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viernes, mayo 20, 2011

Simón Bolívar, el Libertador

La Caracas a la que vino al mundo Simón Bolívar un 24 de julio de 1783 era una próspera ciudad comercial y administrativa, capital de la Capitanía de Venezuela, una de las varias divisiones administrativas que formaban el Virreinato del Perú, una de las colonias más grandes e importantes del Imperio Español. Sin embargo aquel Imperio distaba mucho del poderoso Imperio que había hecho temblar al mundo en el siglo XV. Aunque el sol siguiera sin ponerse en los dominios de la Monarquía española, el Dios que lo sostenía ya no hablaba español.

Finiquitada la Guerra de Sucesión con el Tratado de Utrecht en 1713, el poder hispano, aferrado a una imagen del pasado que ya no existía, finalmente fue puesto en total evidencia. Sus posesiones europeas fueron repartidas entre sus victoriosos enemigos, y aunque la Corona pudo retener sus colonias en América, África y el Pacífico, los británicos se preocuparon de asegurarse ventajosos tratados comerciales para operar en puertos españoles en las colonias y un permiso (el asiento) para importar esclavos a los Virreinatos hispanos. El desesperado intento del nuevo monarca español, Felipe V, por volver a recuperar posiciones en el juego europeo en la Guerra de la Cuádruple Alianza sólo llevó a una nueva y sonora derrota que acabó con cualquier esperanza española de volver a su antiguo estatus. A partir de ahora eran otras potencias las que dictaban las reglas. España sólo podía languidecer y observar, mientras se ocupaba de sus asuntos.

Aquellos asuntos afectaban especialmente a las posesiones americanas de España. Sin nada que decir ya en Europa, Felipe V y sus ministros se centraron en recortar las alas a un Imperio que había crecido demasiado libre, ya fuera políticamente, mediante los gobiernos controlados por los criollos (los ciudadanos nacidos ya en las colonias, descendientes, por lo general, de un rancio abolengo español), o ya fueran asuntos más celestiales (es decir, que la Corona decidió expulsar a los independientes jesuitas de las colonias para controlar más directamente lo que ocurría en las Misiones religiosas).

Mientras se retomaba el control de lo que pasaba en Nueva España, el gobierno de Felipe V también introdujo reformas económicas y comerciales que darían un importante empuje al crecimiento económico de las colonias en la segunda mitad del siglo XVIII. Por otro lado, algunas importantes victorias navales en la década de 1740 frente a los británicos aseguraron el tráfico de mercancías y metales entre Nueva España y la metrópoli. Sin embargo, la economía española no acabó de despegar, centrada todavía en una agricultura poco productiva, y con vaivenes políticos que no ayudaron a estabilizar el potencial comercial español, que quedó supeditado al de otras naciones europeas. La Guerra de Independencia norteamericana significó para España, aliada con Francia y las colonias estadounidenses contra Gran Bretaña, la última oportunidad para poder brillar en el panorama internacional.

Las efectivas políticas de control de la metrópoli sobre las colonias a lo largo del siglo XVIII llevó a los primeros levantamientos importantes en Nueva España alrededor de 1780, como la rebelión de Túpac Amaru en Perú o la Rebelión de los Comuneros en Nueva Granada, un año después. Entre las clases dirigentes criollas el descontento había crecido debido a la pérdida de influencia frente a la metrópoli, mientras que en diversas regiones americanas los indígenas, que malvivían ahogados por impuestos y la pobreza, trataban de mejorar su situación mediante esporádicas revoluciones contra la Corona española y sus representantes. Tal era el clima de creciente descontento en Nueva España cuando Simón Bolívar llegó a este mundo.

La familia de Bolívar, descendiente, como muchas otras importantes familias criollas, de importantes ancestros españoles o de españoles que se habían hecho a sí mismos en las Américas, pertenecía a la aristocracia mantuana que dirigía Perú y gozaba de importantes privilegios así como de un importante estatus económico y social. Aquella aristocracia, a la que no sólo se vedaba, con contadas excepciones, el rango más alto de todos (un español siempre sería más que un criollo de las colonias), sino a la que además se había tratado de restar influencia, se empapaba de lo último que llegara de Europa, ya fueran ropas, modas o libros, o ideas, aquellas modernas ideas de la Ilustración que hablaban de igualdad, libertad y de derechos del hombre. Entre los antepasados de los Bolívar se contaban procuradores, capitanes y clérigos.

El padre de Simón, don Juan Vicente Bolívar, era un coronel de las Milicias que vivía con comodidad en el centro de Caracas y que había prestado servicio en Madrid. La esposa de Juan Vicente contaba entre sus antepasados a personajes tan influyentes como los del coronel. Simón era el pequeño de cuatro hermanos, quienes habrían de lidiar con la muerte de su padre en 1786. Al menos, los pequeños no han de preocuparse por su manutención. Juan Vicente ha dejado una espléndida herencia a sus hijos, sabiamente administrada por la madre, María Concepción. De hecho Simón y sus hermanos pasarán entretenidas temporadas en la finca rural de la familia.

En 1792 fallecía María Concepción. Se ocupó de los huérfanos el abuelo de éstos, hasta que un año después el venerable anciano muere también, quedando los pequeños a cargo de un tío suyo, Carlos Palacios. A los hermanos, especialmente a Simón, les resta el consuelo de Hipólita, el ama de cría negra que es la única constante en su vida familiar.

Todas aquellas tempranas muertes en la vida de Bolívar le marcaron claramente, fomentando un espíritu rebelde que empeoró dado el difícil trato que tenía con su tutor. Como todo hijo de aristócrata, Simón recibe su educación básica de varios preceptores, para luego ingresar en la escuela pública de Caracas. Tras una fuga de casa a los doce años, un juez decide ponerle bajo custodia de don Simón Rodríguez, director de la escuela. Rodríguez sabrá ganarse la confianza del joven Simón Bolívar, y de hecho se acabará convirtiendo en su amigo, confesor y mentor político. Será de Rodríguez de quien reciba Simón sus primeras nociones de las ideas de la Ilustración que llegaban de aquella vieja, y nueva a la vez, Europa postrevolucionaria, junto a otros educadores y humanistas como Andrés Bello.

Como en muchas otras familias aristocráticas, correspondía a los hermanos pequeños labrarse una carrera al amparo de la influencia de sus allegados.En 1796, con su mentor Rodríguez en el exilio, el rey Carlos IV aprobaba su nombramiento como subteniente de las Milicias de Infantería de Blancos de los Valles de Aragua, el mismo cuerpo del que su padre había sido coronel. Siguiendo el habitual desarrollo de la preparación de un criollo influyente, el siguiente destino de Bolívar fue la corte de Madrid, donde su tío había logrado hacerse hueco. Bolívar partió hacia España en 1799, aunque hubo de pasar un tiempo en México debido a que el tráfico marítimo fue interrumpido durante un conflicto con Gran Bretaña en el Caribe. Tras desembarcar en Santoña, el joven llegó finalmente a Madrid en junio. Mientras prosigue sus estudios en la metrópoli, interesándose vivamente por la teoría militar y las tácticas, Bolívar sigue, junto a su tío, a la corte española, que se mueve, según la época del año, entre Aranjuez, El Escorial o La Granja.

En Madrid Simón Bolívar continua formándose, mientras va viviendo algunas anécdotas en las que es difícil separar el mito de la realidad. Lo cierto es que en Madrid le llegará el amor al conocer a María Teresa Rodríguez del Toro, la bella hija de otro de los tantos criollos influyentes que pululan por la corte. La relación entre ambos no es del agrado del padre de María Teresa, quien decide alejarla llevándosela a Bilbao. Bolívar logrará el traslado a la ciudad, pero de nuevo, la familia de la muchacha regresará a la capital. Incapaz de obtener otro cambio de residencia, Bolívar reside en Bilbao por un tiempo. Aprovechando las fiestas de la Paz de Amiens, el joven decide visitar Francia en enero de 1802. Al regresar a España Simón recibe por fin la aprobación del padre de María Teresa, y la joven pareja contrae matrimonio en mayo. Un mes después, los recién casados se asientan en Caracas.

La felicidad de Bolívar no durará mucho. Apenas un año después de haberse casado, María Teresa contrae la fiebre amarilla y muere a los cinco días. El golpe para Simón es devastador. Destrozado, Bolívar pone un océano entre él y su dolor. Vuelve a España, pasa un tiempo en Cádiz y después acude junto a su suegro en Madrid. Ambos partirán hacia París, donde algunos dicen que Simón vio coronarse a Napoleón emperador. Seguramente decidiera no dejarse ver aquel día. Bonaparte había traicionado la Revolución. Y aun así, quizás Bolívar soñara, con algo de culpabilidad, con emular las victorias del pequeño corso...

En París Bolívar trata de olvidar junto a la pizpireta Fanny Du Villars, y, sobretodo, se reencuentra con su viejo maestro Simón Rodríguez, quien cierto día le presentará al explorador y pensador Alexander Von Humboldt. Hablan de Sudamérica. La semilla de la revolución está plantada. Pero Humboldt sentencia: no hay en el horizonte hombre que la haga germinar.

En abril de 1805 Bolívar emprende un viaje crucial para su futuro junto a su suegro, Fernando Toro, y su mentor Simón Rodríguez. Los tres peregrinan, a pie, por el sur de Francia, cruzan los Alpes y se adentran en la fragmentada Italia, puesta, al igual que gran parte de Europa, a los pies de Napoleón. Precisamente, el día que habría sido el tercer aniversario para Bolívar y su esposa, el joven criollo asiste, esta vez sí, a la catedral de Milán, donde Bonaparte va a autoproclamarse rey de Italia. Rodríguez le acompaña. El desencanto de Bolívar hacia el otrora defensor de la República francesa es total. Con todo, seguirá la carrera del corso con atención.

Como cualquier turista podría hacer hoy en día, Bolívar recorre Italia empapándose de su historia, su gastronomía y su vino. Visita Venecia, Ferrara, Bolonia... y, por supuesto, Roma. Será en Roma, en la cima del Monte Sacro, el 15 de agosto, mientras cae el sol, cuando Bolívar jure, con Rodríguez y don Fernando como testigos, hacer todo lo que esté en su mano para liberar a Nueva España, y perdurar en sus ideales, a diferencia del traidor corso.

En medio de la cruzada napoleónica contra Gran Bretaña, Simón se despide de Europa. Toma en Hamburgo un navío norteamericano (uno de los pocos países que aun pueden circular con cierta libertad por las costas europeas) que le llevará hasta Charleston. A principios de 1807 se encuentra de nuevo paseando por las calles de Caracas.

Durante los primeros meses desde su regreso Bolívar vive como muchos otros hacendados criollos, cuidando de sus tierras, viviendo a medio camino entre su hacienda y la ciudad. Mientras, se reune con familiares y amigos, narra las últimas noticias de Europa, y escucha, lee, observa. Entiende que el caldo de cultivo de la libertad ya ha sido inoculado y crece por momentos. Allá lejos, en Madrid, el competente conde de Aranda pone sobre aviso al Rey de que algo se cuece allá en las Américas. Una reforma adecuada, un régimen más autonómico, podría apaciguar los ánimos. Pero sus consejos caen en saco roto. Pero esta vez la incompetencia del monarca hispano saldrá cara. El tratado de Fontainebleau no queda lejos. España va a abrir sus puertas a las tropas de Napoleón. El 6 de junio de 1808 José Bonaparte, hermano del gran corso, ocupará el trono español.

Bolívar no es el único que estudia el futuro. En haciendas, casas de verano, cafés, y otros lugares, hay debates y reuniones discutiendo el camino a seguir. Pronto comienzan a separarse dos bandos: los realistas, que buscan mayor autonomía con los Borbones, y los patriotas, que buscan una independencia bajo el reinado nominal de Fernando VII. Se redactan cartas de representación y manifiestos que Bolívar se niega a firmar por no ajustarse a los términos, más radicales, que él desea. Entre los líderes criollos se habla de adherirse a la Junta de Sevilla, el órgano central de gobierno creado tras la batalla de Bailén que aglutina a las fuerzas españolas que se oponen a Napoleón. Pero Simón desea una junta totalmente autónoma y ajena a los asuntos de España. Por tanto, espera un momento mejor, siguiendo los acontecimientos desde su finca.

El 18 de abril de 1810, miércoles santo, llegan noticias desde Europa en las manos de dos comisionados españoles. Fernando VII ha quedado postergado y servil bajo la égida de Napoleón, pero las Cortes de Cádiz le declaran rey legítimo de España. Mientras, el nuevo monarca José I ha nombrado a un nuevo gobernador de Venezuela, Vicente de Emparán, ratificado también en Cádiz. Al día siguiente, mientras se dirige a los oficios de Semana Santa, Emparán es abordado por algunos nobles criollos, representantes del Cabildo de Caracas, quienes le piden que cree una Junta para velar por los derechos de Fernando VII. El gobernador se niega. Será de nuevo abordado a las puertas del templo; la tensión crece y la guardia del nuevo capitán general echa mano a sus armas, aunque Emparán les aplaca. El pueblo, congregado en la plaza, comienza a alborotar. En el ayuntamiento se cruzarán de nuevo las palabras, por lo que Emparán sale al balcón para buscar el apoyo del pueblo. Pregunta si el pueblo venezolano está con él. Situado detrás del capitán general, el canónigo de la catedral, José Cortés de Madiaraga, hace una señal a la multitud para que contesten negativamente. El sentir popular se hace oír: no quieren a Emparán. El airado gobernador proclama a su vez que, siendo así las cosas, renuncia a su cargo. Ha salto la chispa de la revolución. La Independencia de Venezuela, y, a la postre, de todos los territorios españoles en América, ha comenzado.

Actuando, por el momento, en nombre de Fernando VII, el Cabildo establece una Junta Central de gobierno, crea distintas agrupaciones provinciales y envía emisarios al Reino Unido y Estados Unidos buscando apoyos para la causa. Simón Bolívar deja su retiro y se presenta ante la Junta para prestar sus servicios a la causa. Es elevado al cargo de coronel de infantería y enviado como como miembro de una comisión a Londres, donde los representantes de la Revolución se entrevistan con Lord Wellesley, Ministro de Exteriores británico. Wellesley acoge las noticias con comedimiento; no quiere soliviantar a los criollos, pues ahora España es un importante aliado de Gran Bretaña. En septiembre las conversaciones no llegan a ningún sitio, y Bolívar regresa a Venezuela acompañado por Francisco de Miranda, noble y líder revolucionario exiliado tras una fallida expedición militar independentista. De Gran Bretaña Bolívar no trae sólo esa nueva amistad, sino una sana admiración por el sistema parlamentario inglés.

Llegado a Venezuela en diciembre, Bolívar ha de interceder por Miranda ante la Junta, pese a su aura revolucionaria. Pero queda claro a todos que Miranda es un poderoso aliado, y es nombrado teniente general y elegido diputado tras la constitución de un Congreso el 2 marzo de 1811. Ante los nuevos parlamentarios Bolívar propugnará que ha llegado la hora de la acción. Las ansias de libertad han de ser puestas por escrito. La propuesta se realizó un 3 de julio. El 5 el Congreso declara la independencia de Venezuela. Nace una nueva nación, compuesta por la vieja Venezuela, el Virreinato de Nueva Granada y la Real Audiencia de Quito. La bandera del nuevo país enarbola los colores de la fallida expedición independentista de Miranda: amarillo, azul y rojo.

Aunque mayoritaria, la opción independentista no es unánime. Algunas voces -sofocadas con gritos e insultos- rechazan la declaración. Dos viejas provincias, la Coronilla y Maracaibo, se niegan a obedecer a la Junta. Se envían tropas a sitiar y sofocar la revuelta realista en Coro, y se sitia la ciudad de Valencia, con tropas bajo el mando de Miranda. Coro logrará resistir, mientras que Valencia se rinde en agosto. Sin embargo, los focos de resistencia siguen creciendo. Un terremoto sacude Venezuela. Muchos ven en ese desastre natural una señal divina, un furibundo aviso sobre la impía revolución independentista.

Evidentemente el conflicto es ya totalmente abierto. La Guerra de Independencia de Venezuela ya se está librando. La recién nacida República se tambalea, son necesarias medidas desesperadas: Miranda es elevado a la categoría de generalísimo. Éste envía a Bolívar como comandante militar a Puerto Cabello, un bastión de gran importancia estratégica. El joven militar aborda una tarea difícil: el Cabildo no le apoya, y muchos oficiales y soldados se sublevan. Los realistas se hacen con el fuerte y las municiones, y atacan la ciudad amurallada. La resistencia se torna fútil. Bolívar ha de abandonar Puerto Cabello a las fuerzas realistas. En el resto de frentes la situación es más o menos similar. El capitán de fragata Domingo Monteverde avanza con paso firme liderando las fuerzas realistas, que reconquistan el terreno perdido frente a unas fuerzas republicanas debilitadas por las deserciones. Finalmente Miranda ha de capitular en San Mateo el 25 de julio de 1812. La breve aventura de la Primera República de Venezuela llega a su fin.

En el puerto de La Guaira Miranda espera huir en un barco británico. Muchos oficiales republicanos contemplan esta acción como una traición. Detienen a Miranda, a quien entregan a las fuerzas realistas. ¿Cuestión de honor, o una forma de salvarse a sí mismos? Entre esos oficiales hay quien cuenta a Bolívar. Lo cierto es que Bolívar será uno de los oficiales que obtenga un salvoconducto. Mientras se calman las cosas, el coronel trata de hacerse olvidar en Curaçao. El 14 julio de 1816, esperanto todavía su juicio, fallecerá Miranda. Su tumba, pero no su cadáver, ocupará un lugar de honor en el Panteón Nacional de Venezuela. Miranda fue enterrado en una fosa común.

Pasa el tiempo, el coronel republicano se traslada a Cartagena de Indias, donde dedica su pluma a plasmar sus pensamientos y señalar todo lo que falló en la breve aventura de la República. Simón Bolívar encontrará un camino para volver a la acción en la convulsa Nueva Granada (que comprende extensos territorios, mayoritariamente pertenecientes a la actual Colombia), donde ha triunfado, por el momento, un golpe independentista. Bolívar ofrece sus servicios, y el nuevo gobierno le restituye como coronel, enviándole a Barrancas, una pequeña plaza alejada de la acción. No era desde luego el destino que esperaba.

Pero la fruta está madura de nuevo. Monteverde ha incumplido su promesa de una amnistía para los republicanos, y llena las cárceles con independentistas que volvieron a Venezuela alentados por su promesa de un trato justo. Nueva Granada trata mientras tanto de sojuzgar aquellas poblaciones que se mantienen fieles a los españoles. Bolívar decide moverse, y tomando el núcleo de su minúscula dotación militar, la refuerza con voluntarios a quienes entrena para dar un primer golpe, atacando la villa realista de Tenerife. Tomados por sorpresa, la villa cae en sus manos. El coronel reune al Cabildo, entrega órdenes y proclama la libre navegación del río Magdalena. Pronto caen otras poblaciones próximas. La noticia de sus éxitos aumenta el número de reclutamientos. En sus manos Bolívar ve crecer la que será conocida como la "Campaña Admirable".

Aunque sus superiores hablan de entregarle a un consejo de guerra por insubordinación, el avance de las fuerzas de Bolívar es tal que los independentistas comienzan a ver en su improvisada campaña una oportunidad. En el este otro militar, Santiago Mariño, ha iniciado también su propia guerra. A comienzos de 1813 Bolívar captura el importante enclave estratégico de Ocaña. Toda una provincia ya ha caído en sus manos. El curso del Magdalena está en posesión de los independentistas.

Bolívar es nombrado brigadier y ciudadano de Nueva Granada. Quiere lanzarse sobre la provincia de Mérida, pero sus superiores retienen su ímpetu. Pero las tropas realistas no permanecen ociosas, y pronto amenazan con acabar con la liberada Nueva Granada.En mayo Bolívar reanuda su marcha con el beneplácito de sus superiores. La "Campaña Admirable" comienza oficialmente. Simón regresa a Venezuela con aires de libertad. Y con triunfos. Tras tomar Cúcuta, el joven militar se lanza sobre la ciudad de Mérida. Tras tomarla, en sus calles Bolívar comenzará a oir cómo le llaman por el apodo de "El libertador". Poco tiempo después las tropas del brigadier toman Trujillo.

En junio de 1813 Bolívar decide oficializar la venganza contra los españoles y Monteverde, quien traicionó los términos de la capitulación de la República y venía ajusticiando a los prisioneros republicanos desde hacía varios meses. Además Bolívar quería autorizar a sus hombres a responder a la violencia de las tropas realistas ojo por ojo y diente por diente. En la práctica "El Libertador" estaba sancionando las ya terrible represalias que sus hombres llevaban a cabo, respondiendo a las propias atrocidades de los españoles. La que sería conocida como la proclama de la "Guerra a Muerte" no haría sino convertir aquella guerra en una escalada de violencia y venganza entre ambos bandos.

Todo Español que no conspire contra la Tirania en favor de la justa causa, por los medios mas activos y eficaces, será tenido por enemigo, castigado por traidor a la Patria, y en consequencia irremisiblemente pasado por las armas.

Mientras, en Nueva Granada, la extensión del frente de Bolívar comienza a preocupar. Las líneas de suministros se alargan, y se teme una decidida reacción realista desde Venezuela. Sin embargo "El Libertador" hace caso omiso a las órdenes que le llegan y prosigue su avance. Aunque parte de sus comunicaciones se han cortado, Bolívar está resuelto a aprovechar sus éxitos. Aparece con sus tropas donde menos se le esperaba, y pronto caen en sus manos enclaves importantes como el de San Carlos. En Valencia Bolívar inflinge una severa derrota a los españoles. El avance del revolucionario Mariño también prosigue a buen ritmo. La guerra pronto se convierte en una carrera entre los dos por llegar primero a Caracas. Con cada nuevo éxito son más los entusiastas que engrosan las filas independentistas. La Venezuela de Monteverde se desmorona. Esta vez son los españoles quienes huyen presas del pánico. El 6 de agosto un triufante Bolívar entra en Caracas. La "Campaña Admirable" ha terminado. Bolívar ha liberado Venezuela en apenas 90 días. El 14 de octubre recibe oficialmente el título de "Libertador". Se proclama la Segunda República. De nuevo, Venezuela es libre.

Sin embargo no toda Venezuela abraza la causa. Siguen existiendo focos de rebelión y territorios en manos de realistas. En especial, Puerto Cabello, donde las tropas de Monteverde se hacen fuertes. Allí sólo deben aguantar hasta que lleguen refuerzos por mar. Hecho temido que ocurre en 1814, con el desembarco de mil quinientos hombres y toda clase de pertrechos. Libre del yugo napoleónico, España promete a los realistas enviar una expedición que aplaste toda resistencia.

Pero mientras tanto otras amenazas son ya una realidad. En el sur, un tal José Tomás Boves, al que apodan León de los Llanos, reúne en torno a sí a todos los descontentos del campo, agricultores, ex-esclavos, mulatos, bandoleros, y se alza contra los republicanos, atacando a los criollos y a cualquiera que les apoye. El avance de aquel nuevo Espartaco es incontenible, y pronto sus fuerzas amenazan la capital. Bolívar está preocupado por la gran cantidad de prisioneros españoles y realistas que hacinan las cárceles de Caracas y La Guaira. Intenta enviarlos a Canarias con un indulto, pero antes de hacer los preparativos Boves ya se encuentra a las puertas de la ciudad. Resuelto a no combatir con la rémora de los prisioneros tras él, el Libertador ordena ejecutarlos a todos.

Boves y sus revolucionarios son derrotados, pero no vencidos. La situación sigue siendo inestable. Debía por entonces Bolívar comprender a Napoleón y sus cuitas españolas. Por muchas victorias que logre Simón contra Boves, todo parece seguir igual. A la revuelta de Boves hay que añadir el levantamiento de Los Llanos, donde los ganaderos y vaqueros (los llaneros) se han levantado también contra el gobierno de la República, apoyando la causa realista. Bolívar busca apoyos en Londres, a donde manda emisarios pidiendo que el gobierno de Su Majestad reconozca la independencia de Venezuela. Pero sus demandas no son atendidas. El Libertador sabe bien que cuando España haga su movimiento la República, ya tambaleante, no podrá resistir sin ayuda. En los agrestes desfiladeros de La Puerta, donde se librarán sucesivas batallas en las guerras de independencia, Mariño y Bolívar son derrotados y han de replegarse ante el inexorable avance de los llaneros.

Finalmente llega la hora de abandonar Caracas. Más de veinte mil refugiados parten hacia Aragua de Barcelona, con Bolívar y 1.200 fusileros cerrando la marcha. Boves se enseñorea de la capital. Una vez en Aragua, Bolívar presenta batalla. Es nuevamente derrotado y ha de replegarse de nuevo.

Los restos de la Segunda República han de embarcar en Cumaná. Un aventurero llamado Bianchi comanda la flota que ha de llevar a los independentistas a lugar seguro. A Bolívar y Mariño apenas sí le quedan partidarios y unas sufridas tropas muertas de hambre y sed. Bianchi se apropia del fondo común reservado para rehacerse en el extranjero y volver a la lucha. Los antiguos líderes de la República han de rebajarse a tratar de negociar con el bandido italiano. Cuando regresan, descubren que otros oficiales han tomado el liderazgo de la tropa, y son detenidos. Es sin duda el momento más bajo para los otrora salvadores de la patria. Finalmente Bolívar y Mariño serán liberados, habiendo de embarcar con otros oficiales rumbo a Cartagena, el paraíso independentista.

La humillación es total, pero al menos Simón está vivo. Tras resonantes victorias, la marcha de Boves será finalmente aplastada. El "León" perecerá con su aventura como hiciera Espartaco. Los oficiales amotinados de Bolívar y Mariño caerán también a manos de los llaneros. La llegada del cuerpo expedicionario español, al mando del general Pablo Morillo, marca el fin de las revueltas y la reconquista de Venezuela.

Acogido de nuevo en el seno de Nueva Granada, Bolívar se dedica de nuevo a pacificar revueltas y tomar enclaves realistas. Una de sus mayores victorias en este periodo será la conquista de Bogotá el 12 de diciembre de 1814. En 1815 dirige la campaña para reasimilar la provincia de Cundinamarca a los territorios de Nueva Granada. Aprovechando todos estos éxitos Bolívar decide exponer nuevos planes para reconquistar Venezuela. El Parlamento está dividido, y su propuesta no llega a ninguna parte. Desalentado, Bolívar decide dimitir de sus cargos y autoexiliarse, buscando mejor fortuna en otro lugar. Se instalará en Jamaica, donde se dedica a escribir y trazar planes para el futuro. En su ausencia, Nueva Granada será puesta de nuevo bajo control de España.

Desde Jamaica llegan más cartas y manifiestos. Pide ayuda a las potencias europeas, pero éstas tienen otras preocupaciones. Bolívar decide entonces acudir a la recientemente independizada Haití. El presidente Alenxadre Pétion le acoge con los brazos abiertos; Haití está llena de refugiados independentistas. Bolívar logra recavar apoyos de Pétion (a cambio de que Bolívar incluya a los esclavos negros en la liberación) y atrae a la causa a un rico armador de Curaçao, Luis Brion. Ambos prometen ayuda para enviar una expedición a Venezuela. Pero entre los exiliados hay división de opiniones sobre quién debería liderar la campaña. Finalmente el elegido es Bolívar.

Con las goletas del armador Brion a su disposición, Bolívar y los suyos parten hacia la isla Margarita. En el camino logran abordar y derrotar a dos goletas inglesas. Por su valor, Bolívar nombra a Brion Almirante de Venezuela. Las fuerzas expedicionarias llegan a Los Cayos el 31 de marzo de 1816. Se proclama de nuevo la república. Ya en territorio insular, Bolívar, nombrado líder de la nueva República, publica varios edictos por los que libera a todos los esclavos. Pero Bolívar solo cuenta con una exigua cabeza de playa, quinientos hombres y un apoyo naval formado por corsarios, más preocupados por las ganacias que por vigilar sus puestos. Los españoles, que no cuentan con muchas fuerzas en la zona, les sorprenden. Los planes de Bolívar se desbaratan, y le llegan noticias falsas de tropas españolas que están a punto de llegar a la playa. De forma confusa a las tropas libertadoras no les resta sino embarcar como pueden y regresar a Haití.

Allí Pétion le recoge nuevamente, y le promete más ayuda. Bolívar sigue empeñado en volver. A pesar de su fracaso es sabedor de noticias acerca de jefes guerrilleros que ofrecen resistencia a los españoles en diversos puntos de Venezuela. Uno de sus otrora oficiales sublevados, Manuel Piar, sobrevive en Los Llanos. Mariño hace lo propio en Cumaná. La isla Margarita abraza la causa republicana. No hay que perder un momento.

En diciembre Bolívar se encuentra de regreso en Venezuela, al mando de tropas haitianas y de exiliados. El Libertador contacta con sus oficiales y los guerrilleros. El día 31 Simón se reune con Mariño en Barcelona. Después, tras verse aceptado como el líder de la revolución por su compañero, y tras haber ordenado fortificar la ciudad, Bolívar se adentra en el Orinoco, donde Piar ha realizado importantes avances contra los realistas de Angostura. Cuando Simón se reune con Piar, éste ha puesto sitio a la ciudad. Mientras, a pesar de sus fortificaciones, Barcelona cae en manos de los realistas.

En el sitio de Angostura Bolívar confirma a Piar sus ascensos y galones, y le nombra general en jefe del ejército, a cambio de que le reconozca como el caudillo natural de la revolución. El Libertador manda además traer la flota rebelde desde Margarita hasta Angostura a través del Orinoco. Además de la Marina pronto se le unirán parte de las fuerzas de Mariño. Por fin Bolívar comienza a ver formar uno de sus objetivos: un ejército unido que haga frente a los españoles. Su máxima aspiración se cumple cuando las tropas reunidas ante él le proclaman jefe de la República. Sin saberlo, ya tiene al enemigo en casa. Piar no puede resignarse a ser el segundo. Desobedece órdenes directas de Bolívar, y comienza a planear su propio ascenso a la cumbre.

Sus sueños de emular a un César o un Napoleón libertario pronto se desvanecen. Fracasan sus planes para un desembarco en Barcelona, o la ocupación de Angostura o Guayana la Vieja, mientras sus generales no reconocen su autoridad y siguen obrando independientemente del resto. No será hasta que el almirante Brion acuda de nuevo en su ayuda, aportando tropas y armas, cuando sus avances tengan éxito por fin. Angostura y Guayana son tomadas finalmente. Con el poder que le otorgan sus victorias, Bolívar decide acabar de una vez por todas con los escollos para sus planes de unidad y éxito. Manda apresar a Piar, quien es juzgado y condenado a muerte.El general Mariño huye. El ejemplo tiene éxito. Ya nadie pone en duda la autoridad de El Libertador.

Tras declarar Angostura como capital de Venezuela, Bolívar traza planes para llevar a sus tropas a Los Llanos, donde la insurgencia ha dado paso a un reducto independentista dirigido por el general José Antonio Páez. Ambos bandos logran reunirse, y en su diario Páez describe a Bolívar en términos elogiosos. Páez pone a su disposición la pericia y arrojo de la caballería de los llaneros. Éstos tendrán un papel decisivo en la batalla del paso del Apure, que abrirá a los rebeldes el camino hacia el cuartel general de Morillo.

Transcurre 1818 entre sangrientos combates que no acaban de decantar la balanza, aunque sí confirman que Bolívar y su abigarrado ejército se hallan en el buen camino. La libertad de esclavos y decretos favorables a negros e indios aumentan su popularidad y engrosan sus filas con ex-esclavos y nativos descontentos. Incluso acuden voluntarios del extranjero, principalmente ingleses, atraídos por el romanticismo de la batalla por la libertad de un pueblo. Muchos se sorprenden que con un ejército tan variopinto de razas, lenguas y uniformes, Bolívar haya progresado tanto.

La lucha es cada vez más encarnizada. El ímpetu de las fuerzas de Bolívar es inagotable, pero los españoles venden cara su piel. En Rincón de los Toros un grupo de españoles logran sorprender a Bolívar en su tienda. Una rápida reacción saltando de su hamaca salva su vida. Sin embargo, la suerte de las tropas españolas no es mucho mejor.

Aunque combaten valientemente, su suerte está cambiando, y comienzan a sufrir en sus carnes lo que sufrieron las tropas francesas en España: emboscadas, traiciones, matanzas. Creyendo pacificado un territorio, en éste vuelve a estallar la revolución en cuanto los españoles se trasladan a otro lugar. En sus cartas, el general Morillo se queja amargamente de su situación: Estamos entregados a la más espantosa miseria, sin dinero, sin armamento, sin víveres... Doce batallas campales consecutivas, en que han quedado muertos en el campo de batalla las mejores tropas y jefes enemigos, no han sido bastante para exterminar su orgullo ni el tesón con que nos hacen la guerra.

El 15 de febrero de 1819 se celebra el Congreso de Angostura. En él Bolívar aboga por no cejar en la lucha. Los allí reunidos le nombrar presidente provisional y amplios poderes con los que maniobrar. Sintiéndose respaldado, Simón decide lleva a cabo su plan más ambicioso, al que había venido dándole vueltas desde hacía tiempo.

En 1816 Nueva Granada había sido reconquistada por los españoles. Bolívar planea reagrupar a su ejército y lanzar un ataque fulminante y sorpresivo para liberar a aquellas provincias y unirlas a Venezuela. La clave de su plan es flanquear a las tropas españolas cruzando las marismas de Los Llanos, tenidas por infranqueables. De esas zonas inundadas Bolívar piensa hacer sus Alpes, o un ejemplo para las futuras Ardenas. Haciendo cruzar a su ejército por zonas inundadas y montañas, la sorpresa será total.

El camino no será nada fácil. Primero, los soldados habrán de cruzar marismas repletasde mosquitos, donde la mayor parte del tiempo el agua les llega a la cintura y han de acarrear el equipamiento en balsas. La malaria se cobra sus víctimas. Luego deberán soportarlas frías temperaturas de las cordilleras, el mal de altura y la disentería. Los llaneros debían observar con dolor cómo muchos de sus queridos caballos se despeñaban por los angostos caminos andinos.

Sin embargo todas aquellas penalidades tienen su recompensa. Los españoles, que esperan un nuevo embate en las llanuras (donde Morillo ha concentrado a sus tropas), se ven ahora tomados por sorpresa en las montañas. Las tropas españolas en Nueva Granada, menores en número, son incapaces de hacer frente a esa ofensiva inesperada. El 25 de julio Bolívar logra una sonora victoria en la batalla de Pantano de Vargas. La capital queda desguarnecida. El 7 de agosto Simón se enfrenta en Boyacá al grueso de las fuerzas españolas, comandadas por el general José María Barreiro. La victoria de Bolívar es total, y Barreiro rinde sus tropas. Aquel día El Libertador hacía honor a su nombre librando a Nueva Granada del yugo español. El virrey abandona la capital con el resto de sus tropas. El mundo asiste a la noticia con expectación y sorpresa. Muchos alaban el genio militar de aquel intrépido criollo. Sudamérica asiste por entonces a los días de gloria de Bolívar.

Aunque en la capital de Venezuela, Angostura, el Parlamento aparta de la vicepresidencia a un hombre de Bolívar para poner en su lugar a Arismendi, jefe militar de la isla Margarita, las noticias de la gran victoria neutralizan los juegos de poder por un tiempo. El Libertador es recibido en la capital como un héroe, y ya se avanza hacia la idea de crear una gran república. La nión de Venezuela y Nueva Granada tomará carácter oficial el 17 de diciembre de 1819, fecha en que nace la gran República de Colombia.

Quedaba sin embargo trabajo por hacer. El general Morillo, replegado y lamiéndose sus heridas, espera refuerzos desde España. Sin embargo los acontecimientos en la metrópoli favorecerán a los independentistas. En España llega el triunfo de Riego y el Trienio Liberal, con lo que la expedición que se preparaba queda anulada. Solo y aislado, a Morillo no le restará si no pedir una tregua que se le concede en noviembre de 1820. Por su parte, Bolívar cancela los decretos de la "Guerra a Muerte". El acercamiento y la curiosidad entre ambos hombres llevará a un encuentro en Santa Ana el 27 de noviembre.

En 1821 Bolívar ha de tomar de nuevo las armas. Maracaibo se alza en armas y el nuevo sustituto de Morillo, el general La Torre, acude en su ayuda. El armisticio que declarado como roto, y por tanto Simón moviliza a sus tropas. El encuentro decisivo entre ambos ejércitos tendrá lugar en las sabanas de Carabobo. Los españoles son inferiores en número, pero son superiores en artillería. Sin embargo ésta no bastará para evitar la derrota. Aunque los españoles logran llevar a cabo una excelente retirada táctica, nada puede evitar ya la debacle. Con aquella victoria Venezuela quedaba totalmente libre del control español.

No se trataba del único territorio que se veía obligada a ceder la metrópoli. En Chile, Argentina y Perú las fuerzas independentistas también se habían alzado con importantes victorias. En Chile y Perú el papel de libertador corresponde al general José de San Martín. Tanto él como Bolívar serán llamados a Guayaquil, donde los independentistas les piden ayuda, incapaces de sostener la lucha contra las fuerzas realistas de Quito. Acompaña también a Bolívar uno de los generales más jóvenes de Sudamérica, Antonio José de Sucre, quien sirviendo a El Libertador ha realizado una carrera meteórica. Será precisamente en Sucre en quien Simón deposite su confianza, poniéndole al frente de las operaciones en Quito. La campaña será larga y cruenta. Durante gran parte de 1821 Sucre y sus fuerzas batallan sin cesar, aunque no logran la victoria. En noviembre los dos ejércitos acuerdan un alto el fuego de 90 días. El empate técnico es, por el momento, evidente, y los dos bandos han sufrido fuerets pérdidas.

La victoria decisiva no llegará hasta el 24 de mayo de 1822, tras la batalla de Pichincha, en la que Sucre logra por fin infligir una severa derrota a las fuerzas realistas. El camino a Quito queda despejado. En el desfile triunfal Sucre cabalga junto a Bolívar, aclamado de nuevo como libertador de los pueblos. Se cierra así el plan para integrar a los territorios aledaños a Quito en la Gran Colombia de Bolívar. Como recompensa, Sucre es nombrado presidente de la provincia de Quito.

Los días 26 y 27 de julio de 1822 Bolívar y San Martín conferencian en Guayaquil. Lo que allí ocurrió sigue siendo objeto de debate. Por entonces San Martín había participado en las guerras de Argentina, había liberado Chile y gran parte del Perú. A pesar de todo su prestigio, San Martín parecía no brillar tanto como Bolívar. Fuera lo que fuese que sucediera en aquella conferencia, lo cierto es que en septiembre San Martín renuciaría a su cargo del presidente del Perú en septimebre. Tras fallecer su esposa poco después, San Martín desaparecería de la escena emigrando a Europa.

En los dos años siguientes Sucre sigue batallando en Perú, donde, tras la declaración de su independencia por San Martín en 1821, los españoles han seguido resistiendo y contraatacando, tomando y perdiendo Lima varias veces. En febrero de 1824, con Lima recién recuperada a los españoles, el Congreso peruano otorga a Bolívar poderes dictatoriales.

Bolívar considera llegada la hora de reunir fuerzas y expulsar a los españoles de Perú de una vez por todas. Para ello manda traer a la mejor caballería que pueda reunirse en la Sudamérica de entonces: huasos chilenos, gauchos pamperos, llaneros colombianos y venezolanos. Planea sorprender a los españoles en el norte de Perú, en el valle de Jauja, repitiendo su hazaña de cruzar por los Andes y aparecer por donde menos se le espera. El encuentro decisivo con la caballería española tendrá lugar en agosto, en la batalla de Junín. Sucre se manifiesta de nuevo como un excelente militar. Tras la victoria, Bolívar le deja al frente de la campaña, mientras él acude a defender Lima.

9 de diciembre de 1824. Dicha fecha quedará grabada en los anales de la historia de Sudamérica. Aquel día memorable fuerzas de la República de Perú, la Gran Colombia, las Provincias Unidas de América del Sur, Chile y batallones de voluntarios británicos se enfrentarían en la Pampa de La Quinua a las fuerzas del Virrey La Serna y su general José de Canterac, quienes habían planeado caer sobre el ejército de Sucre, inferior en número, cercarlo y aplastarlo, eliminando la amenaza independentista en Perú. Pero el genio militar de Sucre y el ímpetu de sus tropas lograrán darle la vuelta a la tortilla y vencer a un ejército español repleto de desmotivados nativos. En aquella batalla de Ayacucho Sucre alcanzaría su máxima gloria militar, logrando una victoria que no solo cerraría la campaña y la liberación de Perú, sino que finiquitaría el dominio español en América. Desde la metrópoli aun habrían de intentar rescatar sus colonias perdidas, pero la historia ya había girado para siempre. No sería hasta 1873 que España reconocería la independencia de Perú. Sin embargo, aquella noche de diciembre de 1824, Sucre brindaría con sus enemigos. Todos consideraban que habían luchado con valor y con honor, y no había lugar para más rencillas. Ciertamente los días de la Guerra a Muerte quedaban lejos.

Salvo algunos irredentos, la mayoría de fuerzas españoles entregan las armas. Inglaterra reconoce la independencia de todas las colonias, algo que Bolívar había ansiado durante largo tiempo. La fama de Bolívar por entonces es inmensa. Se le conceden pensiones, que Simón gentilmente rechaza. Honores y títulos. Es presidente de Perú, de la Gran Colombia, y se le nombra presidente del país que será bautizado con su nombre, Bolivia. Es el verano de 1825. La obra militar de Bolívar parece por fin acabada. Pero nuevas tormentas se divisan en el horizonte.

En diciembre de 1825 Bolívar entrega la presidencia de Bolivia al fiel Sucre. Ahora que la independencia parece asegurada, El Libertador sueña con crear una federación de países americanos a la que posteriormente se añadirían México, Chile y Argentina. Bolívar espera que la primera piedra de su sueño sea puesta el 15 de julio 1826, fecha de una reunión panamericana de Estados en Panamá. Pero aquel congreso no será sino una prueba de que, una vez alcanzada la independencia, las antiguas colonias españolas están plagadas de conflictos de intereses, desunión y corrupción. La Gran Colombia que preside Bolívar se está derrumbando bajo sus pies.

Por ejemplo, Perú y Colombia no cesan de litigar por soberanía de la rica provincia de Guayaquil. Hay sublevaciones en otros territorios, y muchos políticos no aceptan la dictadura de Bolívar ni sus planes para la Gran Colombia. Antiguos compañeros de armas le abandonan y se cambian de bando. Por todas partes se debate y se discute, se crean bandos; los centralistas contra los federalistas, los partidarios de Bolívar contra los de Francisco de Santander, indios contra criollos, campesinos contra latifundistas, liberales contra conservadores, partidarios de la dictadura contra defensores de una república democrática... en resumen, cunde el desorden.

Presidente de la Gran Colombia, dictador del Perú... Bolívar ve el camino para sus planes poblado de obstáculos, de disensiones. Ordena convocatorias de elecciones, disuelve las Cámaras, cambia gobiernos, pero nada parece funcionar. Como todos los hombres de Estado con mucho poder en sus manos y con plena confianza en sí mismos y en un proyecto, el Libertador cae en la tentación de atajar camino usando los plenos poderes que le habían sido confiados. En mayo de 1826 retira a los municipios peruanos el derecho a elegir a sus prefectos. El siguiente paso será darles poder para que convoquen a los colegios electorales provinciales. De ese modo Bolívar quiere asegurarse la aprobación de una nueva constitución que le refrende como Presidente Vitalicio.

En septiembre Bolívar deja Perú, dejando al cargo a su gobierno para que supervise la aprobación de su constitución. Sin embargo la Corte Suprema rechaza la propuesta. Recurre entonces Bolívar al Cabildo de Lima para que valide las actas de los colegios electorales y quede así aprobada su constitución. Bolívar logra por fin su objetivo, pero su victoria será breve. Diversisas medidas del gobierno del Libertador van haciendo mella en la población: reclutamiento forzoso de peruanos para las "reposiciones" (el reemplazo de las bajas del ejército de Gran Colombia), presencia de tropas grancolombianas en el Perú o el reestablecimiento del Tributo indígena, aunque también implató medidas para asegurar la libertad de los hijos de esclavos o acabar con la mita, el sistema de trabajo semiesclavista de los indígenas. También instauró neuvos colegios nacionales y fundó periódicos, aunque por otro lado aprobaba una nueva Ley de Imprenta que le protegía contra los ataques de la prensa.

Mientras nacía una república con su nombre (Bolivia), en Perú Bolívar combatía a sus opositores políticos con la represión. No eran, sin embargo, razones dictatoriales y egoístas las que le movían, sino una firme decisión de implantar su modelo de Estado, y para ello no dudó en emplear medidas autoritarias. Sin embargo para sus enemigos el Libertador se estaba deslizando rápidamente por la pendiente de la dictadura.

Como si quisiera demostrarles lo equivocados que estaban, Bolívar renunciaba a la presidencia vitalicia en enero de 1827. Veía cumplida su labor, y creía que era hora de poner orden en Venezuela. Allí la crisis económica y la lucha entre federalistas y centralistas estaba ahogando la nación. Además un movimiento independentista cada vez más fuerte abogaba por la separación de la Gran Colombia.

En abril de 1828 se forma una asamblea constituyente en Ocaña para reformar la Constitución de Cúcuta. En la llamada Convención de Ocaña los bolivarianos y los santaderinos tratan de limar asperezas y llegar a un acuerdo para una nueva constitución. Pero las negociaciones llegan a un punto muerto y en junio se da por concluida la asamblea. Los partidarios de Bolívar le aclaman como dictador. El Libertador recogerá el guante. El 27 de agosto aprueba la Ley Fundamental por la que se le nombra dictador vitalicio y que deja sin vigencia a la Constitución de Cúcuta. En septiembre se nombra a Santander Ministro Plenipotenciario ante los Estados Unidos. Una forma de alejar a su principal rival.

La noche del 25 de septiembre el palacio del Gobierno es asaltado. Los partidarios de Santander buscan derrocar a Bolívar e instaurar un gobierno democrático. Tras acabar con los guardias será Manuela Sáenz, la amante de Simón, espada en mano, quien contenga momentáneamente a los intrusos el tiempo suficiente para que el dictador huya por el balcón.

La conjura fracasa, y Bolívar toma sus represalias. Muchos de los participantes son ejecutados. A Santander la pena capital se le conmuta por el destierro. Tras la conjura se acentúa su autoritarismo. Sin embargo sus poderes no puede evitar que la disputa entre Perú y Colombia acaben derivando en un conflicto armado.

Conforme declinan su poder y su gloria así lo hace también su salud. Afectado por la tuberculosis, Bolívar se agota con facilidad y ha de guardar cama cada vez con más frecuencia. En palabras del propio Simón, lo que no deja duda es que me siento sin fuerzas para nada y que ningún estímulo puede reanimarlas.

Después del intento golpista en septiembre Bolívar no duda en gobernar por decreto, ejerciendo son tapujos su poder dictatorial. Sin embargo goza cada vez de menos apoyos, y los acontecimientos prueban ser más poderosos que sus atribuciones. Aunque logra sofocar una rebelión en Nueva Granada, la guerra entre Perú y la Gran Colombia no cesará hasta que sea el propio presidente peruano quien decida proponer un armisticio a cambio de una promes apara estudiar los problemas territoriales del Perú. Mientras tanto Venezuela sigue ardiendo con la yesca de la independencia.

A finales de 1829 el Acta de Caracas firma la ansiada independencia. Se desconoce la autoridad de Bolívar y de su gobierno colombiano. Para las fuerzas independentistas Venezuela ya no forma parte de la Gran Colombia.

Bolívar responde con la convocatoria del Congreso Admirable en enero de 1830. Será su último momento de gloria. El Libertador es recibido con aplausos. Se reunen allí los héroes de las guerras de independencia. Bolívar presenta su renuncia a los poderes que le han conferido, pero su propuesta es rechazada. Su plan es conciliar a todas las partes en pugna dentro del Estado y salvar a la Gran Colombia, una tarea titánica que se antoja imposible. Bolívar sigue siendo El Libertador, una institución y un símbolo de la independencia sudamericana, pero en el Congreso queda patente que políticamente se asemeja a una herramienta que ya no es útil. Su intento de reconducir a Venezuela dentro del redil de la Gran Colombia fracasa. Días después, desde su descanso en su Quinta de Fucha, Bolívar envía su renuncia irrevocable al Congreso. Está enfermo, carente de apoyos, y en el país que ayudó a liberar le consideran un mal, un lastre para el avance de Venezuela como Estado.

Alejado de todo y de todos, viejos amigos como Sucre le escriben las que serán sus últimas cartas. Congresistas afines le piden el retorno, e incluso algún levantamiento tardío y de corta vida le reclaman de vuelta para que arregle los problemas de aquella Gran Colombia que se desmorona. Pero Bolívar rechaza todas las propuestas y parabienes. Piensa en ir a Europa, aunque su renta no le permite vivir cómodamente tan lejos. En Venezuela le quieren fuera del territorio. Los nuevos dirigentes venezolanos exigen como una de las condiciones para establecer negociaciones el que Bolívar abandone su territorio.

Bolívar llega a divisar un puerto para marchar a Jamaica, pero su salud decae. Y llega entonces la noticia del asesinato de Sucre, cuya autoría todavía es objeto de debate. El tremendo golpe moral acelera el declive físico del Libertador. Simón se retira a la finca de un amigo, la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta (en la actual Colombia). Allí su salud irá decayendo cada vez más, hasta que el 17 de diciembre, rodeado de los suyos, fallece en su cama. Tenía 47 años.

sábado, agosto 15, 2009

Ashoka, el guerrero budista

En la actual bandera de la India se puede contemplar, aparte de sus franjas horizontales de color naranja, blanco y verde, un círculo en la franja blanca central, una especia de rueda con veinticuatro ejes de color azul. Es el conocido como chakra de Ashoka, una de las grandes figuras de la historia del milenario país.
Negrita
Ashoka o Aśoka, llamado "el Grande", nacía el año 304 antes de Cristo en la moderna Patna, capital del Imperio de los Maurya, una dinastía surgida del confuso período que siguió a la muerto de Alejandro Magno. Fue el abuelo de Ashoka, Chandragupta, quien erigió el futuro imperio familiar.

Ashoka nacía pues en el seno de la familia más poderosa de la India, especialmente tras las conquistas llevadas a cabo por su padre, Bindusara. La madre de Ashoka era la reina Dharma, aunque acorde a las costumbres de los reyes de la época cuando llegó a este mundo muchos hermanos y algunas hermanas ya vivían en palacio, fruto de los amores de Bindusara con sus concubinas.

Así pues, Ashoka creció sano, fuerte y orgulloso en la familia imperial, donde nada le faltó, y donde fue educado, como cualquier príncipe, en las artes de la política y la guerra, y en los secretos de los Vedas. Dicen que siendo adolescente ya denotaba una fuerte personalidad, que gustaba de practicar la caza, y que podía ser muy fiero y cruel. Muy pronto tuvo bajo su responsabilidad el mando de varios regimientos militares.

El principal heredero al trono, el hermano mayor de Ashoka, el príncipe Susima, pronto vio en el talentoso Ashoka a un peligro rival para la sucesión. Susima convenció al emperador para que mandara a Ashoka a sofocar una rebelión en el Norte de la India, esperando que dada la juventud e inexperiencia del joven príncipe pereciera junto a sus tropas, quedándole el camino libre para el trono imperial. Pero Ashoka hizo gala de sus dotes de estratega y no sólo no murió en el combate sino que regresó triunfante y con una popularidad entre sus súbditos aun mayor si cabe. Una vez más, Susima y otros hermanos intrigaron contra Ashoka, persuadiendo al emperador de que enviara a Ashoka al exilio.

Tras dos años de exilio Ashoka fue enviado por el emperador a la ciudad de Ujjain, donde había estallado otra revuelta. Ashoka marchó de nuevo y logró otra vez sus objetivos. Además, conoció y se enamoró de una joven pebleya, con quien contrajo matrimonio. Su mujer no sólo no era noble sino que además era budista, lo que provocó la ira del emperador Bindusara, quien recluyó a Ashoka en Ujjain nombrándole gobernador de la ciudad.

Fue poco después cuando tuvo lugar uno de esos hechos donde confluyen historia y leyenda, y donde es difícil discernir una de la otra. Lo cierto es que aproximadamente un año después la mujer de Ashoka quedó en cinta. Más o menos por aquellos días el emperador Bindusara cerraba sus ojos para siempre. Susima movió sus fichas rápido, y para evitar cualquier oportunidad de que Ashoka, apoyado por su inminente descendencia, reclamara el trono, envió a un asesino a Ujjain para que acabara con el pequeño. Finalmente hubo una víctima equivocada, pero según los viejos relatos indios un iracundo Ashoka atacó Pataliputra, la tomó por la fuerza y acabó con todos sus hermanos. Fuera o no así, lo cierto es que Ashoka fue finalmente el nuevo emperador Maurya.

Como muchos jóvenes reyes, y siguiendo la estela de su abuelo y su padre, Ashoka se mostró sediento de nuevas conquistas y victorias. Continuó guerreando con estados vecinos, ampliando el cada vez más grande territorio del Imperio Maurya. Hasta que llegó la guerra de Kalinga.

Kalinga era una república feudal costera que se tradicionalmente se había interpuesto en los planes de expansión de los Maurya. El abuelo de Ashoka había tratado infructuosamente de anexionarla, era un poderoso estado. Sin embargo, el nuevo emperador tendría más éxito, tras librar la que muchos consideran una de las guerras más sangrientas de la historia.

Efectivamente, Ashoka tuvo éxito en su misión, pero en su búsqueda de gloria más de cien mil vidas fueron destruidas ante los propios ojos del emperador, quien al parecer no pudo abstraerse de la terrible matanza que tuvo lugar en su nombre. Se cuenta que un río cercano se tiñó de rojo, tal fue la cantidad de sangre derramada. El rey más poderoso de la India del siglo III a.C. comprendió que él era el único culpable de aquella matanza. Fue por su mano y guía que tantas vidas habían sido derramadas en pos de una gloria fútil.

Del periodo de introspección que siguió a la batalla de Kalinga resurgió un nuevo emperador, más pío y terrenal, que había abrazado las enseñanzas del budismo, dando paso a una nueva y revolucionaria política que quedó condensada en los conocidos como "Edictos de Ashoka", una serie de leyes que quedaron labradas en lo que probablemente fueron decenas de columnas por toda la India.

Siguiendo y buscando el concepto del 'dharma', una verdad universal, los nuevos edictos establecían conductas morales, sociales y religiosas para todos los súbditos de Ashoka, buscando el bien común y la felicidad de los mortales. Desde la ayuda al prójimo, el respeto a los animales, las ventajas del budismo hasta la perfecta armonía natural mediante caminos rodeados de árboles Ashoka trató de enmendar su pasado manchado de sangre mediante la propagación de aquellas nuevas ideas del budismo, la meditación y una línea religiosa y pacifista que pudiera unificar a su imperio y sus gentes de una forma más fuerte y justa que mediante la espada.

Si Ashoka logró realmente deshacerse de sus ideas y actitudes pasadas, esa es una cuestión de estudio para historiadores y especialistas. Pero el testimonio que nos han dejado sus columnas son el de un emperador guerrero que vio conmovida su alma por un horror del que había sido responsable, logrando cambiar su actitud para tratar de ayudar a sus súbditos y compañeros mortales.
Ashoka fallecía el 232 a.C. y el imperio Maurya no logró sobrevivir mucho tras su muerte. Pero fueron sus ideas y su filosofía las que le hicieron inmortal, como demuestra ese pequeño símbolo en la bandera nacional de la India moderna.

jueves, septiembre 04, 2008

Bobby Fischer, el genio loco

1972. En plena Guerra Fría el ajedrez era más que un juego o deporte, y desde luego era más popular que hoy en día. El mundo tenía puestos sus ojos en Reikiavik, la capital de Islandia. Desde la muerte del ruso Alexander Alekhine en 1948, quien había abandonado su país en 1921 para no volver, y la toma de control de los campeonatos mundiales por la federación internacional de ajedrez, la FIDE, todos los campeones de ajedrez habían sido soviéticos. En la URSS el ajedrez no era un mero deporte, era un asunto de Estado. El aplastante dominio soviético levantó muchas suspicacias. Había quienes opinaban que los soviéticos pactaban empates en partidas clave para favorecerse entre sí. En Reikiavik habrían eliminatorias. Y ésa no era la única novedad. Por primera vez en varias décadas habría un finalista no soviético. El excéntrico, visceral y antiguo niño prodigio Bobby Fischer iba a enfrentarse al campeón mundial de ajedrez, Boris Spassky. Un norteamericano contra un soviético. Dos potencias enfrentadas. Una partida politizada. La "partida del siglo".

Robert James Fischer nacía el 9 de marzo de 1943 en Chicago, Illinois. Hijo de un médico de alemán y una maestra procedente de una familia judía de Polonia, sus padres se divorciaron cuando él apenas contaba dos años. Su madre, Regina Wender, se quedó a cargo de Bobby y su hermana mayor. La familia se trasladó a Nueva York, donde Regina iba a cursar unos estudios y trabajar como profesora. Regina tenía poco tiempo para estar con sus hijos. Cuando no estaban en la escuela Bobby y su hermana pasaban la mayor parte del tiempo encerrados en su apartamento de Brooklyn. Cuando Bobby tenía seis años Regina compró algunos juegos en una tienda del barrio. Entre ellos el joven descubrió un juego de ajedrez. Aprendió a jugar siguiendo las instrucciones que acompañaban al tablero. Comenzó jugando contra su hermana o contra algún niño del barrio. Muy pronto les ganaba a todos. El joven Bobby había descubierto su pasión. Dedicaba todo el tiempo que podía a jugar al ajedrez. Encontró un libro sobre ajedrez y lo devoró. Su madre decidió apuntar a Bobby al club de ajedrez de Brooklyn. Allí tendría, por primera vez, un verdadero maestro, Carmine Nigro.
En 1951 Bobby acudió a una exhibición simultánea del maestro Max Pavey. El joven perdió en quince minutos. Fue un duro golpe para el ego del muchacho. Allí Bobby supo que odiaba perder con toda su alma. A los doce años el joven ajedrecista se unía a uno de los clubes de ajedrez más prestigiosos del mundo, el Manhattan Chess Club. Su talento llamó la atención del gran maestro de ajedrez Arnold Denker, quien le apadrinó y le enseñó en qué consistía en ajedrez profesional. Para un niño que había crecido sin padre Denker se convirtió en alguien muy querido. El maestro incluso llevaba a Bobby a ver partidos de hockey, como si fueran padre e hijo. Su amistad duró de por vida.

El joven comenzó a obtener grandes puntuaciones en los torneos del club. Ningún niño de su edad, o incluso algo mayor, era rival para él. En los torneos suizos de Washington Square se podía ver al pequeño genio enfrentándose a adultos y ajedrecistas profesionales. Algunas veces ganaba y otras perdía, pero no había lugar a dudas de que Bobby Fischer era todo un prodigio. 1955 vio como alcanzaba la categoría B, a tres del título de Maestro. También en ese año derrotaba en una exhibición a ciegas (esto es, con los ojos tapados) al maestro Reshevsky. En 1956 viajaba a Cuba para dar una exhibición de simultáneas en el Club de Ajedrez Capablanca. Tan sólo tenía trece años. Al regresar a Estados Unidos se convertiría en el campeón Junior más joven de la historia.
Fischer era un genio, un niño prodigio, un superdotado. Y como les sucede a muchos de ellos, se aburría en el colegio. Sus notas eran mediocres. Sin embargo con catorce años se convirtió en el estadounidense más joven en alcanzar una puntuación en su ranking equivalente a la categoría de Maestro. La primera "partida del siglo" para Fischer llegó en octubre del 56, cuando derrotó al ajedrecista Donald Byrne en lo que muchos consideran fue la mejor partida que jugara Bobby en su vida. El Fischer vs Byrne es hoy un estándar estudiado por muchos ajedrecistas en el mundo.
En 1958 Fischer ganaba su primer US Chess Championship, batiendo récords de juventud y convirtiéndose en Maestro Internacional a los quince años. Al año siguiente su madre abandonaba el apartamento familiar para dedicarse a sus estudios de Medicina. Ferviente comunista, la relación entre ella y Bobby era, cuando no inexistente, bastante tensa. El joven sintió que su madre nunca estuvo ahí para él. Su refugio fue el ajedrez. Los hay que ven en esas carencias afectivas la causa de su furibundo desprecio por la Unión Soviética y de su antisemitismo, por no decir de sus futuros desequilibrios mentales. Pero ese año, mientras su madre perseguía sus sueños, Bobby dejaba definitivamente los estudios para dedicarse por completo al ajedrez, que ya le estaba reportando algunas ganancias. En 1958 participaba en el torneo Portorož Interzonal, que le valió el participar en el Torneo de Candidatos para el Campeonato del Mundo. De nuevo, era el más joven en conseguirlo. Con 15 años conseguía el título de Gran Maestro.

Con dieciséis años nacía el ajedrecista profesional Bobby Fischer. Dejó de vestiar vaqueros y comenzó a vérsele con trajes caros y peinados impecables, siguiendo el estilo dandy de ajedrecistas como Miguel Najdorf. También empezó a partcipar en multitud de torneos. Ganó el US Championship de 1958/59 al que le siguieron ocho más, casi todos consecutivos (salvo el del 61/62), que tuvieron como campeón al joven genio. En 1960 se enfrentaba por primera vez a Boris Spassky, empatando con él en el Torneo de Mar de la Plata. Spassky finalmente se llevó la victoria. Nacía una amistosa rivalidad. Dicen que por entonces, durante su participación en el Torneo de Buenos Aires, Fischer conoció los placeres del sexo. Muchos achacan a su primera experiencia sexual el que perdiera aquel torneo con rivales de menor categoría. Al parecer Fischer decidió no mezclar nunca más placer y trabajo. A principios de los 60 participó también en varias Olimpiadas de Ajedrez en el equipo de los Estados Unidos. Los tiempos de forajido del ajedrecista quedaban aun lejos.
En 1962 Fischer ganaba el Interzonal de Estocolmo, un paso más hacia el Torneo de Candidatos. Llegó a dicho Torneo como favorito. Pero el campeón soviético Tigran Petrosian quedó muy por encima de todos. El norteamericano acabó cuarto. Tras ese torneo llegó la primera acusación de Fischer de empates amañados entre los soviéticos. En 1964 se publicaba por primera vez una lista de los mejores ajedrecistas del mundo. Fischer, con veintiún años, estaba en el primer puesto empatado con Petrosian.

Por encontes Fischer rehusó participar en el Interzonal de Amsterdam, eliminando así cualquier posibilidad de optar al título dos años después. Para entonces la FIDe había cambiado las reglas del Torneo de Candidatos, sustituyendo la modalidad de todos contra todos por un torneo eliminatorio, para evitar los empates pactados sobre los que tanto se había venido debatiendo en los últimos tiempos. Tampoco quiso participar en la Olimpiada de Ajedrez de aquel año. Prefirió viajar por los Estados Unidos jugando partidas de exhibición y dando conferencias, que presumiblemente le reportaban más dinero que el defender a su país en la Olimpíada. Tras negársele la entrada en Cuba para participar en el Capablanca Memorial Tournament, Fischer participó en el mismo usando un telégrafo. Allí derrotó a un antiguo campeón ruso, Vasily Smyslov, lo que supuso todo un acontecimiento. Sin embargo, enfrentado de nuevo a Spassky en un torneo en Santa Monica, no tuvo tanta suerte y quedó segundo.

Si uno escuchaba con atención en los pasillos y despachos de los edificios que albergaban las competiciones seguramente podrían escucharse las protestas de Bobby Fischer. Envuelto en una sectaria iglesia llamada Worldwide Church of God, que había anunciado el Apocalipsis para 1972, en el Interzonal de 1967 Fischer pidió que se respetara su observación del sabbath. Su deseo fue concedido. Conforme su fama se acrecentaba lo hacían también sus manías, extravagancias y peticiones. La iluminación, el silencio, la distancia del público a la mesa, los asientos, la presencia de cámaras, los premios y el dinero... todo era susceptible de ser protestado por Fischer. Un leve carraspeo de la audiencia podía desatar su ira. Acabó abandonando el Interzonal por sus disputas con los organizadores respeto a la organización y horarios de las partidas. Una vez más dejaba escapar la oportunidad del Campeonato del Mundo. Tras ganar su último campeonato de los Estados Unidos no se presentó al siguiente por desacuerdos sobre la organización y el premio en metálico.

1970. Tras dieciocho meses de inactividad, Fischer vuelve al campo de batalla ajedrecístico dispuesto a todo. Sin embargo sus abandonos en el Interzonal y el no presentarse a los campeonatos nacionales le habían inhabilitado para presentarse el Torneo de Candidatos. Fischer, la gran esperanza blanca contra el dominio rojo, no podía quedarse fuera cuando estaba en su mejor momento. En un inusual gesto el maestre Pal Benko le cedió su puesto en el Interzonal de ese año. La presión era enorme, fuera para Benko, para Fischer o para Spassky. Las dos grandes potencias querían una victoria a toda costa.
En Belgrado se iba a celebrar una nueva "partida del siglo". En un torneo de exhibición la URSS se enfrentaría a una selección del resto del mundo. Fischer actuaría segundo, tras un jugador danés cuya trayectoria había sido ejemplar en los últimos meses. Perdió. Fischer entró en acción dispuesto a matar. Venció a Petrosian, hasta hacía un año el campeón mundial, tras dos victorias y dos empates. En su siguiente torneo, celebrado en Montenegro, de partidas rápidas, Fischer aplastó a sus contrincantes. ¿Habría rememorado sus partidas callejeras en Washington Square? Finalmente, a finales de 1970, acudió a Palma de Mallorca para jugar el Interzonal, que acabó ganando sin aparente dificultad.

1971 comenzó con dos partidas contra Candidatos donde Fischer obtuvo sendos tenísticos 6-0. En agosto arrasa en un torneo quedándose a medio punto del máximo de 22 posibles. Enfrentado de nuevo a Petrosian, éste se lo puso difícil al norteamericano, pero finalmente Fischer le escamoteó una victoria en Buenos Aires. En las siguientes partidas contra Candidatos logró más de veinte victorias consecutivas, algo que no se veía desde el siglo XIX. Finalmente Fischer sería el candidato para arrebatarle la corona a Boris Spassky. El mundo contuvo el aliento mientras Islandia se convertía en el centro de todas las miradas.

Mientras Spassky disponía de toda la maquinaria del estado para prepararse para el campeonato, Fischer se entranaba a solas en Nueva York, permitiéndose algunos momentos de relax jugando bolos y escuchando a los Beach Boys. Sin embargo el campeón ruso fue notando cada vez más la presión hasta que quedó vencido por ella. En realidad en ambos bandos la presión era enorme.

El Campeonato del Mundo de ajedrez presenta para muchos un claro favorito, aunque persistían algunas dudas, lo que añadido a todo el espectáculo mediático que iba a rodearlo y la politización del mismo hizo de esa edición de 1972 una de las más seguidas de la historia. Tras la superioridad que había mostrado en las rondas de clasificación, muchos veían en Fischer al claro ganador. Sin embargo, en ninguno de sus enfrentamientos con Spassky había logrado vencerle.

Cuando la ceremonia de apertura del campeonato tuvo lugar los soviéticos ya hacía un tiempo que estaban en Reikavik. Sin embargo nada se sabía del norteamericano. Fischer se encontraba recluído en la casa de un amigo en Queens, y no estaba dispuesto a viajar hasta que sus demandas fueran satisfechas. Su paranoia llegó a tal extremo que tenía miedo de coger el avión , pensando que los soviéticos lo volarían. La ansiedad crecía en el lado soviético mientras os días iban pasando. El equipo ruso trataba de distraer a Spassky para no someterle a más estrés. Los responsables en Islandia llamaron a la Casa Blanca para que intercediera en el asunto. El mismo Kissinger llamó Fischer para que acudiera al torneo, hablándole de lo importante que era para el país. El ajedrecista de Chicago finalmente llegó a Reikavik una semana tarde. Al salir del avión corrió hacia el coche que le esperaba sin atender al comité de recepción.
Cuando Fischer no se presentó al sorteo de la s partidas la delegación soviética estalló. Exigieron que el norteamericano se disculpara con Spassky o no habría campeonato. El equipo norteamericano habló con el Fischer hasta que se decidió a escribir una carta de disculpas a su oponente. Los rusos aceptaron la disculpa.

Cuando por fin comenzó la primera partida se podía notar la presión a la que estaban sometidos ambos. Fischer parecía agotado. Su filosofía siempre había sido el ataque. Aunque gustaba de abrir con el ofensivo peón del rey, no se amoldaba a una sola apertura. Las conocía todas, y usaba una u otra a discreción. En muchas ocasiones sorprendía a sus contrarios con aperturas extrañas o sacrificando fichas en un estilo de juego caníbal que sólo buscaba una victoria rápida y total. Donde la mayoría de ajedrecistas habrían acordado tablas, el norteamericano seguía hasta vencer o ser derrotado, o alcanzar un empate técnico tras quedar en el tablero sólo los reyes. Sin embargo en aquella primera partida Spassky notó que Fischer se estaba mostrando inusualmente pasivo. Tras unas treinta jugadas la partida parecía apuntar hacia un callejón sin salida. Cada uno disponía de algunos peones y un alfil para concluir la partida. Pero Fischer no quería llegar a las tablas. Atacó con un alfil en un error fatal, quedando bloqueado el mismo y arruinando cualquier posibilidad de ganar. Spassky se anotó el primer tanto.
En la segunda partida el norteamericano no hizo acto de presencia, alegando que le molestaba el ruido de las cámaras que estaban filmando el acontecimiento. Los jueces le dieron la victoria al soviético. Fischer ya perdía dos a cero. El norteamericano mostró entonces intenciones de abandonar el campeonato y regresar a los Estados Unidos. El alarmado equipo americano se apresuró a presionar al jugado para que se quedara, hablándole de lo mucho que se jugaba el país y él mismo. Mientras, en el lado soviético, se meditaba si abandonar también el campeonato ante los contínuos desplantes de Fischer. Spassky habría retenido el título, y la FIDE probablemente lo hubiera aceptado. Pero el ruso no quería ganar así.
Fischer siguió protestando. Para la tercera partida se jugó en una pequeña sala, con sólo una cámara rodando alejada de la mesa y la sola presencia de los jueces. Antes del comienzo Fischer protestó por la presencia de la cámara y comenzó a discutir con el árbitro. Mientras el paciente Spassky trataba de mantener la calma. Cuando por fin comenzó la partida, el juez anunció que habían pasado cinco minutos. Fischer le mandó callar. Esta vez la victoria fue para Fischer. De entonces en adelante las cámaras fueron prohibidas para todo el campeonato. Los únicos filmaciones existentes de las siguientes partidas provienen de las cámaras del circuito interno del edificio.

¿Qué ocurría con Fischer? ¿Por qué esa actitud? ¿Buscaba exasperar a los soviéticos? Aun hoy se discuten los motivos del norteamericano. Algunos afirman que Fischer tenía pánico a perder el campeonato contra Spassky, de ahi su extraña conducta para que los rusos abandonaran. Otros creen que todo era un plan para acabar con los nervios del campeón en una nueva forma de guerra psicológica. Otros sencillamente creen que el norteamericano no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
El caballeroso Spassky no dio muestras de ira o exasperación. Tras ser derrotado por Fischer en una partida llegó a aplaudirle por el juego tan hermoso que había desarrollado. Sin embargo en el equipo soviético se sospechaba que los norteamericanos estaban usando algún tipo de arma secreta contra Spassky, pues tras cinco partidas Fischer había logrado remontar y lograr un empate. El campeón se notaba inexplicablemente incómodo durante las partidas. Ambas delegaciones inspeccionaron la sala milímetro a milímetro sin encontrar nada. La única arma secreta era el talento de Fischer y sus idas y venidas por la sala, tocando aquello o lo otro, paseándose de un lado a otro, alzándose y sentándose de su asiento. Parecía buscar deliberadamente el romper la concentración de su oponente.
En la partida veinte Fischer necesitaba un punto en cuatro partidas para hacerse con la victoria. Durante la número 21 se acordó un descanso durante el cual Spassky se rindió. El dominio soviético había sido roto. Un norteamericano era campeón del mundo de ajedrez por primera vez desde el siglo XIX. La victoria no rompió la cordial amistad entre Spassky y Fischer. En la cena de honor ambos sacaron unas fichas y se pusieron a discutir una de las partidas. A su regreso Spassky fue culpado de la derrota. Los mandamases de la URSS le dejaron de lado y apostaron por un nuevo caballo, Anatoly Karpov.

Fischer regresó a los Estados Unidos como un héroe. Apareció en la portada de las revistas más prestigiosas. Se entrevistó con líderes políticos, recibió premios y medallas, acudió a programas de televisión. Le llovieron ofertas publicitarias que rechazó, pues afirmaba no poder publicitar productos que no usaba. El ajedrez alcanzó increíbles cotas de popularidad por todo el mundo, creciendo enormemente los jugadores registrados en los Estados Unidos. El ajedrez era el juego de moda.
Tras pasar tres años sin apenas competir, en 1975 el norteamericano debía revalidar su título ante Karpov, quien había eliminado a Spassky en las eliminatorias previas. Fischer propuso a la FIDE un nuevo formato para la final. No se contarían los empates, ni habría límite de partidas. El primero en ganar diez partidas sería el campeón. Si se llegaba a un empate de 9-9 el premio se dividiría y Fischer retendría el título. La federación aceptó las diez victorias, pero estableció un límite de partidas y rechazó la propuesta del empate. El nuevo campeón respondió que sus propuestas no eran negociables. Un nuevo congreso de la federación tuvo lugar para reconsiderar las propuestas. Todas se aprobaron, salvo la del empate, obviamente injusta. Fischer no dio respuesta alguna. Karpov fue proclamado nuevo campeón del mundo. Fischer perdió su corona mientras Spassky tenía que exiliarse de la Unión Soviética.

Tras perder su título Fischer fue apartándose de la vida pública cada vez más. Apenas jugaba alguna partida profesional. En 1977 se enfrentó a un ordenador en la Universidad de Cambridge, ganando todas las partidas. Poco después desapareció. Nadie sabía nada de él. Poco a poco se desató una especie de paranoia donde surgían noticias de avistamientos de Fischer en tal ciudad o país. Se contaba que el antiguo campeón era ahora un vagabundo que de vez en cuando jugaba alguna partida por los parques. En 1981 saltaba la noticia de que había sido detenido en Pasadena por su parecido con un sospechoso ladrón de bancos. Fischer había sido herido durante la detención. Con unas pobladas barbas no era fácilmente reconocible. Finalmente fue liberado, pero el ajedrecista hizo declaraciones hablando de complots y persecuciones por parte del gobierno. Durante largos períodos de tiempo el ex-campeón se refugiaba en casa del gran maestro canadiense Biyiasas, amigo de Fischer. Juntos jugaban algunas partidas de vez en cuando. Biyiasas afirma que nunca pudo ganarle.

El fantama de Fischer continuó vivo durante aquellos años. Nada se sabía de él hasta que de vez en cuando surgía alguna entrevista de radio o algún artículo en un períodico donde el ajedrecista desproticaba contra el mundo. Ya desde principios de los 60 Fischer había afirmado que había demasiados judíos en el mundo del ajedrez, o había atacado a los soviéticos. Sus demonios personales fueron en aumento desde entonces, y en los 80 se convirtió en un acérrimo crítico del gobierno estadounidense. En 1984 escribió una carta a una importante institución hebrea, negando ser judío y lanzando toda suerte de ataques contra el pueblo de Israel.
Por fin, en 1992, una noticia relacionaba en muchos años a Fischer con el ajedrez. Se iba a celebrar cerca de Belgrado una revancha de "la partida del siglo" contra Spassky. Debido a la guerra interna los Estados Unidos y las Naciones Unidas habían declarado un embargo al país. Aun así Fischer acudió a la cita (en la que exigió ser presentado como el campeón del mundo) dispuesto a embolsarse el premio de varios millones de dólares. Fischer ganó. Como bien le había advertido el gobierno estadounidense en un aviso oficial, participar en ese torneo y coger el dinero contituiría un acto ilegal en contra del mandato presidencial. Las imágenes de Fischer escupiendo sobre aviso dieron la vuelta al mundo. Tras finalizar el torneo el gobierno norteamericano emitió una orden de arresto para el ajedrecista. Sus bienes fueron confiscados. Fischer se convirtió en un fugitivo.


Bobby en sus últimos años

En los años siguientes vivió en Hungría y en las Filipinas, donde tuvo un hijo. Sus declaraciones cada vez eran más paranoicas y desmedidas. Habló de conspiraciones internacionales de judíos y de la persecución del gobierno norteamericano, controlado, de nuevo, por judíos. Calificó el Holocausto de montaje. Tras los ataques terroristas Fischer asombró al mundo con unas declaraciones en las que decía alegrarse de los atentados y en los que afirmaba que los "Estados Unidos deberían ser borrados del mapa". Fue borrado como miembro de la Federación de Ajedrez de los Estados Unidos por voto unánime. Por entonces el ajedrecista se mudó a Japón. Allí fue detenido en un aeropuerto por usar un pasaporte norteamericano que había sido revocado. No sin ayuda Fischer logró evitar la extradición a los Estados Unidos, pero hubo de renunciar a la nacionalidad estadounidense. En 2005 Islandia le concedió la ciudadanía para que Fischer pudiera salir de Japón. Allí el otrora genio del ajedrez acabó sus días, despreciado por muchos, conmiserado por otros, como refugiado político.
Aunque transtornado, el ajedrecista demostró su genio hasta el final. En diciembre de 2006 saltaba la noticia: Fischer había llamado a un programa de televisión islandés que acababa de retransmitir una partida de ajedrez para hacer notar una gran combinación de jugadas que habían llevado al ganador a la victoria. Ni los presentadores ni los comentaristas parecían haberla percibido.
Bobby Fischer fallecía de un fallo renal el 17 de enero de 2008.