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domingo, febrero 06, 2011

La batalla de las Termópilas

Caminante, ve a Esparta y di a los espartanos que aquí yacemos por obedecer sus leyes. Simónides de Ceos.

Durante siglos la batalla de las Termópilas, enmarcada dentro de la segunda de las Guerras Médicas, se ha considerado como uno de los momentos culminantes de la Historia Antigua, aquel en que la cuna de la civilización occidental, extendida hoy por varios continentes, luchó por su supervivencia. En las Termópilas muchos han creído ver la eterna lucha entre Oriente y Occidente, entre tiranía y democracia, el honor y el deber contra la superioridad numérica. Las Termópilas significaron eso, mucho menos, y mucho más. Entre los griegos había ciudadanos, súbditos, siervos de tiranos. Entre los persas había un significante número de griegos, dispuestos a luchar contra otros griegos. La posible derrota helena quizás no habría significado el fin de la civilización griega, ni habría tenido porque conllevar el que ahora Europa occidental hablara lenguas parsi en vez de romance. En las Termópilas posiblemente no se jugaba la salvación o la total destrucción a una sola carta. Y desde luego no todos los griegos luchaban por lo que nosotros entendemos como democracia.

Pero, sin lugar a dudas, quienes se enfrentaron a las fuerzas persas, tenían claro que luchaban por algo sagrado: su libertad. No necesariamente nuestra libertad, pero sí la del siglo V antes de Cristo.



A principios del siglo V a.C. el Imperio persa de los Aqueménidas se extendía desde sus confines en Oriente, bordeando en Hindukush y Gandara, limitando con el río Indo, hasta la península de Anatolia en occidente, dominando también algunas islas del Mar Egeo. Al noreste, el Imperio dejaba caer su sombra sobre Sogdiana y Bactriana, al norte de la actual Afganistán, siguiendo al sol hacia poniente, pasando por Partia, la antigua Media, el Cáucaso, Armenia, y las costas del Mar Negro. Al sur, el Mar Arábigo, el Golfo Pérsico y el norte de Arabia delimitaban los confines del Imperio. Además, el rey Cambises II había incorporado al Imperio persa al otrora poderoso Egipto. Así pues, cuando Jerjes I accedió al trono, la antigua Persia no era sólo el más extenso imperio que hubiera conocido el hombre, sino que además ningún otro había experimentado un desarrollo tan rápido.

Frente al mayor imperio de su tiempo se encontraba la Hélade, ese conjunto de pueblos helenos que se repartían en diferentes polis o ciudades autónomas, y cuyo único nexo entre ellas eran una religión y una lengua (con sus múltiples dialectos) comunes. A comienzos de aquel siglo V, la Hélade, y el mundo griego, no se limitaba a las fronteras de la moderna Grecia. En constante pugna con los fenicios, las polis griegas habían enviado a su exceso de población allende los mares, buscando ventajosos puestos para el comercio, en lo que habían de ser futuras colonias griegas. Las había en el Mar Negro, en la Península Itálica, en el Norte de África, en la futura Hispania, y en Sicilia, eternamente disputada a los fenicios. Algunas de las más importantes se encontraban en Anatolia, junto a auténticas y poderosas polis griegas como Focea y Mileto. Sin embargo aquellos territorios anatolios habían pasado a formar parte, algunas décadas atrás, del Imperio Persa, cuando el antiguo reino de Jonia fue conquistado por el poderoso rey persa Ciro.

La dividida Grecia (si se me permite el término actual) que había de hacer frente a los persas en el año 480 no había estado mucho más unida en el 499, cuando el tirano de Mileto, Aristágoras, había decidido levantarse contra la opresión persa, animando a otras ciudades griegas de la costa de Anatolia a hacer lo mismo. El tirano pidió ayuda a sus primos griegos del otro lado del Mar Egeo, obteniendo una fría respuesta, y una parca ayuda de la por entonces importante pero no demasiado poderosa Atenas, y de la potencia naval de Eretria, en la isla de Eubea. El por entonces Rey de Reyes, Darío I, no se quedó de brazos cruzados. Su respuesta fue contundente, y los persas se lanzaron a una campaña de devastación que aplastó irremediablemente la revuelta jónica.

El apoyo de la Hélade, compuesto principalmente por Atenas y Eretria, no había de quedar impune. Se dice que Darío había dado orden de que, cada vez que se sentara a la mesa para comer, un sirviente le dijera al oído tres veces: "¡Señor, acordaos de los atenienses!". La revuelta jónica había de ser la causa de la primera Guerra Médica.

En el desenlace de aquel primer enfrentamiento entre persas y griegos tuvieron un papel la preparación, las alianzas, algo de suerte, la visión de Temístocles, gobernante electo de la capital ática, unas sabias tácticas navales en Salamina, el sacrificio de Eubea, una mítica carrera del atleta Filípides, y una batalla, Maratón, que dio finalmente al traste con las esperanzas de Darío de someter a la Hélade.

El rey persa se retiró a regañadientes, pero decidido a volver. Sus planes de venganza hubieron de ser aplazados debido a una revuelta en Egipto. Pero el todopoderoso señor de Persia no llegaría siquiera a ver las llanuras de Gizah. La muerte llegó antes, y su hijo Jerjes ocupó el trono en su lugar. Pero tampoco él olvidaría el inconcluso "asunto" de la Hélade.

Al otro lado del Egeo los griegos respiraban tranquilos, por el momento. Como si de cierto olor extraño en el aire se tratara, en el ambiente de las polis griegas flotaba la sensación de que los persas no tardarían en volver. De hecho, tras su frustrada invasión, el Imperio se encontraba cada todavía más cerca, pues Tracia y las Islas Cícladas habían sido conquistadas por los persas. En Atenas recordaban lo cerca que habían estado de sucumbir a las tropas persas. Entretanto, al otro lado del istmo de Corinto, en Esparta, sus ciudadanos guerreros sabían que el hecho de haber llegado un día tarde a Maratón no les salvaba de la venganza persa. Tampoco el modo en que habían tratado a los emisarios persas, años atrás, lanzándolos a un pozo. Si volvían los persas, y acababan con Atenas, Esparta sería la siguiente.

Esparta, una polis griega que hablaba dorio, situada al sur del Peloponeso, bajo el Monte Taigeto, bañada por el río Eurotas, en la península meridional de la actual Grecia. Esparta la grande, la poderosa, que había logrado dominar Arcadia, Laconia, Mesenia, haciéndose con el control de la península, salvo la eternamente enemiga, y siempre derrotada, Argos.

Esparta, la ciudad de los hombres libres, de los guerreros profesionales, que basaba su poder, entre otra cosas, en la dominación y esclavización de otros griegos, los ilotas, a quienes cada año Esparta declaraba la guerra, para, de ser necesario, poder degollarlos o aplastar sus ocasionales levantamientos sin incurrir en un derramamiento de sangre pecaminoso. Entre los ilotas y los espartanos de primera clase se encontraban los periecos, ciudadanos libres, pero de segunda, cuyas alrededor de 80 poblaciones se irradiaban desde la polis espartana, y donde diestros artesanos periecos elaboraban las armas y demás panoplia militar de los hoplitas de Esparta.

Esparta, la temida, con la mejor infantería de la Antigua Grecia, y tal vez de todo el mundo conocido por los griegos. Desde muy jóvenes los espartanos eran criados y entrenados para la guerra. No había negocios que atender, ni artesanías que modelar, ni campos que cultivar. De todo ello se encargaban ilotas y periecos. Los ciudadanos espartanos libres vivían por y para la guerra, y, por ello, sus hoplitas eran una fuerza de elite, bien pertrechada, y totalmente profesional.

Durante el siglo V Esparta y Atenas estaban llamadas a ser las dos grandes potencias de la Grecia peninsular. Habían chocado en el pasado, y volverían a chocar en el futuro. Pero ante un enemigo común, era sensato aparcar las diferencias y unir fuerzas para combatir por la libertad, ya fuera la libertad ateniense, con esclavos (extranjeros en su mayor parte) en el servicio privado, o la libertad espartana, construida sobre la esclavitud institucionalizada de los ilotas.

Alrededor del 484 a.C. Jerjes envió desde Susa, una de las capitales del Imperio Persa, la orden de movilización general, especialmente para las satrapías (divisiones territoriales y administrativas del imperio) orientales. La enormidad del Imperio Persa, la enormidad del ejército que podía levantar, y la propia enormidad del proyecto que se avecinaba, significaba mucho tiempo, planificación y esfuerzo. Tiempo suficiente para que la noticia de que la amenaza persa se cernía de nuevo sobre Grecia llegara a Esparta.

Si en aquel entonces hubiera habido alguna figura parecida al Papa, se podría haber dicho que los espartanos eran más papistas que el Papa, o, dicho de otra manera, más escrupulosamente religiosos que el resto de griegos. Y siendo los antiguos griegos un conjunto de pueblos escrupulosamente religiosos, eso da una idea de lo en serio que se tomaban los espartanos sus compromisos religiosos. Lo cual llevó a que muchos ciudadanos espartanos vieran en aquella noticia una venganza de los dioses por el trato que habían dispensado a los embajadores de Darío. Para tratar evitar las terribles represalias, se decidió enviar a dos espartanos a la corte de Susa, a modo de sacrificio ritual y reparación del agravio. Ofreciendo esas dos vidas a Jerjes, el daño realizado a los persas quedaría subsanado. Tras muchas asambles, dos voluntarios, de noble estirpe, aceptaron sacrificarse en beneficio del Estado; perder la vida por Esparta no significaba nada, era un gran honor: una cualidad en la que se adiestraba a los niños espartanos desde pequeños. Así pues, los dos guerreros partieron hacia Persia, para ofrecerse a Jerjes y reparar así la ignominia de antaño. El Rey de Reyes les recibió, y al escuchar su propuesta, no puedo sino estallar en carcajadas, enviando a los dos humillados espartanos de vuelta a su hogar.
Jerjes estaba dispuesto a eliminar la amenaza helena de una vez por todas, y nada iba a cambiar su determinación. En la Tracia meridional ya habían comenzado los trabajos de invasión en la Calcídica, abriendo un canal que protegiera a la flota persa de las inclemencias del tiempo. También se estaban llevando a cabo obras para levantar un puente de embarcaciones en el estrecho del Helesponto (actualmente los Dardanelos), de forma que el ejército persa pudiera cruzarlo y pusiera pie en la Grecia continental, avanzando así a través de la sometida Tracia hacia Macedonia, el reino heleno visto por el resto de helenos como un atajo de cuasi bárbaros, o griegos de baja estofa.

Al norte de Esparta también llegaron las noticias del movimiento persa, y parecía claro a todos que una resistencia digna de tal nombre había de contar con el respaldo de Esparta y su poderoso ejército. En el mar el asunto era distinto; la flota espartana era exigua, y su principal baza naval, la polis de Egina, había abrazado la causa persa a finales de la década de 490.

En el año 483 un ateniense comenzó a vislumbrar como detener la flota persa cuando se descubrió un importante filón en las minas de plata estatales en Laureo. Aquel ateniense era Temístocles, el artífice de la mejora naval ateniense durante la primera Guerra Médica, y para entonces uno de los más importantes ciudadanos y políticos de Atenas. En la todavía joven democracia ateniense (un inesperado efecto colateral de una expedición espartana a finales del siglo anterior) cada hombre, o más bien, cada ciudadano libre, era un voto, y por tanto la asamblea de ciudadanos libres debía decidir qué hacer con toda aquella plata. Repartida entre cada ciudadano ateniense, aquella plata podría haber equivalido a dos semanas de sueldo de un artesano cualificado. Sin embargo, Temístocles, cuya oratoria y poder de convicción eran célebres, tenía otro plan, y así se lo hizo saber a los atenienses. La amenaza persa era un hecho, y antes que lucrarse con aquella plata, sería mejor pensar en el bien común, y utilizar aquella riqueza caída del cielo (o, más bien, surgida de la tierra) para sufragar una poderosa flota de 200 trirremes, el producto de la tecnología fenicia y las mejoras jonias. Los atenienses aceptaron, pero más que por la amenaza persa, por el recordatorio de Temístocles de la ominosa (y más real y cercana para los atenienses) amenaza de la flota de Egina. O al menos se dijo con el devenir de los años.

Se debiera o no a la astucia de Temístocles, la realidad es que finalmente aquella plata serviría para construir una flota que pudiera constituir el grueso de las fuerzas navales que se enfrentarían a la inigualable flota persa. La segunda cuestión a resolver para levantar una defensa sólida no dependía del oro o la plata, sino de la diplomacia. Fue alrededor del 481 cuando varias polis griegas enviaron sus delegados a una reunión (probablemente en Corinto) para discutir todos los detalles de la resistencia helena. Una de las primeras y más fáciles decisiones fue la de dotar a Esparta del mando efectivo de la futura resistencia. Como primera potencia militar, y como aliado indispensable, el que Esparta comandara la coalición helena era tan obvio como el que hoy en día los Estados Unidos puedan comandar a diferentes fuerzas de la OTAN. El hecho de que los espartanos no destacaran por sus habilidades navales no fue óbice para poner, nominalmente al menos, a un espartano al mando de la flota naval griega.

El resto de decisiones importantes no debieron de ser tan fáciles. Y dada la ancestral división y desconfianza entre las polis griegas, es presumible que la estrategia a seguir no se acabara de determinar ni en aquella ocasión ni en las siguientes asambleas que pudieran seguir a la primera. Es probable que fuera a última hora, con las tropas de Jerjes ya avanzando, cuando se determinara el plan de defensa contra la invasión.

La clave era dónde colocar la primera zancadilla al ejército persa. Inferiores en número, los griegos debían tratar de ganar ventaja eligiendo el terreno. Tesalia, al norte, era la primera opción. El paso del valle del Tempe, entre el monte Osa y el sagrado monte Olimpo, por el que necesariamente habrían de pasar las tropas de Jerjes, constituía un posible lugar en el que tratar de frenar a los persas. Pero aquel paso constituía un frente demasiado débil, fácilmente rodeable. Y cuanto más se alejaba la defensa de la coalición del Tempe, más se acercaban los tesalios al bando persa. Por tanto, el único punto de defensa lógico a continuación era el paso de las Termópilas, situado en los territorios que separaban a Tesalia y Etolia, a pocos metros del Golfo Malíaco. Forzosamente Jerjes había de cruzar aquel paso para después desparramar sus tropas por Beocia y el Ática. En un principio, se consideraba que el desfiladero de las Termópilas era insalvable, y dada su cercanía al mar, era también un lugar excelente para establecer un eje de comunicación con la flota naval griega, que podría fondear en Artemisio, una polis al norte de Eubea. Las Termópilas serían, pues, el primer escollo que habrían de salvar los persas.

Mientras tanto, Macedonia era engullida, sin ofrecer resistencia, por las tropas persas. El avance de Jerjes era lento, dada la magnitud de su ejército y su flota, que seguía a Jerjes costeando el Mar Egeo desde Asia Menor, pero firme. Como se había temido, la mayoría de las ciudades tesalias comenzaron a abrir sus puertas a los persas. Junio tocaba a su fin.

Entretanto, Esparta vacilaba respecto a apoyar con sus tropas la defensa de Grecia. Los Juegos Olímpicos, la competición deportiva y religiosa en honor a Zeus, durante los cuales todas las polis acordaban una tregua, estaban próximos a celebrarse. Por tanto, los escrupulosos espartanos no consideraban la posibilidad de guerrear durante ese periodo. Por si fuera poco, antes de los Juegos, los espartanos habrían de celebrar las carneas, las fiestas espartanas en honor a Apolo. Oro compromiso sagrado que aquellos fanáticos guerreros no podían romper.

En Esparta las leyes, desde que su código fuera instaurado por el mítico Licurgo, eran interpretadas y supervisadas por la gerusía, el senado espartano compuesto por los ancianos de la ciudad. El poder ejecutivo era ejercitado por los diarcas, la pareja de reyes Esparta, que procedían de las dos casas reales espartanas: los Agíadas y los Euripóntidas. Normalmente los hijos sucedían a los padres, aunque no siempre era así, y además aquellos reyes podían ser depuestos, como de hecho lo fue el predecesor de Leotíquidas II, el traidor Demarato, que había buscado refugio entre los persas. Junto a Leotíquidas reinaba, en aquel año del 480 a.C., el rey Leónidas I.

Aunque la preparación de los hijos de reyes espartanos no era un camino de rosas, aquellos destinados a reinar algún día Esparta gozaban de ciertos privilegios respecto al común de los futuros guerreros. Leónidas no gozó de aquellos privilegios. Llegó a ser diarca casi por accidente, y, por tanto, desde los siete años sufrió las penalidades de la educación espartana: rigor, esfuerzo, entrenamiento constante, castigos muy duros, aprendizaje de las leyes, robo para procurarse alimentos, supervivencia... en definitiva, la agogé, la severa educación espartana que incluía la pederastia institucional como parte del aprendizaje: los futuros hómoioi (los "pares" o ciudadanos de pleno derecho), al entrar en la adolescencia, eran asignados a un preparador o tutor, soltero, quien, además de guiar al joven por el buen camino y completar su educación, podía, de forma habitual, mantener relaciones con su protegido. Aunque no todos ejercían ese derecho, tampoco era nada raro o poco habitual.

Los atenienses y sus aliados necesitaban desesperadamente que Esparta apoyara a su coalición. Si muchos espartanos no se daban cuenta o no querían considerar la amenaza persa, el oráculo de Delfos, venerado y respetado por todos los griegos, especialmente los espartanos, podía cambiar aquello. Para empezar, Delfos no estaba demasiado lejos de las Termopilas. ¿Podían permitir que aquel lugar sagrado fuera vandalizado por los persas? Además, el Oráculo debía ser consultado antes de entrar en guerra. ¿Y si en sus enigmáticas respuestas se hallaba la orden divina de que Esparta entrara en combate?

Es posible que Leónidas fuera consciente de que la amenaza persa no se detendría en Atenas. Y desde luego conocía el efecto que el mensaje del Oráculo podía tener entre sus compatriotas. ¿Arregló Leónidas una predicción favorable para hacer entrar a Esparta en la guerra? Algunos historiadores han apuntado esta posibilidad. ¿Fue quizás Temístocles? Imposible asegurarlo. Pero, al parecer, lo que el Oráculo reveló era fácilmente interpretable: Esparta sería destruída... a no ser que uno de sus reyes pereciera. Si fue el rey espartano quien se escondía tras aquella predicción, se aseguró de reservarse el honor y la gloria de morir por Esparta, aquello para lo que eran preparados los hómoioi. Pues solo los espartanos que morían en combate tenían el honor de ser enterrados con un nombre en la lápida.

Así pues se halló finalmente la manera de subvertir las prohibiciones religiosas que ponían a Esparta fuera de la coalición. Pero esa pequeña excepción implicaba también una fuerza expedicionaria excepcional: sería una fuerza de elite (y cualquier expedición espartana lo era), pero meramente representativa. Trescientos hoplitas acompañarían a Leónidas a las Termópilas para su misión suicida. El número no era casual: 300 era el número habitual que componía la guardia de un rey. Sin embargo, Leónidas no se llevó consigo a trescientos guerreros al azar. Dado que seguramente ninguno volvería con vida, eligió a aquellos que ya habían sido padres y dejaban atrás descendencia. En una sociedad construida sobre las espaldas de los numerosos ilotas, el, en comparación, escaso número de espartanos, no podía verse reducido de forma brusca. Para un ciudadano de Esparta tener hijos era un deber tan sagrado como el de estar preparado para morir por su patria.

Aunque la leyenda de las Termópilas gira entorno a Leónidas y sus 300, desde luego su misión suicida no lo fue tanto como para enfrentarse solos al grueso del ejército persa. Leónidas llevó consigo a 900 periecos como tropas auxiliares. Había además, con él, fuerzas de otras ciudades de la Liga Aquea, una suerte de OTAN dirigida por Esparta: tegeatas, arcadios, micenos, y los independientes corintios. Había además aliados del otro lado del istmo: tespios, tebanos, y 1000 focidios, que aportaban un importante número de tropas, cosa que no es de extrañar, ya que prácticamente iban a combatir en su territorio. La Lócrida aportó un exiguo número de soldados, pero junto a los focios realizaron el mayor de los sacrificios, ya que sus pocos soldados eran todos los jóvenes que tenían en disposición de combatir.

Mientras los griegos hacían sus preparativos, los persas seguían avanzando. A mediados de agosto se celebraron los Juegos Olímpicos con los persas ya a las puertas de la frontera meridional de Larisa. Atravesado el río Peneo, ya solo restaba cruzar el paso de las Termópilas.

En la última semana de agosto Leónidas, sus hombres y sus aliados tomaron el paso. Una de las primeras medidas del rey espartano fue reconstruir el Muro Focense, una antigua defensa parcialmente en ruinas. El paso de las Termópilas se extendía a lo largo de cinco kilómetros, serpenteando entre las montañas y la próxima costa del golfo. Tres desfiladeros o "puertas" componían el paso completo. Los griegos dispusieron su defensa en el segundo paso, tras el Muro Focense. Cuando algunos lugareños informaron a las tropas de que había un viejo camino de pastores en la montaña por el que se podía salvar el paso, Leónidas envió allí a los focenses para que guardaran el lugar y estuvieran alerta, evitando así que que su retaguardia pudiera ser copada.

Leónidas y sus espartanos según Jacques-Louis David

Sin duda entre aquellos soldados y hoplitas de la Hélade, que dedicaban la mayor parte del año a sus negocios y sus tierras, debían refulgir los poderosos espartanos, los guerreros profesionales de larga cabellera, equipados con la mejor panoplia y de forma homogénea, tal como nos podríamos imaginar actualmente a un ejército moderno. A diferencia del resto de griegos, que por lo general debían proveerse por sus propios medios (lo que podía llevar a una gran mezcolanza de apariencias y equipo), los espartanos se proveían de un sistema estatal que les daba lo mejor, de pies a cabeza.
El que los hoplitas espartanos combatieran descalzos no era un signo de pobreza, sino una consecuencia del sistema educativo espartano. Casi abandonados a su suerte desde bien jóvenes, sin apenas ropas ni calzado, los pies eran la primera parte del cuerpo que endurecían los futuros guerreros. Para proteger sus piernas los espartanos usaban, como muchos otros hoplitas, unas grebas (las llamadas knêmĩdes), mientras el tronco era cubierto con una coraza de bronce esculpida. Bajo el enorme casco que cubría toda la cabeza sobresalían las largas cabelleras de los guerreros de Esparta. Como defensa portaban un gran escudo cóncavo de madera, en cuya cara pintaban una V invertida, la letra griega lambda, la inicial de Lacedemonia, el nombre que daban los espartanos a su tierra. La panoplia espartana quedaba completada con una pesada y larga lanza de fresno con hoja de bronce, una espada corta y una llamativa capa roja de la cual los espartanos siempre se desprendían antes de entrar en combate.

Cierto día, entre finales de agosto y principios de septiembre, una gran nube de polvo y tierra se levantó en el horizonte. Por fin llegaba el momento tan ansiado por unos, y tan temido por otros. Por fin Jerjes acudía a su cita.

La visión del ejército imperial debía ser impresionante. Aunque los dos millones que apunta Heródoto son evidentemente una exageración desmesurada, es difícil que en tiempos anteriores se hubiera podido contemplar un ejército de tales dimensiones. Compuesto por prácticamente todos los pueblos que conformaban el Imperio Persa, seguramente los vigías griegos pudieron distinguir a las filas persas, vistiendo pantalones, túnicas, arco y flechas, portando escudos de mimbre; a los medas, con parecidas vestimentas (pues de las suyas derivaban la de los persas), liderados por Tigranes; los asirios, con yelmos de bronce, armados con lanzas, puñales y garrotes tachonados; los bactrianos y sus arcos de junco; los escitas sakas, cubriendo sus cabezas con gorros puntiagudos y portando sus temibles hachas de guerra, las sagaris; los indios, con ropas de lana, tenidos por diestros arqueros; los caspianos, con sus capotes de cuero y sus espadas cortas; los sarangianos, con vestidos de alegres colores, botas altas, y arcos de estilo medo; los árabes, armados con arcos largos; los etíopes, vistiendo llamativas pieles de leopardo y león, llevando a sus espaldas arcos y pequeñas flechas, lanzas con puntas de cuerno de antílope; eran conocidos por embadurnarse el cuerpo mitad con yeso y mitad con almagre antes de cada combate; también verían a los libios y etíopes oscuros, que portaban pieles de grulla a modo de escudo; y muchos otros pueblos: partos, corasmios, sogdianos, dadicanos... y, sobretodo, las tropas más temidas de Jerjes, junto a los certeros arqueros medas: los Inmortales, la guardia personal del Rey de Reyes, las tropas de élite que, en número de diez mil, podían fácilmente decidir una batalla. Aquellos guerreros selectos eran llamados así no por Jerjes, sino por los griegos, pues circulaba una leyenda según la cual las reservas de la Guardia Real eran tales que si un soldado caía, otro ocupaba su lugar, con lo que el número de diez mil hombres se mantenía siempre constante. Por ello, aquellas tropas eran conocidas como los Inmortales.

Por supuesto, antes de entablar combate, Jerjes envió emisarios a las líneas griegas. Era presumible que ante la vista de su colosal ejército, aquellas exiguas tropas se lo pensaran mejor. El mensaje del rey persa era claro: ríndete y entrega las armas. La respuesta de los espartanos, conocidos por valorar la concisión (de ahi el término "lacónico"), fue clara y breve. Leónidas respondió: "ven a por ellas". Heródoto gustaba de imaginar a Jerjes ciego de rabia por aquella osadía.

Los griegos se aprestaron a la batalla. Dado que los cascos de los hoplitas (normalmente de estilo corintio, también tracio) eran grandes y cubrían prácticamente toda la cabeza, incluídas mejillas y nariz, la visión era reducida, y el sentido del oído se veía reducido al mínimo. Por ello la infantería pesada griega solía combatir en una formación cerrada, sin fisuras, en la que cada guerrero podía sentir el contacto de su compañero; de ese modo el escudo de un guerrero protegía más a quien tuviera a su izquierda que a sí mismo. Y en ese estilo de combate, los espartanos eran los mejores. Por otro lado, el paso de las Termópilas había seguido elegido, entre otros motivos, porque daría ventaja al estilo combativo griego. Las tropas persas, acostumbradas a maniobrar en campo abierto, haciendo gala de su ventaja numérica, perdían esa baza al tener que combatir en un lugar tan estrecho.

Finalmente Jerjes movió ficha. Incrédulo tras recibir los informes de sus exploradores, que le habían comunicado que habían visto a los espartanos untándose en aceite y peinando sus guedejas, el soberano persa decidió probar la defensa griega con unos cuantos cientos de medos. Leónidas situó a 700 griegos tras el muro focense. Dispuestos en una formación cerrada y con sus largas lanzas en ristre, los hoplitas griegos podían acabar con varias oleadas de tropas persas antes siquiera de que lograran abrirse camino hacia ellos.

Los hoplitas comenzaron a adelantarse. Entonces centenares de flechas de los certeros arqueros medos llovieron sobre los griegos. Las tropas persas avanzaron, y chocaron con los hoplitas griegos. Los medos recibieron la peor parte, pero siguieron atacando. Cuando el cansacio comenzo a hacer mella sobre los griegos, Leónidas avanzó a sus espartanos para tomar el relevo. Sus fieros guerreros acabaron el trabajo, y lo que restaba de los soldados medos se batieron en retirada. Jerjes insistió, y envió a más hombres. Leónidas dispuso entonces a sus espartanos en varias filas que acturían como relevos: cuando la primera fila de hoplitas se agotaria, se retirarían al final de la falange, y la segunda fila combatiría en su lugar, y así sucesivamente, hasta que le llegara el turno de nuevo a la primera fila, ya descansada. Fue así como durante aquel día, oleada tras oleada, Leónidas y sus espartanos rechazaron cada ataque persa, mientras los cuerpos se iban amontonando y la tierra se llegaba de sangre. Con el caer de la tarde, Jerjes desistió, y ambos bandos se retiraron a sus posiciones, mientras las filas de cadáveres cubrían el campo de batalla, llenándose de moscas. Con el agobiante calor del verano aquellos muertos no tardarían en descomponerse.

Con el amanecer del segundo día Jerjes comenzó a mover sus peones. Medos y persas, con sus ropas ligeras y sus escudos de mimbre, se habían revelado incapaces de romper la impenetrable defensa griega. Sin sus carros, ni espacio para la caballería, la ventaja persa prácticamente se había evaporado. El Rey de Reyes probó entonces a enviar a combatientes selectos de cada grupo étnico y pueblo de los muchos que componían sus tropas, pero de nuevo sus soldados fueron rechazados. Fue entonces cuando Jerjes recurrió finalmente a sus mejores guerreros: los diez mil Inmortales. Frente a ellos se erguían los orgullosos espartanos, quienes, a pesar de las bajas, seguían alegres y confiados en la victoria. Les apoyaban el resto de hoplitas griegos.

Ante el atónito Jerjes, quien contemplaba todos los acontecimientos sentado en un trono portátil sobre una colina cercana, los Inmortales, con sus armas cortas y su equipamiento de élite, pero aun así demasiado ligero comparado con el griego, volvieron a chocar contra el muro de las falanges helenas. Los Inmortales no hicieron honor a su nombre, y comenzaron a caer muertos a los pies de las tropas griegas.

En griego moderno, ephialtis significa pesadilla. Y desde luego, una pesadilla era lo que estaba viviendo Jerjes, que veía como unos pocos miles de griegos lograban frenar a su ejército interminable. El segundo día de batalla se le escapaba de las manos nuevamente. Fue entonces cuando apareció el hombre quedaría origen al mencionado vocablo: Efialtes, el traidor, el griego que aspiraba a grandes honores y riquezas. Tras lograr llegar a las líneas persas, Efialtes pidió ser recibido por Jerjes. Aseguraba tener una información crucial para el Rey de Reyes. El soberano le recibió, y sus ojos delineados por el maquillaje debieron de abrirse de par en par al escuchar lo que aquel traidor tenía que decirle. La traición de Efialtes consistió en hacer notar al rey persa cierto camino que rodeaba el paso...

Fue así como se abrieron las puertas del cielo dorado para Jerjes, quien logró por fin un medio de salir de aquel atolladero. Por contra, iba a significar la perdición de Leónidas y los suyos. Aquella noche un nutrido grupo de selectos Inmortales comenzó a triscar por los montes, guiados por el griego traidor. Pronto dieron con el camino que bordeaba el paso. Los mil focenses, aquellos guerreros que la mayor parte del año eran alfareros, comerciantes o criadores de ganado, fueron cogidos desprevenidos al no haber apostado una guardia nocturna. A mil metros por encima de sus cabezas, los espartanos no pudieron escuchar como los pobres focenses eran degollados uno a uno.

Aquel tercer día de batalla el sol que salía por el horizonte no sería el sol de Apolo, sino el de Ahura Mazda, el gran dios persa. La noticia no tardó en llegar a oídos de Leónidas: los focenses habían sido aplastados, el camino montañoso estaba expedito, y por tanto las tropas persas iban a cortar su retaguardia, sino lo habían hecho ya. Es ese momento cuando la leyenda nos dice que Leónidas se quedó solo con sus espartanos para morir en batalla. El rey lacedemonio ordenó a los griegos que se marcharan, pues su sacrificio sería inútil. Observadores más aguafiestas apuntan que quizás, al verse todo perdido, fueran los griegos los que optaran por salir de allí mientras podían. Lo que suele olvidarse al mencionar este episodio es que los espartanos no se quedaron solos: los ciudadanos de Tespias y los pocos tebanos que habían decidido luchar del lado griego se quedaron junto al rey de Esparta y sus guerreros. Todos juntos, espartanos, tespios y tebanos (y seguramente periecos y los desdichados ilotas), combatirían a la sombra de las flechas persas (y como afirmaba la mítica chanza de uno de los espartanos, en respuesta a una burla persa, luchar a la sombra de las flechas, dado el agobiante calor, sería mejor), hasta la última gota de sangre.

Rodeados, los griegos combatieron con pundonor, mientras los espartanos vendían cara su derrota. Aplastar aquel último reducto se cobraría de nuevo miles de vidas del bando persa. Las flechas volaron, efectivamente, y al parecer fueran ellas las que acabarían decantando la balanza del lado persa, especialmente cuando Leónidas fue alcanzado por ellas. El resto de espartanos lucharon fieramente por recuperar el cuerpo de su rey y evitar el ultraje de su cadáver por los persas. Pero la suerte estaba echada. Uno a uno, los espartanos, tespios y tebanos irían cayendo. Los arcos y las flechas, despreciadas por los lacedemonios como armas de cobardes, fueron las que terminaron con los restos de las tropas helenas.

Con las noticias de la derrota en las Termópilas la flota griega, que había estado combatiendo a su vez en Artemisio, decidió retirarse hacia el sur. Mientras, Jerjes avanzaba por Beocia, arrasando el Ática, y entrando triufante en la abandonada Atenas. Sin embargo, en Salamina, a su flota le esperaba una amarga sorpresa.

Es curioso que de la segunda Guerra Médica sea la batalla de las Termópilas, una cuasi aplastante victoria persa (de no ser por las numerosas bajas), la que haya trascendido al mito popular, por encima de la batalla naval en Salamina o de la Platea, donde la infantería griega (entre la que se contaron, esta vez sí, un importante número de espartanos) puso la puntilla final al ejército persa, liderado en esta ocasión por Mardonio, el gran general de Jerjes, a quien el soberano había dejado al mando de la campaña invernal.

Sin duda, aquellos tres días en las Termópilas otorgaron un tiempo precioso a la coalición griega para organizarse, mientras su flota se reagrupaba en Salamina. Pero más allá de la ventaja que pudiera otorgar a los griegos, la gesta de Leónidas y sus trescientos (y de los olvidados griegos que combatieron con ellos) pervivió como un referente al que cada época dio un significado según fuera la situación de los tiempos en que vivían quienes echaban la vista atrás y revivían la hazaña del rey lacedemonio que fue a luchar y por morir por sus ideales, su patria y su libertad. Cada época ha resucitado a Leónidas a su manera; unos vieron en su lucha y sus ideales la perfecta expresión de un hombre completo y un ciudadano ejemplar; otros creyeron ver en los lacedemonios a viejos antepasados que confirmaban sus bizarras teorías raciales; otros no vieron en los espartanos sino a una sociedad militarista y cruel, que esclavizaba a sus semejantes y mancillaba la dignidad humana.

Si Leónidas era en alguna forma realmente parte de alguno de los retratos que de él se han querido hacer, es algo que probablemente nunca sabremos. De lo que podemos estar seguros es que sus espartanos no trataban de salvar la civilización occidental, ni la totalidad de la Hélade. Es probable que en la última acometida aquellos hoplitas pensaran en sus tierras, sus familias, sus leyes, y su libertad. Pocos debieron de dedicar algún pensamiento a los ilotas. Era el modo de pensar espartano. Aquello que les convertía en la mejor infantería de su tiempo. Aquello que hizo que el ejército de Jerjes lo pasara mal durante aquellos tres calurosos días en las Termópilas.

sábado, agosto 15, 2009

Ashoka, el guerrero budista

En la actual bandera de la India se puede contemplar, aparte de sus franjas horizontales de color naranja, blanco y verde, un círculo en la franja blanca central, una especia de rueda con veinticuatro ejes de color azul. Es el conocido como chakra de Ashoka, una de las grandes figuras de la historia del milenario país.
Negrita
Ashoka o Aśoka, llamado "el Grande", nacía el año 304 antes de Cristo en la moderna Patna, capital del Imperio de los Maurya, una dinastía surgida del confuso período que siguió a la muerto de Alejandro Magno. Fue el abuelo de Ashoka, Chandragupta, quien erigió el futuro imperio familiar.

Ashoka nacía pues en el seno de la familia más poderosa de la India, especialmente tras las conquistas llevadas a cabo por su padre, Bindusara. La madre de Ashoka era la reina Dharma, aunque acorde a las costumbres de los reyes de la época cuando llegó a este mundo muchos hermanos y algunas hermanas ya vivían en palacio, fruto de los amores de Bindusara con sus concubinas.

Así pues, Ashoka creció sano, fuerte y orgulloso en la familia imperial, donde nada le faltó, y donde fue educado, como cualquier príncipe, en las artes de la política y la guerra, y en los secretos de los Vedas. Dicen que siendo adolescente ya denotaba una fuerte personalidad, que gustaba de practicar la caza, y que podía ser muy fiero y cruel. Muy pronto tuvo bajo su responsabilidad el mando de varios regimientos militares.

El principal heredero al trono, el hermano mayor de Ashoka, el príncipe Susima, pronto vio en el talentoso Ashoka a un peligro rival para la sucesión. Susima convenció al emperador para que mandara a Ashoka a sofocar una rebelión en el Norte de la India, esperando que dada la juventud e inexperiencia del joven príncipe pereciera junto a sus tropas, quedándole el camino libre para el trono imperial. Pero Ashoka hizo gala de sus dotes de estratega y no sólo no murió en el combate sino que regresó triunfante y con una popularidad entre sus súbditos aun mayor si cabe. Una vez más, Susima y otros hermanos intrigaron contra Ashoka, persuadiendo al emperador de que enviara a Ashoka al exilio.

Tras dos años de exilio Ashoka fue enviado por el emperador a la ciudad de Ujjain, donde había estallado otra revuelta. Ashoka marchó de nuevo y logró otra vez sus objetivos. Además, conoció y se enamoró de una joven pebleya, con quien contrajo matrimonio. Su mujer no sólo no era noble sino que además era budista, lo que provocó la ira del emperador Bindusara, quien recluyó a Ashoka en Ujjain nombrándole gobernador de la ciudad.

Fue poco después cuando tuvo lugar uno de esos hechos donde confluyen historia y leyenda, y donde es difícil discernir una de la otra. Lo cierto es que aproximadamente un año después la mujer de Ashoka quedó en cinta. Más o menos por aquellos días el emperador Bindusara cerraba sus ojos para siempre. Susima movió sus fichas rápido, y para evitar cualquier oportunidad de que Ashoka, apoyado por su inminente descendencia, reclamara el trono, envió a un asesino a Ujjain para que acabara con el pequeño. Finalmente hubo una víctima equivocada, pero según los viejos relatos indios un iracundo Ashoka atacó Pataliputra, la tomó por la fuerza y acabó con todos sus hermanos. Fuera o no así, lo cierto es que Ashoka fue finalmente el nuevo emperador Maurya.

Como muchos jóvenes reyes, y siguiendo la estela de su abuelo y su padre, Ashoka se mostró sediento de nuevas conquistas y victorias. Continuó guerreando con estados vecinos, ampliando el cada vez más grande territorio del Imperio Maurya. Hasta que llegó la guerra de Kalinga.

Kalinga era una república feudal costera que se tradicionalmente se había interpuesto en los planes de expansión de los Maurya. El abuelo de Ashoka había tratado infructuosamente de anexionarla, era un poderoso estado. Sin embargo, el nuevo emperador tendría más éxito, tras librar la que muchos consideran una de las guerras más sangrientas de la historia.

Efectivamente, Ashoka tuvo éxito en su misión, pero en su búsqueda de gloria más de cien mil vidas fueron destruidas ante los propios ojos del emperador, quien al parecer no pudo abstraerse de la terrible matanza que tuvo lugar en su nombre. Se cuenta que un río cercano se tiñó de rojo, tal fue la cantidad de sangre derramada. El rey más poderoso de la India del siglo III a.C. comprendió que él era el único culpable de aquella matanza. Fue por su mano y guía que tantas vidas habían sido derramadas en pos de una gloria fútil.

Del periodo de introspección que siguió a la batalla de Kalinga resurgió un nuevo emperador, más pío y terrenal, que había abrazado las enseñanzas del budismo, dando paso a una nueva y revolucionaria política que quedó condensada en los conocidos como "Edictos de Ashoka", una serie de leyes que quedaron labradas en lo que probablemente fueron decenas de columnas por toda la India.

Siguiendo y buscando el concepto del 'dharma', una verdad universal, los nuevos edictos establecían conductas morales, sociales y religiosas para todos los súbditos de Ashoka, buscando el bien común y la felicidad de los mortales. Desde la ayuda al prójimo, el respeto a los animales, las ventajas del budismo hasta la perfecta armonía natural mediante caminos rodeados de árboles Ashoka trató de enmendar su pasado manchado de sangre mediante la propagación de aquellas nuevas ideas del budismo, la meditación y una línea religiosa y pacifista que pudiera unificar a su imperio y sus gentes de una forma más fuerte y justa que mediante la espada.

Si Ashoka logró realmente deshacerse de sus ideas y actitudes pasadas, esa es una cuestión de estudio para historiadores y especialistas. Pero el testimonio que nos han dejado sus columnas son el de un emperador guerrero que vio conmovida su alma por un horror del que había sido responsable, logrando cambiar su actitud para tratar de ayudar a sus súbditos y compañeros mortales.
Ashoka fallecía el 232 a.C. y el imperio Maurya no logró sobrevivir mucho tras su muerte. Pero fueron sus ideas y su filosofía las que le hicieron inmortal, como demuestra ese pequeño símbolo en la bandera nacional de la India moderna.

domingo, mayo 03, 2009

Roma: La época de los reyes (759 - 509 a.C.)

Situaba Tácito los límites de la Roma arcaica (alrededor del siglo VI a.C.) entre cuatro puntos: el altar del dios Consus, el Ara Maxima de Hércules, situada frente al Circo Máximo, las antiguas Curias y el santuario de los Lares. La primeriza Roma palatina del rey Rómulo comenzó a expandirse durante el reinado del mismo, según las leyendas, con la ocupación de Veyes, una población etrusca cercana de gran valor estratégico y económico, especialmente por las salinas de la desembocadura del río Tíber. Dada su importancia, Veyes no caería en manos romanas fácilmente, y durante largo tiempo Roma y Etruria se enfrentarían por su posesión.

La vieja Roma situada en el Palatino nació como una monarquía bajo el reinado de Rómulo. Las crónicas romanas hablaban de siete reyes míticos (Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco marcio, Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio), cuya existencia, si no refutada directamente, es cuestionada por la mayoría de historiadores. Los antiguos romanos atribuían ciertos hechos y mejoras en Roma a cada rey, como si cada uno hubiera aportado su grano de arena para conformar la Roma que conocerían los republicanos. La historia de los siete reyes romanos resulta hoy tan artificial que los historiadores no pueden sino considerar tal lista de monarcas como una leyenda consensuada para explicar los hechos y acciones qu conformaron la nueva Roma. Probablemente hubo muchos más reyes, y algunos de ellos bien pudieron tener esos nombres. Pero salvo las certezas que puedan ser arrancadas a la tierra mediante la arqueología, la verdad tras la lista canónica de los reyes romanos ha quedado sepultada por el tiempo.

A la muerte de Rómulo, supuestamente acaecida en el 717 antes de Cristo, Numa Pompilio, hijo de un tal Pomponio, y casado con la hija del rey de los sabinos, Tito Tacio. Para entonces el legado de Rómulo había dejado a Roma, según la leyenda, las primeras legiones, el Senado, nuevas expansiones territoriales y una expansión demográfica que el mito atribuyó al famoso rapto de las Sabinas, el secuestro de un gran número de mujeres sabinas para ser convertidas en esposas de los romanos.
La Roma de Numa Pompilio debía comprender ya no sólo la colina del Capitolino sino quizás ya algún asentamiento en las colinas de otras tribus como el Quirinal (llamada así por Quirino, la deificación de Rómulo), el Esquilino, el Capitolino y la colina de Celio. Al reinado legendario de Numa se atribuyen hechos como el descenso desde los cielos de un escudo otorgado por Júpiter en el cual estaba grabado el futuro de la ciudad de Roma, y del cual el rey mandó hacer varias copias, las ancilia. Se atribuye a Numa el regulamiento del calendario solar y lunar y el establecimiento de los pontífices romanos y las Vestales, la creación de los diversos gremios romanos y la división de los clanes en los pequeños núcleos de los pagi.


Numa Pompilio

A la muerte de Pompilio en el 673 a.C. le seguiría Tulio Hostilio, elegido por el Senado por su rancio abolengo que apuntaba a un compañero del mismo Rómulo. A Tulio Hostilio se le atribuye el sometimiento definitivo de Alba Longa, y su reinado se considera por lo general un período mucho más belicoso que el del más tranquilo Numa Pompilio. Quizás el legado más grande de Tulio al pueblo romano fuera la construcción de la Curia Hostilia, sede permanente, aunque reconstruida y remodelada varias veces, del Senado romano hasta el siglo I antes de Cristo.

En el 642 accede al trono Anco Marcio, un rey más pacífico que Tulio Hostilio, y cuyo principal legado será el mejoramiento y expansión de la ciudad de Roma. Bajo su reinado parece conformarse entorno a las salinas de Veyes una primitiva Ostia, y se accede al control de otra salina en el Aventino. Se construye el primer puente de Roma, hecho de madera, el pons Sublicius. También se toma el pueblo latino de Politoro, siguiendo una política defensiva de Roma contra las tribus latinas hostiles. Otros pueblos latinos como Telene y Ficana no tardarán en caer.

Al igual que muchos otros pueblos indoeuropeos, los primeros romanos parecieron organizarse en clanes o familias, las gens romanas, subdivididas a su vez en varias familias de padres, madres e hijos que compartían un apellido y se situaban bajo la autoridad de una figura paterna, siempre masculina, el pater familias, o padre de familia.
Las distintas gens romanas se organizaron políticamente en tribus subdivididas a su vez en diez curias. Cada curia constaba de cien hombres (las centurias), o al menos ésta era la cantidad de hombres que debían aportar al primitivo ejército romano. Las tribus entre las que se dividieron los primitivos romanos fueron tres: los Ramnes o primitivos romanos del palatino, los Tities, quizás producto de algún asentamiento sabino, y los Luceres. Dichas tribus irían creciendo hasta alcanzar el número de 35. Aquellas primitivas tribus formarían el patriciado romano primitivo.

A Anco Marcio le sucede Lucio Tarquinio Prisco en el 616. Se le atribuye un ancestro griego y un origen sabino. Bajo su reinado tiene lugar una ofensiva de los sabinos que lleva la guerra a la misma Roma, pero según los antiguos Tarquinio Prisco logrará defender la ciudad y derrotar a los sabinos.
La política subsiguiente de Tarquinio Prisco se centrará en la expansión del territorio romano mediante continuas guerras contra sus vecinos sabinos, estruscos y latinos. Se le atribuyen también la organización de ciertos festivales romanos y del primer desfile triunfal, así como la construcción del Circo Máximo y la Cloaca Maxima, que sirvió para desecar los pantanosos territorios bajos de Roma, sobre los que se construye el Foro. En dicha época se erigió también el templo de Júpiter y se establecen, al parecer, algunos de los símbolos reales y militares romanos. Tarquinio Prisco era asesinado tras una conjura de los hijos de Ancio Marcio. Le sucederá Servio Tulio.

Bajo el reinado de Servio Tulio se expanden las fronteras de Roma a costa del disputado territorio de Veyes y otras áreas etruscas. El Quirinal y el Esquilino pasan a formar definitivamente parte de Roma, así como la colina del Virinal. Elabora también un primer censo que aporta un saldo de ochenta mil cabezas de familia. Es probable que para entonces Roma contara ya con unas 20 tribus. También se debe a Servio Tulio la creación de la Asamblea Centuriada, nuevo órgano político que tomará las competencias políticas más importantes frente a los Comicios Curiados. Durante se levantó también la que fuera quizás la primera muralla de piedra de Roma, la muralla Servia.
Tulio, que había subido al poder en un momento de caos y sin la aprobación de los plebeyos, dedicó su reinado a favorecer a éstos a costa de los patricios. La creciente impopularidad de Servio Tulio entre estos últimos llevará al asesinato del rey en unc omplot orquestado por quien habría de ser el último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, hijo de Tarquinio Prisco.

Lucio Tarquinio accedía al trono el 535 antes de Cristo. Entre otros trabajos, completó la construcción del templo de Júpiter, el Capitolio. A su reinado se atribuye la leyenda de los proféticos libros sibilinos que fueron ofrecidos a Tarquinio por la sibila de Cumas. De los seis libros iniciales Tarquinio se quedó con tres, que albergaban distintas profecías sobre el futuro de Roma. Los libros sibilinos fueron guardados en el templo de Júpiter para ser consultados en tiempos de crisis.
El reinado de Tarquinio, según las leyendas romanas, se caracterizó sin embargo por el despotismo y la violencia. La gota que colmó la paciencia de Roma fue la violación de una patricia por parte del hijo de Tarquinio. La afrenta causó una revuelta popular liderada por un pariente de la vejada, Lucio Junio Bruto, que derribó el gobierno de Tarquinio y expulsó a la familia real de Roma. Aunque Tarquinio el Soberbio y sus hijos trataran de aliarse con ciudades extranjeras para retomar el trono, todos sus intentos fueron inútiles. Nacía así la República Romana.

El nacimiento de la República de Roma quedaba, así envuelto, y explicado a la vez, por la leyenda, como lo habían sido todos los hechos acaecidos desde la fundación de la ciudad. Aunque muchos cuentan con testimonios arqueológicos, no hay testigos documentales que puedan aclarar los motivos, causas o protagonistas de tales historias. Tan sólo se cuentan con las teorías aportadas por los historiadores.
Así, el fin de la monarquía romana, atribuido al despotismo de un rey y su familia, es enmarcado hoy en una corriente general de evolución política en diversas ciudades de Etruria y el Lacio, paralelas a las de las ciudades griegas, en que la monarquía comenzaba a ser abandonada por nuevos marcos políticos oligárquicos y protodemocráticos, producto quizás de nuevas realidades políticas y socioculturales.

Así pues, en Roma, se establecía a finales del siglo VI un nuevo régimen centrado entorno al otrora consejo de ancianos, el Senado, y con los poderes de la extinta (aunque quizás esta afirmación debiera ser matizada) figura del rey divididos entre varias magistraturas.

La Roma que dejaron los reyes era muy distinta del primitivo poblado de Rómulo. Su posición estratégica junto al Tíber, cercana al mar, y por cuyo territorio circulaba la Via Salaria, arteria principal del comercio de la sal, así como su expansión territorial y económica, habían hecho de la ciudad que había expulsado a su rey la primera potencia del Lacio y una potencia a tener en cuenta dentro de la Península Itálica. También se habían conformado en esos siglos muchas de las estructuras políticas y sociales que alcanzarían su apogeo en la nueva República de Roma.

sábado, abril 25, 2009

Roma: fundación, leyenda y la Italia Prerromana

Roma, la milenaria, Roma, cuna de sabios y poetas, de guerreros y comerciantes, de falsarios y revolucionarios, de tiranos, reyes, cónsules y emperadores, de justos y decentes, de avariciosos y déspotas, de genios y psicópatas. Roma, la ciudad eterna. Roma, la antigua, heredera de etruscos, cartagineses, y otros pueblos, y sobretodo, heredera de Grecia. Roma, una de las madres del mundo occidental.

En mayor o menor medida, encontramos el legado de Roma por todo el mundo. Desde la vieja Europa que contempló sus días de gloria, hasta la América colonizada por los hijos huérfanos del extinto imperio, hasta otros continentes donde los europeos, autoerigidos en los nuevos dueños del destino, llevaron sus valores, su tecnología, su ciencia, su literatura, y muchas otras cosas por todo el mundo. Aunque sea diluida en muchas gotas de agua, el néctar de la vieja Roma puede ser encontrado, de ser buscado, por los cinco continentes. Y el mayor monumento que nos dejaran los antiguos romanos tal vez fuera, o eso dicen muchos, el Derecho Romano, base de tantas y tantas legislaciones actuales.

Pero sobretodo, la esencia de la Antigua Roma sigue vigente en los países que baña el Mediterráneo, ese mar que un día los romanos reclamaron como suyo, y donde aquello que se ha dado en llamar "romanización" enraizó más profundamente, y donde múltiples lenguas herederas del Latín persisten como un legado tan palpable como puedan ser los viejos monumentos de piedra que los romanos erigieran un día en memoria y honor de sus dioses, sus cónsules y emperadores, sus victorias, y, en definitiva, todo aquello que hiciera enorgullecerse hace siglos a los ciudadanos romanos.
Es por todo esto, y por muchas otras razones, más personales, y que de momento no tienen cabida aquí, que en este pequeño, y seguramente imperfecto blog, ha llegado la hora de repasar, más o menos concienzudamente, la historia de la Antigua Roma.



El origen de Roma se pierde en la oscuridad de los tiempos. Los datos, más o menos precisos, se entremezclan con los relatos de los antiguos, donde realidad y mito se entremezclaban como el agua, forjando leyendas que atribuían a la fundación de la ciudad de Roma un origen semidivino.

Pues semidivino era Eneas, hijo del príncipe Anquises y la diosa Venus. Según los relatos de los antiguos romanos, principalmente la Eneida de Virgilio, Eneas escapó de la destrucción de la ciudad de Troya, a punto de ser asolada por los aqueos, junto a su padre, su esposa y su hijo, además de otros afectos a él, dirigiéndose a Macedonia, primero, y a Cartago después, donde, afirma la leyenda, la reina Dido se enamoró de él, provocando la ira del dios Hermes, quién obligó a Eneas a buscar un nuevo destino. Ése nuevo destino lo encontró en la costa del Lacio, en la península itálica.

No hay una única narración de lo que ocurrió a continuación. Pero el caso es que Eneas llegó a un pueblo llamado Palanteo, situado en una colina (el futuro Palatino), donde fue bien recibido por el rey de los latinos, Latino, y donde acabaría casándose con la hija de éste, Lavinia.

Dicen que Eneas tuvo una larga descendencia. Uno de sus hijos, Ascanio, fundó, según rezan las leyendas, la importante ciudad latina de Alba Longa. Pero de entre los descendientes de Eneas fueron los míticos Rómulo y Remo quienes forjaron la leyenda de la fundación de Roma.

Si en algún momento de la antigüedad fue Eneas quien fundó Roma, el tiempo hizo que el nacimiento de la misma se debiera a los hermanos Rómulo y Remo, hijos del dios Marte y una sacerdotisa de la corte del rey usurpador Amulio, monarca de Alba Longa. Para evitar el destino cruel que esperaba a sus gemelos en caso de que Amulio se enterara de lo sucedido, la sacerdotisa puso a sus hijos en una cesta en el río Tíber. Dicha cesta sería encontrada por la loba Luperca, que amamantó a los niños salvándolos de la muerte. Más tarde los pequeños serían encontrados por unos pastores, que a partir de entonces los cuidarían como suyos.
Rómulo y Remo crecieron y, llegado el día, regresaron a Alba Longa, donde dieron buena cuenta de Amulio y restituyeron al antiguo rey, Numitor, quien, agradecido, concedió a los hermanos ciertos territorios en el Lacio. Fue así como Rómulo trazó los límites de la futura Roma (el pomerium original) con un arado, jurando que mataría a quien lo violase. El primero en hacerlo fue su hermano Remo, tras una disputa por el nombre de la ciudad. Nacía así, con sangre derramada, la ciudad de Roma, un, según el relato del sabio romano Marco Terencio Varro, 21 de abril del año 753 antes de Cristo.

A lo largo de los siglos muchos estudiosos e historiadores han debatido sobre la veracidad de nombres y fechas, de hechos lugares. Algunos atrasaban la fecha dada por Varro, otros no aceptaban un acto fundacional hasta bien mediado el siglo VI a.C., aunque los trabajos arqueológicos de estudiosos como Andrea Carandini parecen confirmar que los primeros asentamientos en el área del Palatino podrían fijarse en una fecha no demasiado lejana a la mítica datación proporcionada por los antiguos romanos. Podríamos aventurarnos pues a dar como buena la fundación de Roma a mediados del siglo VIII a.C.

Y, ¿quiénes eran los vecinos de aquellos primitivos romanos que en su día siguieron a un rey cuyo nombre pudo haber sido Rómulo? Pues un conjunto de pueblos de distintos orígenes que solapándose unos a otros y fagocitando culturas anteriores milenarias podían haber poblado la península desde la Edad del Bronce, cuando distintos pueblos Indoeuropeos comenzaron a llegar a la península. En algún momento las lenguas y culturas itálicas comenzaron a converger, dotando de una cierta identidad cultural a los pueblos de la península.

Para cuando, según la leyenda, Rómulo trazó los límites de Roma con un arado, la civilización etrusca dominaba la parte central de Italia con una confederación de doce grandes ciudades, enseñoreándose de los territorios comprendidos entre el río Tíber y el río Arno. La pujante colonia fenicia de Cartago había establecido algunos núcleos poblacionales en el sudeste de la península, mientras que el sur de la misma había comenzando a ser colonizada por los griegos.

Roma y las tribus latinas adyacentes que pronto se adherirían a ella se encontraba rodeada por varios pueblos itálicos más o menos pujantes que comerciaban entre sí y que tenían contacto tanto con etruscos como con fenicios y griegos. Hacia el norte Roma estaba rodeada por Faliscos, Sabinos y Umbros, y los extensos territorios etruscos. Los Picenos habitaban las costas del Este. Al sur, los pujantes Volscos (quienes alcanzarían una destacable posición en el siglo V a.C.) cortaban el camino de la expansión romana. Más allá Auruncios, Samnitas y Oscos vigilaban los territorios más meridionales de los etruscos. En las costas del sur los griegos se habían asentado firmemente, así como en Sicilia. En Cerdeña las ciudades púnicas habían controlado los recursos mineros de la zona.

Podemos observar así que Roma, un pequeño asentamiento rodeado de otros en muchos casos mayores y más poderosos, tuvo contacto desde etapas muy tempranas tanto con etruscos como con fenicios y griegos, además de las restantes tribus itálicas. Las primitivas formas religiosas romanas debían mucho a los etruscos, quienes a su vez habían adoptado en parte algunas divinidades griegas, así como el alfabeto griego. Los primeros grandes núcleos urbanos de la península fueron etruscos. Los etruscos tenían también un pie puesto en la civilización fenicia de Cartago, con la que tenían diversos pactos políticos y comerciales.

En el sur, como ya se ha visto, los griegos dominaban las costas y el comercio de la zona. La población griega llegó a ser tan numerosa que muy pronto todas aquellas colonias griegas (Cumas, Mesina, Regio, Catania, Naxo, Siracusa...) fueron conocidas por los itálicos como la Magna Grecia.

A grandes rasgos, ésta era la composición de la Italia antigua en la época en que Roma surgió en una colina situada cerca del río Tíber. Según la tradición, el primer rey romano, Rómulo, capturaría las salinas de la población vecina de Veyes, primer paso de una expansión que a través de los siglos llegaría a dominar casi todo el mundo conocido.

miércoles, junio 04, 2008

Filipo II, semilla de un imperio

Los grandes personajes de la historia, y sobre todo aquellos enmarcados en grandes dinastías, con frecuencia únicos en su generación, no suelen tener un digno sucesor. Muchos reyes y guerreros ilustres fueron sucedidos por mediocres personajes que poco tenían que ver con sus progenitores. Por otro lado, todo aquello que da forma a un ser sobresaliente sobre los demás no siempre es tenido en cuenta. Y cuando uno indaga sobre los ancestros de los grandes nombres que perfilan la historia, a veces puede uno llegar a la conclusión de que en determinados momentos es la propia naturaleza la que marca el momento y el lugar para que los cimientos de la historia sean conmovidos por la obra de un ser humano dotado de peculiares dotes que escapan al común mortal. Sin duda, éste no es el caso de Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno. Toda la vida del gran conquistador macedonio, sus motivos, sus actos, y las consecuencias que éstos tuvieron en el posterior devenir de la historia, podría difícilmente disgregarse de la de su padre. Para entender el por qué hay que conocer, aunque sea someramente, la historia de Filipo, padre del gran conquistador.

Filipo II
, padre del famoso Alejandro Magno, fue el menor de varios hermanos, descendientes todos ellos del rey macedonio Amintas III. Durante su infancia, Filipo vivió en la poderosa Tebas en calidad de rehén. Allí aprendió arte militar, política y diplomacia del general tebano Epaminondas, quién en aquellos confusos tiempos estaba llevando la historia de Grecia a una nueva etapa. Filipo fue puesto a cargo de Pamenes, otro general tebano, con quién se dice tuvo relaciones sexuales. Pamenes era un gran defensor del Batallón Sagrado de Tebas, una tropa de élite formada por 150 parejas de homosexuales (se consideraba que así los soldados de este batallón lucharían más y mejor).
A la muerte del rey Amintas se había producido un período de inestabilidad debido a la lucha por el poder entre las diversas facciones familiares. A la muerte de Alejandro II le siguió la del regente Ptolomeo, llevando al trono a Perdicas III, otro de los hermanos de Filipo. En el año 359 a.C. Perdicas fallecía luchando contra los Ilirios. Fue entonces cuando Filipo II llegó al poder, en un principio en calidad de regente.
El ambicioso rey macedonio se encontró una difícil situación tras llegar al trono. La derrota ante los Ilirios y el empuje de tracios y panonios amenazaban con constreñir al pequeño reino. Tras deshacerse de estos enemigos, ya fuera militarmente o por medio de la diplomacia, Filipo se dedicó a reformar todo aquello que consideró oportuno. Leyes, política, Estado. Deshacerse de rivales, implantar el servicio militar obligatorio; construir, en definitiva, una nueva Macedonia con la que pudiera llevar a cabo su grandiosa visión de una nueva Grecia.
Aprovechando la conocida como Guerra Social Filipo se hizo con el control de la colonia ateniense de Anfípolis, y las minas de oro del monte Pangeo, que en el futuro le proporcionarían pingües recursos para levantar un gran ejército (recursos que aumentarían todavía más cuando la ciudad de Crenidas cayó en poder macedonio).
Junto con esos recursos, lo que llevó a Filipo II a levantar (consciente o inconscientemente) un imperio fue la falange. Basada en la falange tebana, las innovaciones que Filipo introdujo en este nuevo tipo de formación militar la convirtieron en un instrumento bélico imparable, y que constituyó la base no sólo de sus éxitos sino de los de su hijo Alejandro. Por otro lado, el extraordinario desarrollo de la maquinaria bélica bajo el reinado de Filipo también contribuyó enormemente a la espectacular sucesión de éxitos que hicieron de Macedonia la primera potencia militar de su tiempo.
Filipo expandió Macedonia hacia el mar, rechazó a tracios y, a pesar de sufrir algunas derrotas en Tesalia, ésta acabó cayendo bajo su poder. Durante algún tiempo la Grecia central se resistió al gran hombre. El paso de las Termópilas, tomado por los focidios, impidió a Filipo atravesarlo durante varios años, con lo que no pudo doblegar a Atenas. Cuando, tras algunas tretas y pactos, finalmente las tropas macedonias pudieron atravesar dicho paso, su irresistible avance logró su objetivo: Atenas se avino a firmar la paz.
El sueño de Filipo de una Grecia unida bajo su mando parecía cada vez más cerca. Organizó tratados, intervino donde se le llamó o cuando lo creyó necesario, y puso y depuso reyes cuando creyó que hizo falta. La influencia y poder de Macedonia era incontestable.
Sin embargo, en Atenas, el político Demóstenes clamaba contra la política de los "bárbaros" macedonios y exigía una guerra total para acabar con Filipo. El preocupante aumento de la zona acción del rey macedonio parecía dar la razón al ateniense. La frágil paz se rompió de nuevo.
Tras unos titubeantes pasos, Filipo consiguió dar un golpe definitivo en la batalla de Queronea (338 adC), derrotando a atenienses y tebanos. Una inteligente magnanimidad le ganó muchas simpatías, y tras formar la Liga de Corinto (una asociación de estados griegos) bajo directa influencia de Macedonia, la victoria de Filipo II era total.
Sin embargo, el macedonio no viviría mucho para ver su obra. Tras divorciarse de su esposa Olimpia, Filipo se casó con otra mujer. Durante la celebración de la boda, mientras se dirigía al teatro, Filipo fue asesinado por uno de sus guardaespaldas, Pausanias. Los motivos tras este magnicidio siguen siendo debatidos a día de hoy por los historiadores.
Tras su muerte, su hijo Alejandro le sucedió y en pocos años construyó un fugaz imperio sobre el antiguo Imperio Persa que cambiaría el destino de los territorios comprendidos a ambos lados del Mar Egeo. Se ha especulado con la idea de si Filipo II también albergó el plan de perseguir el viejo sueño heleno de una victoria total sobre los persas, aunque hoy en día parece más que confirmado que el siguiente paso del rey habría sido caer sobre el vasto territorio de los Jerjes y Artajerjes. Si habría tenido el mismo éxito que Alejandro, cada cual tendrá su opinión. Lo que es seguro es que dejó en manos de su hijo todas las herramientas necesarias para llevar a cabo tan grande proeza militar.

domingo, abril 27, 2008

Heródoto

Nacido alrededor del 484 antes de Cristo en Asia Menor, en la antigua colonia griega de Halicarnaso, Heródoto fue bautizado como "el padre de la historia" por Cicerón. Y aunque desde entonces muchos han sido los sabios y entendidos que han rebatido tal afirmación, afirmando que la obra del griego está llena de invenciones y precisiones, muchos le siguen considerando como tal. Otros apuntan a su sucesor, Tucídides, como el primer historiógrafo auténtico. Sea como fuere, desde luego es innegable que fue el de Halicarnaso el primero en decidirse a escribir sobre los hechos de sus antepasados y de sus contemporáneos, y dejando constancia escrita de las grandes gentes de sus antecesores. Una investigación de los hechos para discernir lo correcto de lo incorrecto. Y eso parece ser la historia.

La biografía de Heródoto está llena de imprecisiones y vacíos, y gran parte de ella se ha deducido a través de sus propios escritos. Tal vez fuera hijo de unos tales Lixes y Drio, que tuvieron a su hijo en unos convulsos tiempos, cuando el persa Jerjes estaba a punto de descargar su mazo contra la Grecia de las polis.
Años más tarde Heródoto desafía al parecer al dictador Ligdamis, por lo que es desterrado de Halicarnaso. El futuro historiógrafo se traslada entonces a la isla de Samos. Tal vez pasara también algún tiempo en Atenas. Lo cierto es que se habla de que Heródoto volvió a Halicarnaso contribuyendo al derrocamiento del dictador.

Se dice que fue entre los años 431 y 425 antes de Cristo cuando Heródoto escribe su históriai o Historias, fruto de sus viajes y entrevistas con gentes de diverso tipo que le facilitaron una supuesta información de primera mano sobre las guerras Médicas, Egipto o las guerras contra los escitas. Fue algún editor o sabio de Alejandría quien posteriormente dividiría el libro en nueve capítulos, tal como se lo conoce hoy, en honor a las nueve Musas del panteón grecorromano.

Alrededor del 425 fallecía Heródoto, tal vez en una colonia llamada Turios, tal vez en la Pella de Alejandro I Filoheleno, tal vez en Atenas. A pesar de la polémica que le rodea sus textos siguen siendo referencia para estudiar la Grecia y Egipto de su tiempo, y junto a Tucídides marcó el camino para los historiadores que les siguieron.

domingo, abril 20, 2008

Espartaco, la forja de un rebelde


Imaginad por un momento: mediados del siglo XIX, Estados Unidos de América. Una revuelta de esclavos negros se convierte en una guerra de liberación que llega a amenazar la seguridad de la propia nación. Por supuesto, nunca ocurrió y jamás podría haber ocurrido, pero dos mil años antes las circunstancias y el hombre adecuado para aprovecharlas se conjuntaron para dar paso a la rebelión de esclavos más famosa de toda la historia.
Su leyenda va más allá de biopics cinematográficos y de calenturientas saunas, cualquiera que lea estas líneas ha oido su nombre. Podéis no saber cuándo o dónde vivió, o lo que hizo, pero estoy seguro de que le conocéis. Su nombre era Espartaco, era tracio y nació siendo un hombre libre.
En la montañosa Tracia (que comprende las actuales Bulgaria, Grecia y Turquía occidental) los hombres de baja condición que querían salir adelante acababan indefectiblemente sirviendo en el poderoso ejército romano. Espartaco fue uno de esos hombres, y fue entrenado según las tácticas militares romanas de la época. Aquella circunstancia sería clave en su futuro y también en su destino: obligado a luchar contra su propio pueblo, Espartaco desertó. No tardó en ser capturado, y tanto él como su mujer fueron vendidos como esclavos.
En el sur de Italia Espartaco comenzó a ser entrenado como gladiador en Capua. Corría el año 73 a.C. Allí llegó a forjar algunas amistades, entre ellas la del galo Criso. Y entre todos decidieron que no podían seguir siendo esclavos más tiempo. Con unas improvisadas armas Espartaco y sus compañeros acabaron con los guardias y huyeron hacia el monte Vesubio.
Los 70 gladiadores iniciales pronto crecieron en número: la noticia se extendió rápidamente y muy pronto esclavos fugados o liberados se unieron a la causa. Un pequeño contingente de esclavos estaba pues dispuesto a resistir.
La noticia no causó gran alarma en el Senado romano. Tardaron en actuar, totalmente convencidos de su victoria, y dieron tiempo al pequeño grupo de esclavos a organizarse. Por otra parte, las legiones romanas, el arma militar más temible de su tiempo, estaban fuera de Italia, manteniendo el orden en las provincias o combatiendo con los enemigos de Roma. Por lo tanto se decidió enviar a tres mil milicianos para acabar con la rebelión. Una vez llegados al Vesubio sitiaron a Espartaco y sus hombres.
Pero el tracio no se dejó amilanar. Aprovechó la noche para burlar a los romanos y atacarles por la retaguardia. El inexperto pretor que mandaba las milicias no había fortificado el campamento ni establecido guardias adecuadas. La victoria para Espartaco fue total. La noticia de la victoria sorprendió más que inquietó a los senadores de la ciudad eterna. Sin embargo, dio a miles de esclavos en toda Italia una esperanza de libertad. Muy pronto miles de ellos se unieron al nutrido grupo de rebeldes.
El gladiador tracio se había revelado como un excelente estratega, dotado de una gran intuición para la batalla y siempre consciente de la realidad. Su entrenamiento como legionario romano fue crucial, pues de ese modo conocía el modo en que luchaban las tropas romanas y el mejor modo de vencerlas. Sabedor de que era inútil enfrentarse a las legiones en campo abierto, Espartaco llevo a cabo una táctica de supervivencia, parecida a una guerra de guerrillas. Su único objetivo era alcanzar la libertad, pero mientras debía aprovisionar a lo que eran ya varios miles de esclavos y trazar un plan para escapar de las garras romanas.
Los pillajes eran el único modo de aprovisionamiento para los rebeldes, y con cada granja y cada pueblo saqueado decenas y decenas de esclavos liberados o huidos se unían al que ya era un ejército rebelde en toda regla. Pero por supuesto Roma no iba a permitir que sus posesiones huyeran así como así.
Por dos veces envió Roma a sus tropas, y por dos veces fueron derrotadas. Espartaco había creado un eficaz sistema de entrenamiento, y los inexpertos reclutas enviados desde Roma no fueron rivales para los curtidos esclavos y gladiadores. Una vez llegado el invierno, las tropas esclavas se acuartelaron mientras se preparaban para las nuevas luchas de la primavera.
Los cónsules electos del año 72 a.C, Gelio Publícola y Cornelio Léntulo, fueron enviados junto con sus fuerzas para sofocar de una vez por todas la rebelión. Por su parte, Espartaco, con un ejército que ya constaba de unas 70.000 personas (incluyendo a mujeres, niños y ancianos), estaba dispuesto a llevar a sus gentes al norte de la Península Itálica y escapar por los Alpes.
Pero muchos de sus hombres tenían una idea distinta. Tras la sucesión de victorias sobre los romanos y los cuantiosos saqueos, muchos rebeldes confiados creían poder vencer a Roma, o al menos despojarla de sus riquezas para luego emprender una nueva vida. Desoyendo a Espartaco, Criso lideró a miles de esos descontentos y se dirigió hacia el sur de Italia. El tracio continuó su camino hacia el norte.
Los dos ejércitos romanos se separaron para acabar con los dos grupos; mientras uno corría a cortar el paso a Espartaco, el otro se aprestaba a plantar batalla a Criso. Éste, con un ejército inferior en número y sin la experiencia del tracio, sucumbió con todos sus acólitos.
El líder tracio tan pronto como conoció la noticia se decidió a atacar a las fuerzas romanas. Primero derrotó a uno de los ejércitos romanos, después al otro. Una vez más, el ejército de esclavos humillaba a la todopoderosa Roma.
Las razones de lo que aconteció a continuación no están claras. La hipótesis más generalizada es que gran parte de los seguidores de Espartaco se negaron a marchar hacia el norte. Las causas tal vez pudieran ser otras, pero sea mito o realidad, la imagen romántica del líder que decide permanecer junto a su familia, su pueblo, los esclavos que le han acompañado tan fielmente, es irresistible. Un hombre que anhelando la libertad se ha enfrentado a la potencia más grande de su tiempo, renuncia a ella por fidelidad a los suyos. Heroicismo en estado puro. Ya que si los acontecimientos se desarrollaron de esa manera, Espartaco sabía perfectamente que regresar al sur era un suicidio. Las posibilidades de sobrevivir eran muy remotas.
Hasta la derrota de los dos cónsules, ningún general romano había siquiera pensado en dirigir sus tropas contra los esclavos. Para un militar, derrotar a un puñado de evadidos no representaba ningún honor. Pero en la intrincada vida política de Roma, las oportunidades se presentaban para ser tomadas por el más audaz.
La situación en Roma era muy distinta a la de meses atrás. La derrota de los cónsules había sembrado el pánico entre la población, y se temía que Espartaco cayera con sus rebeldes sobre la capital. La situación no era halagüeña, pero cualquiera lo bastante inteligente sabía que quién derrotara al tracio y salvara a Roma tendría a ésta en sus manos. Con los mejores generales romanos en el extranjero, el hombre más rico de su tiempo, Marco Licinio Craso, se ofreció a pagar varias legiones de su propio bolsillo para acabar con el enemigo. El Senado aceptó, y entre las legiones aportadas por Roma y por el propio Craso se formó un ejército de diez legiones, unos 60.000 hombres.
Una primera refriega entre Craso y Espartaco se saldó con una victoria a favor de éste. Un subordinado del romano desoyó sus órdenes, y atacó directamente al ejército esclavo. Muchos orgullosos legionaros acabaron lanzando sus armas y huyendo. Un error que Craso no volvería a cometer.
En la primavera del 71 Espartaco había acampado en la región de Calabria. Su plan era huir por el estrecho y establecerse en Sicilia. Para ello había alquilado varios barcos a piratas de la región. Mientras Craso cercaba en aquella estrecha franja a los rebeldes, con el paso del tiempo Espartaco comprendió que los barcos nunca aparecerían. Había sido engañado.
Ya no quedaban más recursosni vias de escape, sólo cabía luchar. Vencer o morir. Como prueba de su determinación, Espartaco crucificó a un prisionero romano frente a las líneas de Craso. La crucifixión era un castigo aplicado sólo a esclavos, por lo que crucificar a un ciudadano era una gran ofensa. Estaba claro que no había vuelta atrás.
Era obvio que todo estaba perdido. Concluidos varios de los conflictos externos, dos competentes generales romanos se dirigían a toda velocidad hacia Italia. Mientras el tiempo apremiaba, Espartaco logró quebrar las defensas romanas y huir hacia Brindisi. Pero Craso reaccionó rápidamente e interceptó a los rebeldes en Lucania. Reforzado con las veteranas legiones venidas del extranjero, la batalla que se libró a continuación significó una masacre para las tropas rebeldes. El propio Espartaco, cuyo cadáver nunca fue localizado, sucumbió probablemente en la batalla. El sueño de la libertad había terminado.
Sin embargo el triste capítulo final aún no se había cerrado. Craso estaba decidido a resacir a Roma y dar un cruel ejemplo del poderío romano. La Vía Appia, una de las principales articulaciones de Italia con más de 560 km de longitud, sirvió de escenario para el terrible castigo que Roma infligió a los rebeldes. A lo largo de la carretera 6.000 esclavos fueron crucificados y quedaron como mudos testimonios de lo que aguardaba a todo aquél que osara oponerse al Senado y al pueblo romano.
Aun así, el nombre de Espartaco se convirtió en sinónimo de rebeldía, de lucha por la libertad y por la igualdad entre los hombres. Su leyenda ha servido durante siglos a las causas y rebeliones (tanto personales como colectivas) que se han producido desde entonces, y ha quedado impresa en la memoria colectiva de la mayoría de ciudadanos libres de este mundo.