domingo, febrero 06, 2011

La batalla de las Termópilas

Caminante, ve a Esparta y di a los espartanos que aquí yacemos por obedecer sus leyes. Simónides de Ceos.

Durante siglos la batalla de las Termópilas, enmarcada dentro de la segunda de las Guerras Médicas, se ha considerado como uno de los momentos culminantes de la Historia Antigua, aquel en que la cuna de la civilización occidental, extendida hoy por varios continentes, luchó por su supervivencia. En las Termópilas muchos han creído ver la eterna lucha entre Oriente y Occidente, entre tiranía y democracia, el honor y el deber contra la superioridad numérica. Las Termópilas significaron eso, mucho menos, y mucho más. Entre los griegos había ciudadanos, súbditos, siervos de tiranos. Entre los persas había un significante número de griegos, dispuestos a luchar contra otros griegos. La posible derrota helena quizás no habría significado el fin de la civilización griega, ni habría tenido porque conllevar el que ahora Europa occidental hablara lenguas parsi en vez de romance. En las Termópilas posiblemente no se jugaba la salvación o la total destrucción a una sola carta. Y desde luego no todos los griegos luchaban por lo que nosotros entendemos como democracia.

Pero, sin lugar a dudas, quienes se enfrentaron a las fuerzas persas, tenían claro que luchaban por algo sagrado: su libertad. No necesariamente nuestra libertad, pero sí la del siglo V antes de Cristo.



A principios del siglo V a.C. el Imperio persa de los Aqueménidas se extendía desde sus confines en Oriente, bordeando en Hindukush y Gandara, limitando con el río Indo, hasta la península de Anatolia en occidente, dominando también algunas islas del Mar Egeo. Al noreste, el Imperio dejaba caer su sombra sobre Sogdiana y Bactriana, al norte de la actual Afganistán, siguiendo al sol hacia poniente, pasando por Partia, la antigua Media, el Cáucaso, Armenia, y las costas del Mar Negro. Al sur, el Mar Arábigo, el Golfo Pérsico y el norte de Arabia delimitaban los confines del Imperio. Además, el rey Cambises II había incorporado al Imperio persa al otrora poderoso Egipto. Así pues, cuando Jerjes I accedió al trono, la antigua Persia no era sólo el más extenso imperio que hubiera conocido el hombre, sino que además ningún otro había experimentado un desarrollo tan rápido.

Frente al mayor imperio de su tiempo se encontraba la Hélade, ese conjunto de pueblos helenos que se repartían en diferentes polis o ciudades autónomas, y cuyo único nexo entre ellas eran una religión y una lengua (con sus múltiples dialectos) comunes. A comienzos de aquel siglo V, la Hélade, y el mundo griego, no se limitaba a las fronteras de la moderna Grecia. En constante pugna con los fenicios, las polis griegas habían enviado a su exceso de población allende los mares, buscando ventajosos puestos para el comercio, en lo que habían de ser futuras colonias griegas. Las había en el Mar Negro, en la Península Itálica, en el Norte de África, en la futura Hispania, y en Sicilia, eternamente disputada a los fenicios. Algunas de las más importantes se encontraban en Anatolia, junto a auténticas y poderosas polis griegas como Focea y Mileto. Sin embargo aquellos territorios anatolios habían pasado a formar parte, algunas décadas atrás, del Imperio Persa, cuando el antiguo reino de Jonia fue conquistado por el poderoso rey persa Ciro.

La dividida Grecia (si se me permite el término actual) que había de hacer frente a los persas en el año 480 no había estado mucho más unida en el 499, cuando el tirano de Mileto, Aristágoras, había decidido levantarse contra la opresión persa, animando a otras ciudades griegas de la costa de Anatolia a hacer lo mismo. El tirano pidió ayuda a sus primos griegos del otro lado del Mar Egeo, obteniendo una fría respuesta, y una parca ayuda de la por entonces importante pero no demasiado poderosa Atenas, y de la potencia naval de Eretria, en la isla de Eubea. El por entonces Rey de Reyes, Darío I, no se quedó de brazos cruzados. Su respuesta fue contundente, y los persas se lanzaron a una campaña de devastación que aplastó irremediablemente la revuelta jónica.

El apoyo de la Hélade, compuesto principalmente por Atenas y Eretria, no había de quedar impune. Se dice que Darío había dado orden de que, cada vez que se sentara a la mesa para comer, un sirviente le dijera al oído tres veces: "¡Señor, acordaos de los atenienses!". La revuelta jónica había de ser la causa de la primera Guerra Médica.

En el desenlace de aquel primer enfrentamiento entre persas y griegos tuvieron un papel la preparación, las alianzas, algo de suerte, la visión de Temístocles, gobernante electo de la capital ática, unas sabias tácticas navales en Salamina, el sacrificio de Eubea, una mítica carrera del atleta Filípides, y una batalla, Maratón, que dio finalmente al traste con las esperanzas de Darío de someter a la Hélade.

El rey persa se retiró a regañadientes, pero decidido a volver. Sus planes de venganza hubieron de ser aplazados debido a una revuelta en Egipto. Pero el todopoderoso señor de Persia no llegaría siquiera a ver las llanuras de Gizah. La muerte llegó antes, y su hijo Jerjes ocupó el trono en su lugar. Pero tampoco él olvidaría el inconcluso "asunto" de la Hélade.

Al otro lado del Egeo los griegos respiraban tranquilos, por el momento. Como si de cierto olor extraño en el aire se tratara, en el ambiente de las polis griegas flotaba la sensación de que los persas no tardarían en volver. De hecho, tras su frustrada invasión, el Imperio se encontraba cada todavía más cerca, pues Tracia y las Islas Cícladas habían sido conquistadas por los persas. En Atenas recordaban lo cerca que habían estado de sucumbir a las tropas persas. Entretanto, al otro lado del istmo de Corinto, en Esparta, sus ciudadanos guerreros sabían que el hecho de haber llegado un día tarde a Maratón no les salvaba de la venganza persa. Tampoco el modo en que habían tratado a los emisarios persas, años atrás, lanzándolos a un pozo. Si volvían los persas, y acababan con Atenas, Esparta sería la siguiente.

Esparta, una polis griega que hablaba dorio, situada al sur del Peloponeso, bajo el Monte Taigeto, bañada por el río Eurotas, en la península meridional de la actual Grecia. Esparta la grande, la poderosa, que había logrado dominar Arcadia, Laconia, Mesenia, haciéndose con el control de la península, salvo la eternamente enemiga, y siempre derrotada, Argos.

Esparta, la ciudad de los hombres libres, de los guerreros profesionales, que basaba su poder, entre otra cosas, en la dominación y esclavización de otros griegos, los ilotas, a quienes cada año Esparta declaraba la guerra, para, de ser necesario, poder degollarlos o aplastar sus ocasionales levantamientos sin incurrir en un derramamiento de sangre pecaminoso. Entre los ilotas y los espartanos de primera clase se encontraban los periecos, ciudadanos libres, pero de segunda, cuyas alrededor de 80 poblaciones se irradiaban desde la polis espartana, y donde diestros artesanos periecos elaboraban las armas y demás panoplia militar de los hoplitas de Esparta.

Esparta, la temida, con la mejor infantería de la Antigua Grecia, y tal vez de todo el mundo conocido por los griegos. Desde muy jóvenes los espartanos eran criados y entrenados para la guerra. No había negocios que atender, ni artesanías que modelar, ni campos que cultivar. De todo ello se encargaban ilotas y periecos. Los ciudadanos espartanos libres vivían por y para la guerra, y, por ello, sus hoplitas eran una fuerza de elite, bien pertrechada, y totalmente profesional.

Durante el siglo V Esparta y Atenas estaban llamadas a ser las dos grandes potencias de la Grecia peninsular. Habían chocado en el pasado, y volverían a chocar en el futuro. Pero ante un enemigo común, era sensato aparcar las diferencias y unir fuerzas para combatir por la libertad, ya fuera la libertad ateniense, con esclavos (extranjeros en su mayor parte) en el servicio privado, o la libertad espartana, construida sobre la esclavitud institucionalizada de los ilotas.

Alrededor del 484 a.C. Jerjes envió desde Susa, una de las capitales del Imperio Persa, la orden de movilización general, especialmente para las satrapías (divisiones territoriales y administrativas del imperio) orientales. La enormidad del Imperio Persa, la enormidad del ejército que podía levantar, y la propia enormidad del proyecto que se avecinaba, significaba mucho tiempo, planificación y esfuerzo. Tiempo suficiente para que la noticia de que la amenaza persa se cernía de nuevo sobre Grecia llegara a Esparta.

Si en aquel entonces hubiera habido alguna figura parecida al Papa, se podría haber dicho que los espartanos eran más papistas que el Papa, o, dicho de otra manera, más escrupulosamente religiosos que el resto de griegos. Y siendo los antiguos griegos un conjunto de pueblos escrupulosamente religiosos, eso da una idea de lo en serio que se tomaban los espartanos sus compromisos religiosos. Lo cual llevó a que muchos ciudadanos espartanos vieran en aquella noticia una venganza de los dioses por el trato que habían dispensado a los embajadores de Darío. Para tratar evitar las terribles represalias, se decidió enviar a dos espartanos a la corte de Susa, a modo de sacrificio ritual y reparación del agravio. Ofreciendo esas dos vidas a Jerjes, el daño realizado a los persas quedaría subsanado. Tras muchas asambles, dos voluntarios, de noble estirpe, aceptaron sacrificarse en beneficio del Estado; perder la vida por Esparta no significaba nada, era un gran honor: una cualidad en la que se adiestraba a los niños espartanos desde pequeños. Así pues, los dos guerreros partieron hacia Persia, para ofrecerse a Jerjes y reparar así la ignominia de antaño. El Rey de Reyes les recibió, y al escuchar su propuesta, no puedo sino estallar en carcajadas, enviando a los dos humillados espartanos de vuelta a su hogar.
Jerjes estaba dispuesto a eliminar la amenaza helena de una vez por todas, y nada iba a cambiar su determinación. En la Tracia meridional ya habían comenzado los trabajos de invasión en la Calcídica, abriendo un canal que protegiera a la flota persa de las inclemencias del tiempo. También se estaban llevando a cabo obras para levantar un puente de embarcaciones en el estrecho del Helesponto (actualmente los Dardanelos), de forma que el ejército persa pudiera cruzarlo y pusiera pie en la Grecia continental, avanzando así a través de la sometida Tracia hacia Macedonia, el reino heleno visto por el resto de helenos como un atajo de cuasi bárbaros, o griegos de baja estofa.

Al norte de Esparta también llegaron las noticias del movimiento persa, y parecía claro a todos que una resistencia digna de tal nombre había de contar con el respaldo de Esparta y su poderoso ejército. En el mar el asunto era distinto; la flota espartana era exigua, y su principal baza naval, la polis de Egina, había abrazado la causa persa a finales de la década de 490.

En el año 483 un ateniense comenzó a vislumbrar como detener la flota persa cuando se descubrió un importante filón en las minas de plata estatales en Laureo. Aquel ateniense era Temístocles, el artífice de la mejora naval ateniense durante la primera Guerra Médica, y para entonces uno de los más importantes ciudadanos y políticos de Atenas. En la todavía joven democracia ateniense (un inesperado efecto colateral de una expedición espartana a finales del siglo anterior) cada hombre, o más bien, cada ciudadano libre, era un voto, y por tanto la asamblea de ciudadanos libres debía decidir qué hacer con toda aquella plata. Repartida entre cada ciudadano ateniense, aquella plata podría haber equivalido a dos semanas de sueldo de un artesano cualificado. Sin embargo, Temístocles, cuya oratoria y poder de convicción eran célebres, tenía otro plan, y así se lo hizo saber a los atenienses. La amenaza persa era un hecho, y antes que lucrarse con aquella plata, sería mejor pensar en el bien común, y utilizar aquella riqueza caída del cielo (o, más bien, surgida de la tierra) para sufragar una poderosa flota de 200 trirremes, el producto de la tecnología fenicia y las mejoras jonias. Los atenienses aceptaron, pero más que por la amenaza persa, por el recordatorio de Temístocles de la ominosa (y más real y cercana para los atenienses) amenaza de la flota de Egina. O al menos se dijo con el devenir de los años.

Se debiera o no a la astucia de Temístocles, la realidad es que finalmente aquella plata serviría para construir una flota que pudiera constituir el grueso de las fuerzas navales que se enfrentarían a la inigualable flota persa. La segunda cuestión a resolver para levantar una defensa sólida no dependía del oro o la plata, sino de la diplomacia. Fue alrededor del 481 cuando varias polis griegas enviaron sus delegados a una reunión (probablemente en Corinto) para discutir todos los detalles de la resistencia helena. Una de las primeras y más fáciles decisiones fue la de dotar a Esparta del mando efectivo de la futura resistencia. Como primera potencia militar, y como aliado indispensable, el que Esparta comandara la coalición helena era tan obvio como el que hoy en día los Estados Unidos puedan comandar a diferentes fuerzas de la OTAN. El hecho de que los espartanos no destacaran por sus habilidades navales no fue óbice para poner, nominalmente al menos, a un espartano al mando de la flota naval griega.

El resto de decisiones importantes no debieron de ser tan fáciles. Y dada la ancestral división y desconfianza entre las polis griegas, es presumible que la estrategia a seguir no se acabara de determinar ni en aquella ocasión ni en las siguientes asambleas que pudieran seguir a la primera. Es probable que fuera a última hora, con las tropas de Jerjes ya avanzando, cuando se determinara el plan de defensa contra la invasión.

La clave era dónde colocar la primera zancadilla al ejército persa. Inferiores en número, los griegos debían tratar de ganar ventaja eligiendo el terreno. Tesalia, al norte, era la primera opción. El paso del valle del Tempe, entre el monte Osa y el sagrado monte Olimpo, por el que necesariamente habrían de pasar las tropas de Jerjes, constituía un posible lugar en el que tratar de frenar a los persas. Pero aquel paso constituía un frente demasiado débil, fácilmente rodeable. Y cuanto más se alejaba la defensa de la coalición del Tempe, más se acercaban los tesalios al bando persa. Por tanto, el único punto de defensa lógico a continuación era el paso de las Termópilas, situado en los territorios que separaban a Tesalia y Etolia, a pocos metros del Golfo Malíaco. Forzosamente Jerjes había de cruzar aquel paso para después desparramar sus tropas por Beocia y el Ática. En un principio, se consideraba que el desfiladero de las Termópilas era insalvable, y dada su cercanía al mar, era también un lugar excelente para establecer un eje de comunicación con la flota naval griega, que podría fondear en Artemisio, una polis al norte de Eubea. Las Termópilas serían, pues, el primer escollo que habrían de salvar los persas.

Mientras tanto, Macedonia era engullida, sin ofrecer resistencia, por las tropas persas. El avance de Jerjes era lento, dada la magnitud de su ejército y su flota, que seguía a Jerjes costeando el Mar Egeo desde Asia Menor, pero firme. Como se había temido, la mayoría de las ciudades tesalias comenzaron a abrir sus puertas a los persas. Junio tocaba a su fin.

Entretanto, Esparta vacilaba respecto a apoyar con sus tropas la defensa de Grecia. Los Juegos Olímpicos, la competición deportiva y religiosa en honor a Zeus, durante los cuales todas las polis acordaban una tregua, estaban próximos a celebrarse. Por tanto, los escrupulosos espartanos no consideraban la posibilidad de guerrear durante ese periodo. Por si fuera poco, antes de los Juegos, los espartanos habrían de celebrar las carneas, las fiestas espartanas en honor a Apolo. Oro compromiso sagrado que aquellos fanáticos guerreros no podían romper.

En Esparta las leyes, desde que su código fuera instaurado por el mítico Licurgo, eran interpretadas y supervisadas por la gerusía, el senado espartano compuesto por los ancianos de la ciudad. El poder ejecutivo era ejercitado por los diarcas, la pareja de reyes Esparta, que procedían de las dos casas reales espartanas: los Agíadas y los Euripóntidas. Normalmente los hijos sucedían a los padres, aunque no siempre era así, y además aquellos reyes podían ser depuestos, como de hecho lo fue el predecesor de Leotíquidas II, el traidor Demarato, que había buscado refugio entre los persas. Junto a Leotíquidas reinaba, en aquel año del 480 a.C., el rey Leónidas I.

Aunque la preparación de los hijos de reyes espartanos no era un camino de rosas, aquellos destinados a reinar algún día Esparta gozaban de ciertos privilegios respecto al común de los futuros guerreros. Leónidas no gozó de aquellos privilegios. Llegó a ser diarca casi por accidente, y, por tanto, desde los siete años sufrió las penalidades de la educación espartana: rigor, esfuerzo, entrenamiento constante, castigos muy duros, aprendizaje de las leyes, robo para procurarse alimentos, supervivencia... en definitiva, la agogé, la severa educación espartana que incluía la pederastia institucional como parte del aprendizaje: los futuros hómoioi (los "pares" o ciudadanos de pleno derecho), al entrar en la adolescencia, eran asignados a un preparador o tutor, soltero, quien, además de guiar al joven por el buen camino y completar su educación, podía, de forma habitual, mantener relaciones con su protegido. Aunque no todos ejercían ese derecho, tampoco era nada raro o poco habitual.

Los atenienses y sus aliados necesitaban desesperadamente que Esparta apoyara a su coalición. Si muchos espartanos no se daban cuenta o no querían considerar la amenaza persa, el oráculo de Delfos, venerado y respetado por todos los griegos, especialmente los espartanos, podía cambiar aquello. Para empezar, Delfos no estaba demasiado lejos de las Termopilas. ¿Podían permitir que aquel lugar sagrado fuera vandalizado por los persas? Además, el Oráculo debía ser consultado antes de entrar en guerra. ¿Y si en sus enigmáticas respuestas se hallaba la orden divina de que Esparta entrara en combate?

Es posible que Leónidas fuera consciente de que la amenaza persa no se detendría en Atenas. Y desde luego conocía el efecto que el mensaje del Oráculo podía tener entre sus compatriotas. ¿Arregló Leónidas una predicción favorable para hacer entrar a Esparta en la guerra? Algunos historiadores han apuntado esta posibilidad. ¿Fue quizás Temístocles? Imposible asegurarlo. Pero, al parecer, lo que el Oráculo reveló era fácilmente interpretable: Esparta sería destruída... a no ser que uno de sus reyes pereciera. Si fue el rey espartano quien se escondía tras aquella predicción, se aseguró de reservarse el honor y la gloria de morir por Esparta, aquello para lo que eran preparados los hómoioi. Pues solo los espartanos que morían en combate tenían el honor de ser enterrados con un nombre en la lápida.

Así pues se halló finalmente la manera de subvertir las prohibiciones religiosas que ponían a Esparta fuera de la coalición. Pero esa pequeña excepción implicaba también una fuerza expedicionaria excepcional: sería una fuerza de elite (y cualquier expedición espartana lo era), pero meramente representativa. Trescientos hoplitas acompañarían a Leónidas a las Termópilas para su misión suicida. El número no era casual: 300 era el número habitual que componía la guardia de un rey. Sin embargo, Leónidas no se llevó consigo a trescientos guerreros al azar. Dado que seguramente ninguno volvería con vida, eligió a aquellos que ya habían sido padres y dejaban atrás descendencia. En una sociedad construida sobre las espaldas de los numerosos ilotas, el, en comparación, escaso número de espartanos, no podía verse reducido de forma brusca. Para un ciudadano de Esparta tener hijos era un deber tan sagrado como el de estar preparado para morir por su patria.

Aunque la leyenda de las Termópilas gira entorno a Leónidas y sus 300, desde luego su misión suicida no lo fue tanto como para enfrentarse solos al grueso del ejército persa. Leónidas llevó consigo a 900 periecos como tropas auxiliares. Había además, con él, fuerzas de otras ciudades de la Liga Aquea, una suerte de OTAN dirigida por Esparta: tegeatas, arcadios, micenos, y los independientes corintios. Había además aliados del otro lado del istmo: tespios, tebanos, y 1000 focidios, que aportaban un importante número de tropas, cosa que no es de extrañar, ya que prácticamente iban a combatir en su territorio. La Lócrida aportó un exiguo número de soldados, pero junto a los focios realizaron el mayor de los sacrificios, ya que sus pocos soldados eran todos los jóvenes que tenían en disposición de combatir.

Mientras los griegos hacían sus preparativos, los persas seguían avanzando. A mediados de agosto se celebraron los Juegos Olímpicos con los persas ya a las puertas de la frontera meridional de Larisa. Atravesado el río Peneo, ya solo restaba cruzar el paso de las Termópilas.

En la última semana de agosto Leónidas, sus hombres y sus aliados tomaron el paso. Una de las primeras medidas del rey espartano fue reconstruir el Muro Focense, una antigua defensa parcialmente en ruinas. El paso de las Termópilas se extendía a lo largo de cinco kilómetros, serpenteando entre las montañas y la próxima costa del golfo. Tres desfiladeros o "puertas" componían el paso completo. Los griegos dispusieron su defensa en el segundo paso, tras el Muro Focense. Cuando algunos lugareños informaron a las tropas de que había un viejo camino de pastores en la montaña por el que se podía salvar el paso, Leónidas envió allí a los focenses para que guardaran el lugar y estuvieran alerta, evitando así que que su retaguardia pudiera ser copada.

Leónidas y sus espartanos según Jacques-Louis David

Sin duda entre aquellos soldados y hoplitas de la Hélade, que dedicaban la mayor parte del año a sus negocios y sus tierras, debían refulgir los poderosos espartanos, los guerreros profesionales de larga cabellera, equipados con la mejor panoplia y de forma homogénea, tal como nos podríamos imaginar actualmente a un ejército moderno. A diferencia del resto de griegos, que por lo general debían proveerse por sus propios medios (lo que podía llevar a una gran mezcolanza de apariencias y equipo), los espartanos se proveían de un sistema estatal que les daba lo mejor, de pies a cabeza.
El que los hoplitas espartanos combatieran descalzos no era un signo de pobreza, sino una consecuencia del sistema educativo espartano. Casi abandonados a su suerte desde bien jóvenes, sin apenas ropas ni calzado, los pies eran la primera parte del cuerpo que endurecían los futuros guerreros. Para proteger sus piernas los espartanos usaban, como muchos otros hoplitas, unas grebas (las llamadas knêmĩdes), mientras el tronco era cubierto con una coraza de bronce esculpida. Bajo el enorme casco que cubría toda la cabeza sobresalían las largas cabelleras de los guerreros de Esparta. Como defensa portaban un gran escudo cóncavo de madera, en cuya cara pintaban una V invertida, la letra griega lambda, la inicial de Lacedemonia, el nombre que daban los espartanos a su tierra. La panoplia espartana quedaba completada con una pesada y larga lanza de fresno con hoja de bronce, una espada corta y una llamativa capa roja de la cual los espartanos siempre se desprendían antes de entrar en combate.

Cierto día, entre finales de agosto y principios de septiembre, una gran nube de polvo y tierra se levantó en el horizonte. Por fin llegaba el momento tan ansiado por unos, y tan temido por otros. Por fin Jerjes acudía a su cita.

La visión del ejército imperial debía ser impresionante. Aunque los dos millones que apunta Heródoto son evidentemente una exageración desmesurada, es difícil que en tiempos anteriores se hubiera podido contemplar un ejército de tales dimensiones. Compuesto por prácticamente todos los pueblos que conformaban el Imperio Persa, seguramente los vigías griegos pudieron distinguir a las filas persas, vistiendo pantalones, túnicas, arco y flechas, portando escudos de mimbre; a los medas, con parecidas vestimentas (pues de las suyas derivaban la de los persas), liderados por Tigranes; los asirios, con yelmos de bronce, armados con lanzas, puñales y garrotes tachonados; los bactrianos y sus arcos de junco; los escitas sakas, cubriendo sus cabezas con gorros puntiagudos y portando sus temibles hachas de guerra, las sagaris; los indios, con ropas de lana, tenidos por diestros arqueros; los caspianos, con sus capotes de cuero y sus espadas cortas; los sarangianos, con vestidos de alegres colores, botas altas, y arcos de estilo medo; los árabes, armados con arcos largos; los etíopes, vistiendo llamativas pieles de leopardo y león, llevando a sus espaldas arcos y pequeñas flechas, lanzas con puntas de cuerno de antílope; eran conocidos por embadurnarse el cuerpo mitad con yeso y mitad con almagre antes de cada combate; también verían a los libios y etíopes oscuros, que portaban pieles de grulla a modo de escudo; y muchos otros pueblos: partos, corasmios, sogdianos, dadicanos... y, sobretodo, las tropas más temidas de Jerjes, junto a los certeros arqueros medas: los Inmortales, la guardia personal del Rey de Reyes, las tropas de élite que, en número de diez mil, podían fácilmente decidir una batalla. Aquellos guerreros selectos eran llamados así no por Jerjes, sino por los griegos, pues circulaba una leyenda según la cual las reservas de la Guardia Real eran tales que si un soldado caía, otro ocupaba su lugar, con lo que el número de diez mil hombres se mantenía siempre constante. Por ello, aquellas tropas eran conocidas como los Inmortales.

Por supuesto, antes de entablar combate, Jerjes envió emisarios a las líneas griegas. Era presumible que ante la vista de su colosal ejército, aquellas exiguas tropas se lo pensaran mejor. El mensaje del rey persa era claro: ríndete y entrega las armas. La respuesta de los espartanos, conocidos por valorar la concisión (de ahi el término "lacónico"), fue clara y breve. Leónidas respondió: "ven a por ellas". Heródoto gustaba de imaginar a Jerjes ciego de rabia por aquella osadía.

Los griegos se aprestaron a la batalla. Dado que los cascos de los hoplitas (normalmente de estilo corintio, también tracio) eran grandes y cubrían prácticamente toda la cabeza, incluídas mejillas y nariz, la visión era reducida, y el sentido del oído se veía reducido al mínimo. Por ello la infantería pesada griega solía combatir en una formación cerrada, sin fisuras, en la que cada guerrero podía sentir el contacto de su compañero; de ese modo el escudo de un guerrero protegía más a quien tuviera a su izquierda que a sí mismo. Y en ese estilo de combate, los espartanos eran los mejores. Por otro lado, el paso de las Termópilas había seguido elegido, entre otros motivos, porque daría ventaja al estilo combativo griego. Las tropas persas, acostumbradas a maniobrar en campo abierto, haciendo gala de su ventaja numérica, perdían esa baza al tener que combatir en un lugar tan estrecho.

Finalmente Jerjes movió ficha. Incrédulo tras recibir los informes de sus exploradores, que le habían comunicado que habían visto a los espartanos untándose en aceite y peinando sus guedejas, el soberano persa decidió probar la defensa griega con unos cuantos cientos de medos. Leónidas situó a 700 griegos tras el muro focense. Dispuestos en una formación cerrada y con sus largas lanzas en ristre, los hoplitas griegos podían acabar con varias oleadas de tropas persas antes siquiera de que lograran abrirse camino hacia ellos.

Los hoplitas comenzaron a adelantarse. Entonces centenares de flechas de los certeros arqueros medos llovieron sobre los griegos. Las tropas persas avanzaron, y chocaron con los hoplitas griegos. Los medos recibieron la peor parte, pero siguieron atacando. Cuando el cansacio comenzo a hacer mella sobre los griegos, Leónidas avanzó a sus espartanos para tomar el relevo. Sus fieros guerreros acabaron el trabajo, y lo que restaba de los soldados medos se batieron en retirada. Jerjes insistió, y envió a más hombres. Leónidas dispuso entonces a sus espartanos en varias filas que acturían como relevos: cuando la primera fila de hoplitas se agotaria, se retirarían al final de la falange, y la segunda fila combatiría en su lugar, y así sucesivamente, hasta que le llegara el turno de nuevo a la primera fila, ya descansada. Fue así como durante aquel día, oleada tras oleada, Leónidas y sus espartanos rechazaron cada ataque persa, mientras los cuerpos se iban amontonando y la tierra se llegaba de sangre. Con el caer de la tarde, Jerjes desistió, y ambos bandos se retiraron a sus posiciones, mientras las filas de cadáveres cubrían el campo de batalla, llenándose de moscas. Con el agobiante calor del verano aquellos muertos no tardarían en descomponerse.

Con el amanecer del segundo día Jerjes comenzó a mover sus peones. Medos y persas, con sus ropas ligeras y sus escudos de mimbre, se habían revelado incapaces de romper la impenetrable defensa griega. Sin sus carros, ni espacio para la caballería, la ventaja persa prácticamente se había evaporado. El Rey de Reyes probó entonces a enviar a combatientes selectos de cada grupo étnico y pueblo de los muchos que componían sus tropas, pero de nuevo sus soldados fueron rechazados. Fue entonces cuando Jerjes recurrió finalmente a sus mejores guerreros: los diez mil Inmortales. Frente a ellos se erguían los orgullosos espartanos, quienes, a pesar de las bajas, seguían alegres y confiados en la victoria. Les apoyaban el resto de hoplitas griegos.

Ante el atónito Jerjes, quien contemplaba todos los acontecimientos sentado en un trono portátil sobre una colina cercana, los Inmortales, con sus armas cortas y su equipamiento de élite, pero aun así demasiado ligero comparado con el griego, volvieron a chocar contra el muro de las falanges helenas. Los Inmortales no hicieron honor a su nombre, y comenzaron a caer muertos a los pies de las tropas griegas.

En griego moderno, ephialtis significa pesadilla. Y desde luego, una pesadilla era lo que estaba viviendo Jerjes, que veía como unos pocos miles de griegos lograban frenar a su ejército interminable. El segundo día de batalla se le escapaba de las manos nuevamente. Fue entonces cuando apareció el hombre quedaría origen al mencionado vocablo: Efialtes, el traidor, el griego que aspiraba a grandes honores y riquezas. Tras lograr llegar a las líneas persas, Efialtes pidió ser recibido por Jerjes. Aseguraba tener una información crucial para el Rey de Reyes. El soberano le recibió, y sus ojos delineados por el maquillaje debieron de abrirse de par en par al escuchar lo que aquel traidor tenía que decirle. La traición de Efialtes consistió en hacer notar al rey persa cierto camino que rodeaba el paso...

Fue así como se abrieron las puertas del cielo dorado para Jerjes, quien logró por fin un medio de salir de aquel atolladero. Por contra, iba a significar la perdición de Leónidas y los suyos. Aquella noche un nutrido grupo de selectos Inmortales comenzó a triscar por los montes, guiados por el griego traidor. Pronto dieron con el camino que bordeaba el paso. Los mil focenses, aquellos guerreros que la mayor parte del año eran alfareros, comerciantes o criadores de ganado, fueron cogidos desprevenidos al no haber apostado una guardia nocturna. A mil metros por encima de sus cabezas, los espartanos no pudieron escuchar como los pobres focenses eran degollados uno a uno.

Aquel tercer día de batalla el sol que salía por el horizonte no sería el sol de Apolo, sino el de Ahura Mazda, el gran dios persa. La noticia no tardó en llegar a oídos de Leónidas: los focenses habían sido aplastados, el camino montañoso estaba expedito, y por tanto las tropas persas iban a cortar su retaguardia, sino lo habían hecho ya. Es ese momento cuando la leyenda nos dice que Leónidas se quedó solo con sus espartanos para morir en batalla. El rey lacedemonio ordenó a los griegos que se marcharan, pues su sacrificio sería inútil. Observadores más aguafiestas apuntan que quizás, al verse todo perdido, fueran los griegos los que optaran por salir de allí mientras podían. Lo que suele olvidarse al mencionar este episodio es que los espartanos no se quedaron solos: los ciudadanos de Tespias y los pocos tebanos que habían decidido luchar del lado griego se quedaron junto al rey de Esparta y sus guerreros. Todos juntos, espartanos, tespios y tebanos (y seguramente periecos y los desdichados ilotas), combatirían a la sombra de las flechas persas (y como afirmaba la mítica chanza de uno de los espartanos, en respuesta a una burla persa, luchar a la sombra de las flechas, dado el agobiante calor, sería mejor), hasta la última gota de sangre.

Rodeados, los griegos combatieron con pundonor, mientras los espartanos vendían cara su derrota. Aplastar aquel último reducto se cobraría de nuevo miles de vidas del bando persa. Las flechas volaron, efectivamente, y al parecer fueran ellas las que acabarían decantando la balanza del lado persa, especialmente cuando Leónidas fue alcanzado por ellas. El resto de espartanos lucharon fieramente por recuperar el cuerpo de su rey y evitar el ultraje de su cadáver por los persas. Pero la suerte estaba echada. Uno a uno, los espartanos, tespios y tebanos irían cayendo. Los arcos y las flechas, despreciadas por los lacedemonios como armas de cobardes, fueron las que terminaron con los restos de las tropas helenas.

Con las noticias de la derrota en las Termópilas la flota griega, que había estado combatiendo a su vez en Artemisio, decidió retirarse hacia el sur. Mientras, Jerjes avanzaba por Beocia, arrasando el Ática, y entrando triufante en la abandonada Atenas. Sin embargo, en Salamina, a su flota le esperaba una amarga sorpresa.

Es curioso que de la segunda Guerra Médica sea la batalla de las Termópilas, una cuasi aplastante victoria persa (de no ser por las numerosas bajas), la que haya trascendido al mito popular, por encima de la batalla naval en Salamina o de la Platea, donde la infantería griega (entre la que se contaron, esta vez sí, un importante número de espartanos) puso la puntilla final al ejército persa, liderado en esta ocasión por Mardonio, el gran general de Jerjes, a quien el soberano había dejado al mando de la campaña invernal.

Sin duda, aquellos tres días en las Termópilas otorgaron un tiempo precioso a la coalición griega para organizarse, mientras su flota se reagrupaba en Salamina. Pero más allá de la ventaja que pudiera otorgar a los griegos, la gesta de Leónidas y sus trescientos (y de los olvidados griegos que combatieron con ellos) pervivió como un referente al que cada época dio un significado según fuera la situación de los tiempos en que vivían quienes echaban la vista atrás y revivían la hazaña del rey lacedemonio que fue a luchar y por morir por sus ideales, su patria y su libertad. Cada época ha resucitado a Leónidas a su manera; unos vieron en su lucha y sus ideales la perfecta expresión de un hombre completo y un ciudadano ejemplar; otros creyeron ver en los lacedemonios a viejos antepasados que confirmaban sus bizarras teorías raciales; otros no vieron en los espartanos sino a una sociedad militarista y cruel, que esclavizaba a sus semejantes y mancillaba la dignidad humana.

Si Leónidas era en alguna forma realmente parte de alguno de los retratos que de él se han querido hacer, es algo que probablemente nunca sabremos. De lo que podemos estar seguros es que sus espartanos no trataban de salvar la civilización occidental, ni la totalidad de la Hélade. Es probable que en la última acometida aquellos hoplitas pensaran en sus tierras, sus familias, sus leyes, y su libertad. Pocos debieron de dedicar algún pensamiento a los ilotas. Era el modo de pensar espartano. Aquello que les convertía en la mejor infantería de su tiempo. Aquello que hizo que el ejército de Jerjes lo pasara mal durante aquellos tres calurosos días en las Termópilas.

martes, enero 18, 2011

Occidente: una historia alternativa (1769-1996)

En el libro Historia virtual: ¿Qué hubiera pasado si...?, coordinado por Niall Fergusson, se ofrecen diferentes e interesantes contrafactuales de la historia reciente del mundo, especialmente en el siglo XX. Para cerrar su interesante libro, Fergusson, con la presumible ayuda de sus colaboradores, crea una fascinante, y divertida, historia alternativa de Occidente. He aquí un resumen de los hechos:

En el siglo XVIII una Inglaterra regida por los Estuardo derogaba unos impopulares impuestos que habían provocado fricciones con las colonias norteamericanas. A raíz del choque la Corona decide otorgar cierto margen de independencia a las colonias, tal como hará con Escocia o Canadá. Sin embargo, los contrarios a permanecer por más tiempo bajo dominio inglés deciden tomar las armas. Liderados por George Washington, los rebeldes sufren varias y severas derrotas, con lo que quedaba cortada de raíz la sedición en las colonias norteamericanas. Mientras, en Europa, acertadas reformas económicas en Inglaterra y Francia facilitaban la continuidad de las respectivas monarquías de cada país.

A mediados del siglo XIX el profeta judío Karl Marx causa un gran revuelo en Centroeuropa anunciando un Apocalipsis cercano. Congregará un número importante de seguidores, pero las autoridades pronto se desharán de él encerrándolo en la cárcel a cadena perpetua. Sin embargo otros iluminados retomarán su doctrina, entre ellos el más famoso será el sacerdote ruso Vladimir Ulianov.

Temiendo estos brotes religiosos y posibles motines por las eventuales crisis de subsistencia, los Estados europeos tratan de atar más fuerte a sus súbditos mejorando su fuerza policial y centralizando su burocracia. Esta tendencia dará como resultado fuertes oposiciones políticas en los parlamentos europeos, llevando a una división entre centralistas y federalistas. Esta división tendrá su máximo ejemplo en las colonias británicas en Norteamérica, donde los centralistas desean la abolición de la esclavitud, mientras los distintos Estados coloniales esclavistas desean preservar sus derechos federales. La Guerra Civil en las colonias será inevitable.

Liderados por el general Lee, los federalistas del Sur lograrán una decisiva victoria en Gettysburg. Presionados por los ministros británicos Lord Palmerstone y William Gladstone, el Norte se aviene a un compromiso: los esclavos serán liberados pero sin derechos políticos. Como contrapartida, el poder de la figura del Virrey, encarnado entonces por Abraham Lincoln, se verá notablemente reducido. Firmado el acuerdo en 1865, el tratado ponía fin a la guerra, pero Norte y Sur no dejarían de distanciarse cada vez más.

Mientras, en Europa, países como Italia o Prusia se veían constreñidos entre las grandes monarquías europeas, con una población en constante crecimiento a la que no podían dar salida, mientras que Francia o Inglaterra trataban de equilibrar sus balanzas demográficas con la inmigración. Sin poseer colonia alguna, Prusia pronto comenzó a buscar una salida a su situación. Para ello dejó a un lado su ancestral rivalidad con Austria, a la que buscó como aliada. Se reformaba así el Sacro Imperio Romano, modernizado en un moderno Estado federal bajo la égida de Francisco José, quien accedía al trono imperial tras largos debates y la final, y necesaria, aquiescencia de Guillermo I, quien desoyó la furibunda oposición del austrófobo Von Bismark.

En la segunda mitad del siglo XIX Gran Bretaña se encargó de poner coto a la creciente influencia rusa en Europa, impidiendo que la Rusia de los zares se hiciera con las posesiones balcánicas del cada vez más débil Imperio Otomano. Tras las guerras de Crimea (1854-5) y Bulgaria (1878-9) Rusia quedaba momentáneamente fuera de juego en el continente europeo. El renacido Sacro Imperio también comenzaba a acotar sus márgenes de influencia, permitiendo que los reinos de Piamonte y Serbia se hicieran con Italia y los Balcanes, quedando así bajo control indirecto del Imperio.

En Francia todos estos movimientos se observaron con preocupación. Su influencia en el juego europeo era cada vez menor, mientras el poder del Sacro Imperio crecía. Hubo voces que clamaron por un pacto con Gran Bretaña, pero la gran potencia colonial no parecía inclinada a semejante acuerdo. Por tanto, a la Monarquía francesa no le quedó otro remedio que acudir a la Rusia de los zares. Esta nueva alianza puso en guardia al Sacro Imperio, que temía una acción envolvente desde Oriente y Occidente. Pero por suerte los gobernantes austro-prusianos nada tenían que temer de Gran Bretaña. La superioridad naval británica era incontestable, y las pocas colonias que el Sacro Imperio había logrado formar no suponían una amenaza para el Imperio colonial británico, más preocupado por la creciente expansión de Rusia en el Lejano Oriente.

En agosto de 1914 un atentado frustrado contra el Archiduque Francisco Fernando fue la excusa que hizo estallar una nueva guerra europea. El Sacro Imperio finalmente movilizaba a sus fuerzas contra Francia y Rusia, mientras en Gran Bretaña los aislacionistas, liderados por Lloyd George, lograban mantener a Inglaterra fuera del conflicto. La decisión llevó a una inmediata dimisión del Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill.

Mientras en Londres las distintas facciones seguían luchando en la palestra política, los germanos lograban importantes victorias en el frente del Marne. Para cuando el rey británico conminó a un gobierno de coalición en el que participaran Edward Grey y Churchill (dos de los partidarios de la intervención más destacados), la posibilidad de una intervención en la Guerra se había perdido, debido a los espectaculares avances de las tropas del Sacro Imperio. Como declararía Churchill, haber llevado entonces una fuerza expedicionaria al continente habría sido "demasiado poco, demasiado tarde". En 1915 la victoria de los austro-prusianos era un hecho.

Con el final de la guerra los tratados de Versalles y Brest-Litovsk favorecieron los intereses del Sacro Imperio. Se impusieron graves y cuantiosas reparaciones a Francia y Rusia, al tiempo que se creaba la Unión Aduanera Centroeuropea, que incluía a Francia, Holanda, el Piamonte, Suecia y el poderoso imperio alemán. Muy pronto las potencias extranjeras comenzaron a referirse a la zona de libre comercio como "Unión Europea".

La derrota en la Gran Guerra Europea tuvo graves consecuencias internas para Francia y Rusia. Mientras la dinastía de los Borbones se tambaleaba, en Rusia el zar Nicolás II se veía obligado a abdicar en su hemofílico hijo, Alexei. La posguerra vio nacer, en el Sacro Imperio, a un nuevo y pujante partido, el ZPD (Zentralisierungspartei Deutschlands).

Aquellos que habían pronosticado una larga guerra y graves consecuencias económicas vieron derrumbarse sus predicciones cuando en 1916 la paz retornaba a Europa, siguiendo un gran periodo de estabilidad económica. En 1913 se había reformado el sistema monetario estadounidense, y para controlar a los pujantes mercados financieros que tenían su base en la Bolsa de Nueva York, la banca de las colonias quedó bajo control del Banco de Inglaterra. Así, en 1920 era nombrado nuevo gobernador del banco el joven economista John Maynard Keynes. Su política económica se reveló muy eficaz, aplicando unas medidas contracíclicas a finales de los años 20 que, en opinión de muchos expertos de la época, salvaron al mundo de una grave crisis económica.

Estas políticas favorecieron a países como España, que tras haber perdido sus colonias y haberse negado a entrar en la nueva Unión Europea, conoció en los años 20 un importante crecimiento económico, facilitado por nuevas y modernas políticas tras la instauración, en 1923, de un sistema republicano.

Mientras, en el Sacro Imperio un nuevo germen político crecía a la sombra de un sistema parlamentario que desde el fin de la guerra había facilitado la pujanza de pequeños partidos entre los que destacaba el extremista Partido Nórdico Centralista Germano Ario (NZDAP), liderado por el demagogo austriaco Adolf Hitler. Su programa propugnaba nuevas políticas raciales, directrices neopaganas y apelaba a católicos y protestantes a dejar de lado sus diferencias en favor de una nueva Alemania.

El poder de convicción de Hitler le llevó lejos, y en 1933 era elegido nuevo Canciller, a pesar de que el nuevo emperador Carlos desconfiaba de aquel austriaco radical. Los movimientos en Europa no parecieron interesar demasiado a la América del Norte, dirigida por el Primer Ministro Herbert Hoover, ni en la del Sur, donde había sido nombrado Ministro Huey Long. Como afirmó tristemente Franklin Roosevelt, el derrotado candidato oponente de Hoover, los americanos sólo parecían preocuparse por su boyante situación económica y por la cerveza.

Mientras, Hitler no perdía el tiempo, transformando el agotado Sacro Imperio de un Estado federal a un Estado cada vez más centralizado. El austriaco no tardó en dar rienda suelta a sus ansias expansionistas, previo paso, en 1938, de la unión de todos los estados federales del Imperio en uno solo. El Primer Ministro británico Clement Attlee, creyendo poder contentar así al Canciller, dio su aprobación a la fusión, mientras Bohemia y Moravia perdían sus viejos derechos, y las tropas austriacas entraban en Berlín aclamadas por el pueblo alemán. Pero Hitler no se detuvo ahí, y entre 1939 y 1940 incorporó a su nuevo Reich a Francia, Italia y Polonia.

El exitoso ataque sorpresa a Gran Bretaña de la poderosa Luftwaffe, y una bien coordinada invasión, pusieron al gobierno británico de rodillas. Con un rápido y efectivo movimiento, Hitler había acabado con su rival europeo más peligroso. El plan secreto de levantar una poderosa flota había surtido efecto, y la vieja flota británica no había sido rival para los modernos barcos germanos. Mientras Churchill y Anthony Eden erigían un "gobierno libre" en las antiguas colonias norteamericanas, el nuevo gobernador de Gran Bretaña, von Brauchitsch, tomaba posesión de su cargo, mientras restituía en el trono al germanófilo Eduardo VIII. Bajo la égida alemana el veterano Lloyd George se avenía a formar un gobierno que colaborara con los alemanes.

Con la patente debilidad de Gran Bretaña, en el Lejano Oriente Japón decidía terminar con la permanente amenaza colonial inglesa invadiendo Singapur, Malasia, Birmania y la India. Con gran sagacidad los militares nipones decidieron no provocar a los poderosos Estados Unidos de la Commonwealth, con lo que el estratégico puerto de Pearl Harbor fue respetado. Ante la pasividad norteamericana, Churchill dejó que se oyeran sus proféticas palabras, avisando de que muy pronto un "Telón de bambú" se levantaría por todo el Pacífico.

Con la campaña occidental terminada, Hitler puso sus miras en el Oeste. Le parecía evidente, tanto a él como a su plana mayor, que para contrarrestar el poder británico en Norteamérica debía vencer primer a la tambaleante Rusia zarista. Desde la guerra de 1914, muchos territorios, alentados por Alemania, exigían cada vez más independencia al gobierno de Moscú. La respuesta del zar no se había hecho esperar, aumentando el grado de represión, lo que llevó a la ejecución en 1917 del celote Ulianov, acusado de ser un agente alemán.

El delicado estado interno estado de Rusia auguraba una fácil victoria alemana. Así, en 1941 Hitler lanzaba la Operación Barbarroja. Las suposiciones de teórico Alfred Rosenberg se cumplieron, y muchos pueblos (como por ejemplo Ucrania o Bielorrusia) se levantaron contra la Rusia zarista, abrazando la invasión alemana como una liberación. La benigna política germana para con esos pueblos, siguiendo el programa de Rosenberg, dio como resultado una importante ventaja inicial para Alemania. Hitler, aunque no era un entusiasta de esa política, no pudo sino asentir ante los buenos resultados, mientras Heinrich Himmler estallaba de furia. Sin embargo Himmler tuvo su compensación: Hitler ordenó seguir adelante con las políticas raciales que debían solucionar para siempre el "problema judío".

Para acabar con la guerra Hitler confiaba en una nueva y poderosa arma secreta: la bomba atómica. Pero esa preciada arma todavía estaba en desarrollo. Y, desde luego, nadie habría podido sospechar que el 20 de julio de 1944 una bomba, colocada por el líder de la resistencia, el oficial Von Stauffenberg, acabaría con la vida del Führer. El golpe de Estado de Stauffenberg contó con la fiera oposición de las SS y de parte del Ejército, pero un pueblo hastiado de la guerra no prestó su apoyo a las fuerzas de Himmler, y el nuevo gobierno de Stauffenberg salió triunfante.

Ese mismo año otra víctima política de la guerra caía de su pedestal: el zar Alexei era derrocado por Iósif Vissarionóvich Yugachvili, un pope ruso que en medio de una ola de fanatismo religioso logró dar un golpe de Estado y autoproclamarse patriarca y líder de todas las Rusias. Bajo la dirección de Yugachvili, el fervor religioso dio nuevo ímpetu a las tropas rusas, que lograron lanzar efectivos contraataques que hicieron retroceder al ejército alemán. La situación en el frente oriental se tornó tan crítica, con las tropas germanas luchando por conservar Bielorrusia y Polonia, que en 1950 Alemania decidía usar su poderosa arma atómica: en un instante, Volgogrado era borrada del mapa. Sin embargo la ominosa demostración no surtió efecto, y el Patriarca Yugachvili apeló a llorar a los mártires y a seguir combatiendo por ellos.

Yugachvili había comprendido el alto coste y la dificultad técnica que entrañaba desarrollar esas bombas, y como había supuesto, Alemania sólo contaba con dos bombas que poder usar contra Rusia. Por tanto aquella nueva arma se demostró impotente ante la efectividad de las grandes masas de tropas, como quedó patente a finales de 1950, cuando las tropas rusas cruzaron el Oder, invadiendo el corazón del Sacro Imperio.

La victoria rusa probó a muchos fervorosos religiosos el poder de la fe, y así, hubieron consecuencias políticas. Por ejemplo, en Sudamérica, regímenes autoritarios como el de Perón en Argentina, y en otros países del continente, fueron derrocados y reemplazados por líderes religiosos que seguían los preceptos del Patriarca Yugachvili.

En 1945 Yugachvili había conseguido finalmente arrastrar a Churchill y al nuevo Primer Ministro Roosevelt a abrir un segundo frente en Europa. Los objetivos fueron Escocia e Irlanda, desde donde las tropas anglo-norteamericanas pudieron lanzar un efecto asalto a Gran Bretaña, que quedó libre de la ocupación alemana. Los cautelosos aliados sabían que en las costas francesas el coste de vidas sería mucho mayor, por lo que aguardaron una mejor ocasión. Sin embargo los éxitos rusos hicieron inaplazable la invasión.


El Pope Yugachvili

En 1951 las tropas aliadas intentaban un desembarco en Normandía. El fracaso de aquel Día-D selló la victoria rusa. Alemania, incapaz de hacer una resistencia prolongada en dos frentes, conseguía rechazar a los anglo-norteamericanos, pero se mostró incapaz de repeler el avance ruso, que en 1952 tomaba Viena, la capital del Sacro Imperio.

Ni Churchill ni Roosevelt pudieron impedir que Yugachvili redispusiera a su antojo unas nuevas "áreas de influencia", enseñoreándose del centro de Europa, y dejando Francia a sus aliados, no sin antes dividir París en una zona occidental y otra orienta, ésta bajo control ruso. Tras su triunfal regreso a Moscú, Yugachvili se autonombró Zar Iósif I.

Incapaz ante la realidad de las circunstancias, Churchill dirigió su mirada, y la de los sucesores del malogrado Roosevelt, hacia el Pacífico. Los Estados Unidos decidieron apoyar las rebeliones de figuras mesiánicas como Mao Zedong, mientras en Corea se enviaron fuerzas expedicionarias para combatir a los japoneses. En 1960 la llegada al poder de un nuevo lider norteamericano, John F. Kennedy, dio un nuevo empuje a la lucha contra los japoneses.

Sin embargo Kennedy se apuntó su primer éxito en Cuba, donde tras una exitosa invasión expulsó de la isla a los revolucionarios germanófilos que se habían hecho con el poder años atrás. La política exterior de Kennedy se centró después en Vietnam, donde decidió apoyar al rebelde Ho Chi Minh contra el gobierno de Vietnam del Sur de Ngo Dinh Diem, títere de los japoneses. Al no tener que hacer frente a las revuelvas y problemas raciales que su homólogo del Sur, Lyndon Johnson, tenía que afrontar, Kennedy pudo centrarse en llevar a cabo una exitosa campaña en Vietnam, pudiendo además respirar tranquilo tras sobrevivir a un atentado en 1963.

Sin embargo, Vietnam pronto demostró ser un callejón sin salida. La popularidad de Kennedy bajó en picado. En 1967 el camino a las elecciones estaba claramente allanado para su contrincante, Richard Nixon. El escándalo de las escuchas al partido rival que había ordenado Bobby Kennedy finiquitó la carrera de Kennedy, quien lastimaremante afirmó ante las cámaras, en un debate electoral: "si hubiera muerto de un tiro en 1963, hoy sería un santo". El nuevo líder de los Estados Unidos del Norte, Nixon, cumplió su promesa de acabar con la guerra en Vietnam a cualquier precio.

En los años siguientes Occidente siguió tratando de contrarrestrar el poder ruso mientras trataba de no ahogarse en la larga guerra con Japón. Tras la muerte del Zar Leónidas, su hijo, Yuri, llegaba al trono ruso en 1982. Muchas voces dentro de Rusia y su esfera de influencia esperaban que la renqueante economía en Occidente frenara finalmente su carrera armamentística con Rusia. Pero Occidente seguía adelante, haciendo frente al Imperio zarista. Mientras, dentro de la Patria de los zares, reformistas como Mijail Gorbachov pedían cambios económicos y políticos, aunque muchos historiadores y economistas actuales creen que esas reformas habrían llevado al colapso de Rusia. Mientras la década de 1980 se apagaba, la mayor parte de analistas políticos, economistas e historiadores auguraban aún una larga vida al poderoso, y todavía temible, Occidente.

Por eso el mundo asistió con asombro al desmoronamiento de Occidente en los primeros años 90. Con el tiempo, dentro de Rusia se juzgaron como acertadas las medidas militares que aplastaron las protestas en Leipzig, en 1989, desoyendo voces como las de Gorbachov, que defendían una mayor tolerancia y elecciones libres en Alemania, Francia y otros países de la esfera rusa.

Ahora parecía claro que se había obrado acertadamente, mientras Occidente finalmente se derrumbaba acuciado por una crisis económica galopante, derrotas militares en las Malvinas (que provocaron la caída del gobierno Thatcher) y en Kuwait. En medio de aquel caos los Estados Unidos decidieron finalmente declararse independientes de Gran Bretaña. Mientras, el reino de los Estuardo desaparecía bajo sus pies, cuando Irlanda, Escocia y Gales seguían los pasos de Norteamérica.

En Moscú, por el contrario, la caída de Occidente simplemente pareció confirmar la validez de la teoría determinista de la historia tan querida del zar Iósif y de sus herederos.

*****

Y la moraleja es que, a diferencia de lo que solemos leer y escuchar, la Guerra Fría no tenía por qué haber acabado, obligatoriamente, con la derrota del comunismo. Quién sabe, quizás unos pocos cambios insignificantes aquí y allá, una decisión en vez de aquella otra... y hoy, tal vez, todos hablaríamos ruso.

miércoles, septiembre 15, 2010

El siglo XX en imágenes (I)

Victoriano Huerta, dictador de México entre 1913 y 1914.

sábado, agosto 15, 2009

Ashoka, el guerrero budista

En la actual bandera de la India se puede contemplar, aparte de sus franjas horizontales de color naranja, blanco y verde, un círculo en la franja blanca central, una especia de rueda con veinticuatro ejes de color azul. Es el conocido como chakra de Ashoka, una de las grandes figuras de la historia del milenario país.
Negrita
Ashoka o Aśoka, llamado "el Grande", nacía el año 304 antes de Cristo en la moderna Patna, capital del Imperio de los Maurya, una dinastía surgida del confuso período que siguió a la muerto de Alejandro Magno. Fue el abuelo de Ashoka, Chandragupta, quien erigió el futuro imperio familiar.

Ashoka nacía pues en el seno de la familia más poderosa de la India, especialmente tras las conquistas llevadas a cabo por su padre, Bindusara. La madre de Ashoka era la reina Dharma, aunque acorde a las costumbres de los reyes de la época cuando llegó a este mundo muchos hermanos y algunas hermanas ya vivían en palacio, fruto de los amores de Bindusara con sus concubinas.

Así pues, Ashoka creció sano, fuerte y orgulloso en la familia imperial, donde nada le faltó, y donde fue educado, como cualquier príncipe, en las artes de la política y la guerra, y en los secretos de los Vedas. Dicen que siendo adolescente ya denotaba una fuerte personalidad, que gustaba de practicar la caza, y que podía ser muy fiero y cruel. Muy pronto tuvo bajo su responsabilidad el mando de varios regimientos militares.

El principal heredero al trono, el hermano mayor de Ashoka, el príncipe Susima, pronto vio en el talentoso Ashoka a un peligro rival para la sucesión. Susima convenció al emperador para que mandara a Ashoka a sofocar una rebelión en el Norte de la India, esperando que dada la juventud e inexperiencia del joven príncipe pereciera junto a sus tropas, quedándole el camino libre para el trono imperial. Pero Ashoka hizo gala de sus dotes de estratega y no sólo no murió en el combate sino que regresó triunfante y con una popularidad entre sus súbditos aun mayor si cabe. Una vez más, Susima y otros hermanos intrigaron contra Ashoka, persuadiendo al emperador de que enviara a Ashoka al exilio.

Tras dos años de exilio Ashoka fue enviado por el emperador a la ciudad de Ujjain, donde había estallado otra revuelta. Ashoka marchó de nuevo y logró otra vez sus objetivos. Además, conoció y se enamoró de una joven pebleya, con quien contrajo matrimonio. Su mujer no sólo no era noble sino que además era budista, lo que provocó la ira del emperador Bindusara, quien recluyó a Ashoka en Ujjain nombrándole gobernador de la ciudad.

Fue poco después cuando tuvo lugar uno de esos hechos donde confluyen historia y leyenda, y donde es difícil discernir una de la otra. Lo cierto es que aproximadamente un año después la mujer de Ashoka quedó en cinta. Más o menos por aquellos días el emperador Bindusara cerraba sus ojos para siempre. Susima movió sus fichas rápido, y para evitar cualquier oportunidad de que Ashoka, apoyado por su inminente descendencia, reclamara el trono, envió a un asesino a Ujjain para que acabara con el pequeño. Finalmente hubo una víctima equivocada, pero según los viejos relatos indios un iracundo Ashoka atacó Pataliputra, la tomó por la fuerza y acabó con todos sus hermanos. Fuera o no así, lo cierto es que Ashoka fue finalmente el nuevo emperador Maurya.

Como muchos jóvenes reyes, y siguiendo la estela de su abuelo y su padre, Ashoka se mostró sediento de nuevas conquistas y victorias. Continuó guerreando con estados vecinos, ampliando el cada vez más grande territorio del Imperio Maurya. Hasta que llegó la guerra de Kalinga.

Kalinga era una república feudal costera que se tradicionalmente se había interpuesto en los planes de expansión de los Maurya. El abuelo de Ashoka había tratado infructuosamente de anexionarla, era un poderoso estado. Sin embargo, el nuevo emperador tendría más éxito, tras librar la que muchos consideran una de las guerras más sangrientas de la historia.

Efectivamente, Ashoka tuvo éxito en su misión, pero en su búsqueda de gloria más de cien mil vidas fueron destruidas ante los propios ojos del emperador, quien al parecer no pudo abstraerse de la terrible matanza que tuvo lugar en su nombre. Se cuenta que un río cercano se tiñó de rojo, tal fue la cantidad de sangre derramada. El rey más poderoso de la India del siglo III a.C. comprendió que él era el único culpable de aquella matanza. Fue por su mano y guía que tantas vidas habían sido derramadas en pos de una gloria fútil.

Del periodo de introspección que siguió a la batalla de Kalinga resurgió un nuevo emperador, más pío y terrenal, que había abrazado las enseñanzas del budismo, dando paso a una nueva y revolucionaria política que quedó condensada en los conocidos como "Edictos de Ashoka", una serie de leyes que quedaron labradas en lo que probablemente fueron decenas de columnas por toda la India.

Siguiendo y buscando el concepto del 'dharma', una verdad universal, los nuevos edictos establecían conductas morales, sociales y religiosas para todos los súbditos de Ashoka, buscando el bien común y la felicidad de los mortales. Desde la ayuda al prójimo, el respeto a los animales, las ventajas del budismo hasta la perfecta armonía natural mediante caminos rodeados de árboles Ashoka trató de enmendar su pasado manchado de sangre mediante la propagación de aquellas nuevas ideas del budismo, la meditación y una línea religiosa y pacifista que pudiera unificar a su imperio y sus gentes de una forma más fuerte y justa que mediante la espada.

Si Ashoka logró realmente deshacerse de sus ideas y actitudes pasadas, esa es una cuestión de estudio para historiadores y especialistas. Pero el testimonio que nos han dejado sus columnas son el de un emperador guerrero que vio conmovida su alma por un horror del que había sido responsable, logrando cambiar su actitud para tratar de ayudar a sus súbditos y compañeros mortales.
Ashoka fallecía el 232 a.C. y el imperio Maurya no logró sobrevivir mucho tras su muerte. Pero fueron sus ideas y su filosofía las que le hicieron inmortal, como demuestra ese pequeño símbolo en la bandera nacional de la India moderna.

domingo, mayo 03, 2009

Roma: La época de los reyes (759 - 509 a.C.)

Situaba Tácito los límites de la Roma arcaica (alrededor del siglo VI a.C.) entre cuatro puntos: el altar del dios Consus, el Ara Maxima de Hércules, situada frente al Circo Máximo, las antiguas Curias y el santuario de los Lares. La primeriza Roma palatina del rey Rómulo comenzó a expandirse durante el reinado del mismo, según las leyendas, con la ocupación de Veyes, una población etrusca cercana de gran valor estratégico y económico, especialmente por las salinas de la desembocadura del río Tíber. Dada su importancia, Veyes no caería en manos romanas fácilmente, y durante largo tiempo Roma y Etruria se enfrentarían por su posesión.

La vieja Roma situada en el Palatino nació como una monarquía bajo el reinado de Rómulo. Las crónicas romanas hablaban de siete reyes míticos (Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco marcio, Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio), cuya existencia, si no refutada directamente, es cuestionada por la mayoría de historiadores. Los antiguos romanos atribuían ciertos hechos y mejoras en Roma a cada rey, como si cada uno hubiera aportado su grano de arena para conformar la Roma que conocerían los republicanos. La historia de los siete reyes romanos resulta hoy tan artificial que los historiadores no pueden sino considerar tal lista de monarcas como una leyenda consensuada para explicar los hechos y acciones qu conformaron la nueva Roma. Probablemente hubo muchos más reyes, y algunos de ellos bien pudieron tener esos nombres. Pero salvo las certezas que puedan ser arrancadas a la tierra mediante la arqueología, la verdad tras la lista canónica de los reyes romanos ha quedado sepultada por el tiempo.

A la muerte de Rómulo, supuestamente acaecida en el 717 antes de Cristo, Numa Pompilio, hijo de un tal Pomponio, y casado con la hija del rey de los sabinos, Tito Tacio. Para entonces el legado de Rómulo había dejado a Roma, según la leyenda, las primeras legiones, el Senado, nuevas expansiones territoriales y una expansión demográfica que el mito atribuyó al famoso rapto de las Sabinas, el secuestro de un gran número de mujeres sabinas para ser convertidas en esposas de los romanos.
La Roma de Numa Pompilio debía comprender ya no sólo la colina del Capitolino sino quizás ya algún asentamiento en las colinas de otras tribus como el Quirinal (llamada así por Quirino, la deificación de Rómulo), el Esquilino, el Capitolino y la colina de Celio. Al reinado legendario de Numa se atribuyen hechos como el descenso desde los cielos de un escudo otorgado por Júpiter en el cual estaba grabado el futuro de la ciudad de Roma, y del cual el rey mandó hacer varias copias, las ancilia. Se atribuye a Numa el regulamiento del calendario solar y lunar y el establecimiento de los pontífices romanos y las Vestales, la creación de los diversos gremios romanos y la división de los clanes en los pequeños núcleos de los pagi.


Numa Pompilio

A la muerte de Pompilio en el 673 a.C. le seguiría Tulio Hostilio, elegido por el Senado por su rancio abolengo que apuntaba a un compañero del mismo Rómulo. A Tulio Hostilio se le atribuye el sometimiento definitivo de Alba Longa, y su reinado se considera por lo general un período mucho más belicoso que el del más tranquilo Numa Pompilio. Quizás el legado más grande de Tulio al pueblo romano fuera la construcción de la Curia Hostilia, sede permanente, aunque reconstruida y remodelada varias veces, del Senado romano hasta el siglo I antes de Cristo.

En el 642 accede al trono Anco Marcio, un rey más pacífico que Tulio Hostilio, y cuyo principal legado será el mejoramiento y expansión de la ciudad de Roma. Bajo su reinado parece conformarse entorno a las salinas de Veyes una primitiva Ostia, y se accede al control de otra salina en el Aventino. Se construye el primer puente de Roma, hecho de madera, el pons Sublicius. También se toma el pueblo latino de Politoro, siguiendo una política defensiva de Roma contra las tribus latinas hostiles. Otros pueblos latinos como Telene y Ficana no tardarán en caer.

Al igual que muchos otros pueblos indoeuropeos, los primeros romanos parecieron organizarse en clanes o familias, las gens romanas, subdivididas a su vez en varias familias de padres, madres e hijos que compartían un apellido y se situaban bajo la autoridad de una figura paterna, siempre masculina, el pater familias, o padre de familia.
Las distintas gens romanas se organizaron políticamente en tribus subdivididas a su vez en diez curias. Cada curia constaba de cien hombres (las centurias), o al menos ésta era la cantidad de hombres que debían aportar al primitivo ejército romano. Las tribus entre las que se dividieron los primitivos romanos fueron tres: los Ramnes o primitivos romanos del palatino, los Tities, quizás producto de algún asentamiento sabino, y los Luceres. Dichas tribus irían creciendo hasta alcanzar el número de 35. Aquellas primitivas tribus formarían el patriciado romano primitivo.

A Anco Marcio le sucede Lucio Tarquinio Prisco en el 616. Se le atribuye un ancestro griego y un origen sabino. Bajo su reinado tiene lugar una ofensiva de los sabinos que lleva la guerra a la misma Roma, pero según los antiguos Tarquinio Prisco logrará defender la ciudad y derrotar a los sabinos.
La política subsiguiente de Tarquinio Prisco se centrará en la expansión del territorio romano mediante continuas guerras contra sus vecinos sabinos, estruscos y latinos. Se le atribuyen también la organización de ciertos festivales romanos y del primer desfile triunfal, así como la construcción del Circo Máximo y la Cloaca Maxima, que sirvió para desecar los pantanosos territorios bajos de Roma, sobre los que se construye el Foro. En dicha época se erigió también el templo de Júpiter y se establecen, al parecer, algunos de los símbolos reales y militares romanos. Tarquinio Prisco era asesinado tras una conjura de los hijos de Ancio Marcio. Le sucederá Servio Tulio.

Bajo el reinado de Servio Tulio se expanden las fronteras de Roma a costa del disputado territorio de Veyes y otras áreas etruscas. El Quirinal y el Esquilino pasan a formar definitivamente parte de Roma, así como la colina del Virinal. Elabora también un primer censo que aporta un saldo de ochenta mil cabezas de familia. Es probable que para entonces Roma contara ya con unas 20 tribus. También se debe a Servio Tulio la creación de la Asamblea Centuriada, nuevo órgano político que tomará las competencias políticas más importantes frente a los Comicios Curiados. Durante se levantó también la que fuera quizás la primera muralla de piedra de Roma, la muralla Servia.
Tulio, que había subido al poder en un momento de caos y sin la aprobación de los plebeyos, dedicó su reinado a favorecer a éstos a costa de los patricios. La creciente impopularidad de Servio Tulio entre estos últimos llevará al asesinato del rey en unc omplot orquestado por quien habría de ser el último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, hijo de Tarquinio Prisco.

Lucio Tarquinio accedía al trono el 535 antes de Cristo. Entre otros trabajos, completó la construcción del templo de Júpiter, el Capitolio. A su reinado se atribuye la leyenda de los proféticos libros sibilinos que fueron ofrecidos a Tarquinio por la sibila de Cumas. De los seis libros iniciales Tarquinio se quedó con tres, que albergaban distintas profecías sobre el futuro de Roma. Los libros sibilinos fueron guardados en el templo de Júpiter para ser consultados en tiempos de crisis.
El reinado de Tarquinio, según las leyendas romanas, se caracterizó sin embargo por el despotismo y la violencia. La gota que colmó la paciencia de Roma fue la violación de una patricia por parte del hijo de Tarquinio. La afrenta causó una revuelta popular liderada por un pariente de la vejada, Lucio Junio Bruto, que derribó el gobierno de Tarquinio y expulsó a la familia real de Roma. Aunque Tarquinio el Soberbio y sus hijos trataran de aliarse con ciudades extranjeras para retomar el trono, todos sus intentos fueron inútiles. Nacía así la República Romana.

El nacimiento de la República de Roma quedaba, así envuelto, y explicado a la vez, por la leyenda, como lo habían sido todos los hechos acaecidos desde la fundación de la ciudad. Aunque muchos cuentan con testimonios arqueológicos, no hay testigos documentales que puedan aclarar los motivos, causas o protagonistas de tales historias. Tan sólo se cuentan con las teorías aportadas por los historiadores.
Así, el fin de la monarquía romana, atribuido al despotismo de un rey y su familia, es enmarcado hoy en una corriente general de evolución política en diversas ciudades de Etruria y el Lacio, paralelas a las de las ciudades griegas, en que la monarquía comenzaba a ser abandonada por nuevos marcos políticos oligárquicos y protodemocráticos, producto quizás de nuevas realidades políticas y socioculturales.

Así pues, en Roma, se establecía a finales del siglo VI un nuevo régimen centrado entorno al otrora consejo de ancianos, el Senado, y con los poderes de la extinta (aunque quizás esta afirmación debiera ser matizada) figura del rey divididos entre varias magistraturas.

La Roma que dejaron los reyes era muy distinta del primitivo poblado de Rómulo. Su posición estratégica junto al Tíber, cercana al mar, y por cuyo territorio circulaba la Via Salaria, arteria principal del comercio de la sal, así como su expansión territorial y económica, habían hecho de la ciudad que había expulsado a su rey la primera potencia del Lacio y una potencia a tener en cuenta dentro de la Península Itálica. También se habían conformado en esos siglos muchas de las estructuras políticas y sociales que alcanzarían su apogeo en la nueva República de Roma.