón. Allí tenía que estar su homínido. Otro paleontólogo austríaco, Otto Zdansky, ayudó también en las excavaciones. Un molar fue hallado en el lugar. En años subsiguientes se encontraron dos molares más. Andersson y Zdansky enviaron sus hallazgos y resultados a la universidad de Uppsala. Aquellos informes atrajeron el interés del anatomista Davidson Black, quién consiguió apoyo económico de la Fundación Rockefeller para nuevas excavaciones. Tanto científicos europeos como chinos participaron en esta nueva empresa. Otro molar fue hallado. Davidson lo usó como prueba de la existencia de un nuevo homínido: el Sinanthropus pekinensis. La comunidad científica acogió la idea con escepticismo hasta que no se encontraran nuevos restos. Éstos llegaron en 1928. Más restos fueron hallados en años subsiguientes bajo la dirección de antropólogos chinos hasta la ocupación japonesa de 1937. Para entonces ya se hablaba del Hombre de Pekín. Hoy se le conoce como Homo erectus pekinensis, y es generalmente considerado como perteneciente a la rama del Homo erectus, aunque otras teorías rebaten tal argumento.
En la década de los 30 más restos de Homo erectus se encontraron en varias partes del mundo, entre ellas Java. El obstinado Dubois rechazó la validez de todos aquellos descubrimientos, tachándolos de demasiado humanos. Sólo él estaba en posesión del auténtico eslabón perdido. Y así siguió pensando el buen holandés hasta el día de su muerte. Hoy sabemos que su Pithecanthropus erectus no es el eslabón perdido, y que aquellos otros fósiles eran de la misma familia que el descubrimiento de Dubois.

Hasta la década de 1920 los paleontólogos, antropólogos y demás científicos habían centrado su búsqueda de homínidos en Asia. En 1924 un nuevo descubrimiento iba a aportar un nuevo punto de vista sobre nuestros antepasados, desplazando el eje del origen del hombre una vez más.

1 comentario:

Anónimo dijo...


Hola, soy un estudiante.
Me gusta mucho el primer parafo por lo cual dices que el hombre no es perfecto.
Gracias por la información que me has dado.