martes, enero 18, 2011

Occidente: una historia alternativa (1769-1996)

En el libro Historia virtual: ¿Qué hubiera pasado si...?, coordinado por Niall Fergusson, se ofrecen diferentes e interesantes contrafactuales de la historia reciente del mundo, especialmente en el siglo XX. Para cerrar su interesante libro, Fergusson, con la presumible ayuda de sus colaboradores, crea una fascinante, y divertida, historia alternativa de Occidente. He aquí un resumen de los hechos:

En el siglo XVIII una Inglaterra regida por los Estuardo derogaba unos impopulares impuestos que habían provocado fricciones con las colonias norteamericanas. A raíz del choque la Corona decide otorgar cierto margen de independencia a las colonias, tal como hará con Escocia o Canadá. Sin embargo, los contrarios a permanecer por más tiempo bajo dominio inglés deciden tomar las armas. Liderados por George Washington, los rebeldes sufren varias y severas derrotas, con lo que quedaba cortada de raíz la sedición en las colonias norteamericanas. Mientras, en Europa, acertadas reformas económicas en Inglaterra y Francia facilitaban la continuidad de las respectivas monarquías de cada país.

A mediados del siglo XIX el profeta judío Karl Marx causa un gran revuelo en Centroeuropa anunciando un Apocalipsis cercano. Congregará un número importante de seguidores, pero las autoridades pronto se desharán de él encerrándolo en la cárcel a cadena perpetua. Sin embargo otros iluminados retomarán su doctrina, entre ellos el más famoso será el sacerdote ruso Vladimir Ulianov.

Temiendo estos brotes religiosos y posibles motines por las eventuales crisis de subsistencia, los Estados europeos tratan de atar más fuerte a sus súbditos mejorando su fuerza policial y centralizando su burocracia. Esta tendencia dará como resultado fuertes oposiciones políticas en los parlamentos europeos, llevando a una división entre centralistas y federalistas. Esta división tendrá su máximo ejemplo en las colonias británicas en Norteamérica, donde los centralistas desean la abolición de la esclavitud, mientras los distintos Estados coloniales esclavistas desean preservar sus derechos federales. La Guerra Civil en las colonias será inevitable.

Liderados por el general Lee, los federalistas del Sur lograrán una decisiva victoria en Gettysburg. Presionados por los ministros británicos Lord Palmerstone y William Gladstone, el Norte se aviene a un compromiso: los esclavos serán liberados pero sin derechos políticos. Como contrapartida, el poder de la figura del Virrey, encarnado entonces por Abraham Lincoln, se verá notablemente reducido. Firmado el acuerdo en 1865, el tratado ponía fin a la guerra, pero Norte y Sur no dejarían de distanciarse cada vez más.

Mientras, en Europa, países como Italia o Prusia se veían constreñidos entre las grandes monarquías europeas, con una población en constante crecimiento a la que no podían dar salida, mientras que Francia o Inglaterra trataban de equilibrar sus balanzas demográficas con la inmigración. Sin poseer colonia alguna, Prusia pronto comenzó a buscar una salida a su situación. Para ello dejó a un lado su ancestral rivalidad con Austria, a la que buscó como aliada. Se reformaba así el Sacro Imperio Romano, modernizado en un moderno Estado federal bajo la égida de Francisco José, quien accedía al trono imperial tras largos debates y la final, y necesaria, aquiescencia de Guillermo I, quien desoyó la furibunda oposición del austrófobo Von Bismark.

En la segunda mitad del siglo XIX Gran Bretaña se encargó de poner coto a la creciente influencia rusa en Europa, impidiendo que la Rusia de los zares se hiciera con las posesiones balcánicas del cada vez más débil Imperio Otomano. Tras las guerras de Crimea (1854-5) y Bulgaria (1878-9) Rusia quedaba momentáneamente fuera de juego en el continente europeo. El renacido Sacro Imperio también comenzaba a acotar sus márgenes de influencia, permitiendo que los reinos de Piamonte y Serbia se hicieran con Italia y los Balcanes, quedando así bajo control indirecto del Imperio.

En Francia todos estos movimientos se observaron con preocupación. Su influencia en el juego europeo era cada vez menor, mientras el poder del Sacro Imperio crecía. Hubo voces que clamaron por un pacto con Gran Bretaña, pero la gran potencia colonial no parecía inclinada a semejante acuerdo. Por tanto, a la Monarquía francesa no le quedó otro remedio que acudir a la Rusia de los zares. Esta nueva alianza puso en guardia al Sacro Imperio, que temía una acción envolvente desde Oriente y Occidente. Pero por suerte los gobernantes austro-prusianos nada tenían que temer de Gran Bretaña. La superioridad naval británica era incontestable, y las pocas colonias que el Sacro Imperio había logrado formar no suponían una amenaza para el Imperio colonial británico, más preocupado por la creciente expansión de Rusia en el Lejano Oriente.

En agosto de 1914 un atentado frustrado contra el Archiduque Francisco Fernando fue la excusa que hizo estallar una nueva guerra europea. El Sacro Imperio finalmente movilizaba a sus fuerzas contra Francia y Rusia, mientras en Gran Bretaña los aislacionistas, liderados por Lloyd George, lograban mantener a Inglaterra fuera del conflicto. La decisión llevó a una inmediata dimisión del Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill.

Mientras en Londres las distintas facciones seguían luchando en la palestra política, los germanos lograban importantes victorias en el frente del Marne. Para cuando el rey británico conminó a un gobierno de coalición en el que participaran Edward Grey y Churchill (dos de los partidarios de la intervención más destacados), la posibilidad de una intervención en la Guerra se había perdido, debido a los espectaculares avances de las tropas del Sacro Imperio. Como declararía Churchill, haber llevado entonces una fuerza expedicionaria al continente habría sido "demasiado poco, demasiado tarde". En 1915 la victoria de los austro-prusianos era un hecho.

Con el final de la guerra los tratados de Versalles y Brest-Litovsk favorecieron los intereses del Sacro Imperio. Se impusieron graves y cuantiosas reparaciones a Francia y Rusia, al tiempo que se creaba la Unión Aduanera Centroeuropea, que incluía a Francia, Holanda, el Piamonte, Suecia y el poderoso imperio alemán. Muy pronto las potencias extranjeras comenzaron a referirse a la zona de libre comercio como "Unión Europea".

La derrota en la Gran Guerra Europea tuvo graves consecuencias internas para Francia y Rusia. Mientras la dinastía de los Borbones se tambaleaba, en Rusia el zar Nicolás II se veía obligado a abdicar en su hemofílico hijo, Alexei. La posguerra vio nacer, en el Sacro Imperio, a un nuevo y pujante partido, el ZPD (Zentralisierungspartei Deutschlands).

Aquellos que habían pronosticado una larga guerra y graves consecuencias económicas vieron derrumbarse sus predicciones cuando en 1916 la paz retornaba a Europa, siguiendo un gran periodo de estabilidad económica. En 1913 se había reformado el sistema monetario estadounidense, y para controlar a los pujantes mercados financieros que tenían su base en la Bolsa de Nueva York, la banca de las colonias quedó bajo control del Banco de Inglaterra. Así, en 1920 era nombrado nuevo gobernador del banco el joven economista John Maynard Keynes. Su política económica se reveló muy eficaz, aplicando unas medidas contracíclicas a finales de los años 20 que, en opinión de muchos expertos de la época, salvaron al mundo de una grave crisis económica.

Estas políticas favorecieron a países como España, que tras haber perdido sus colonias y haberse negado a entrar en la nueva Unión Europea, conoció en los años 20 un importante crecimiento económico, facilitado por nuevas y modernas políticas tras la instauración, en 1923, de un sistema republicano.

Mientras, en el Sacro Imperio un nuevo germen político crecía a la sombra de un sistema parlamentario que desde el fin de la guerra había facilitado la pujanza de pequeños partidos entre los que destacaba el extremista Partido Nórdico Centralista Germano Ario (NZDAP), liderado por el demagogo austriaco Adolf Hitler. Su programa propugnaba nuevas políticas raciales, directrices neopaganas y apelaba a católicos y protestantes a dejar de lado sus diferencias en favor de una nueva Alemania.

El poder de convicción de Hitler le llevó lejos, y en 1933 era elegido nuevo Canciller, a pesar de que el nuevo emperador Carlos desconfiaba de aquel austriaco radical. Los movimientos en Europa no parecieron interesar demasiado a la América del Norte, dirigida por el Primer Ministro Herbert Hoover, ni en la del Sur, donde había sido nombrado Ministro Huey Long. Como afirmó tristemente Franklin Roosevelt, el derrotado candidato oponente de Hoover, los americanos sólo parecían preocuparse por su boyante situación económica y por la cerveza.

Mientras, Hitler no perdía el tiempo, transformando el agotado Sacro Imperio de un Estado federal a un Estado cada vez más centralizado. El austriaco no tardó en dar rienda suelta a sus ansias expansionistas, previo paso, en 1938, de la unión de todos los estados federales del Imperio en uno solo. El Primer Ministro británico Clement Attlee, creyendo poder contentar así al Canciller, dio su aprobación a la fusión, mientras Bohemia y Moravia perdían sus viejos derechos, y las tropas austriacas entraban en Berlín aclamadas por el pueblo alemán. Pero Hitler no se detuvo ahí, y entre 1939 y 1940 incorporó a su nuevo Reich a Francia, Italia y Polonia.

El exitoso ataque sorpresa a Gran Bretaña de la poderosa Luftwaffe, y una bien coordinada invasión, pusieron al gobierno británico de rodillas. Con un rápido y efectivo movimiento, Hitler había acabado con su rival europeo más peligroso. El plan secreto de levantar una poderosa flota había surtido efecto, y la vieja flota británica no había sido rival para los modernos barcos germanos. Mientras Churchill y Anthony Eden erigían un "gobierno libre" en las antiguas colonias norteamericanas, el nuevo gobernador de Gran Bretaña, von Brauchitsch, tomaba posesión de su cargo, mientras restituía en el trono al germanófilo Eduardo VIII. Bajo la égida alemana el veterano Lloyd George se avenía a formar un gobierno que colaborara con los alemanes.

Con la patente debilidad de Gran Bretaña, en el Lejano Oriente Japón decidía terminar con la permanente amenaza colonial inglesa invadiendo Singapur, Malasia, Birmania y la India. Con gran sagacidad los militares nipones decidieron no provocar a los poderosos Estados Unidos de la Commonwealth, con lo que el estratégico puerto de Pearl Harbor fue respetado. Ante la pasividad norteamericana, Churchill dejó que se oyeran sus proféticas palabras, avisando de que muy pronto un "Telón de bambú" se levantaría por todo el Pacífico.

Con la campaña occidental terminada, Hitler puso sus miras en el Oeste. Le parecía evidente, tanto a él como a su plana mayor, que para contrarrestar el poder británico en Norteamérica debía vencer primer a la tambaleante Rusia zarista. Desde la guerra de 1914, muchos territorios, alentados por Alemania, exigían cada vez más independencia al gobierno de Moscú. La respuesta del zar no se había hecho esperar, aumentando el grado de represión, lo que llevó a la ejecución en 1917 del celote Ulianov, acusado de ser un agente alemán.

El delicado estado interno estado de Rusia auguraba una fácil victoria alemana. Así, en 1941 Hitler lanzaba la Operación Barbarroja. Las suposiciones de teórico Alfred Rosenberg se cumplieron, y muchos pueblos (como por ejemplo Ucrania o Bielorrusia) se levantaron contra la Rusia zarista, abrazando la invasión alemana como una liberación. La benigna política germana para con esos pueblos, siguiendo el programa de Rosenberg, dio como resultado una importante ventaja inicial para Alemania. Hitler, aunque no era un entusiasta de esa política, no pudo sino asentir ante los buenos resultados, mientras Heinrich Himmler estallaba de furia. Sin embargo Himmler tuvo su compensación: Hitler ordenó seguir adelante con las políticas raciales que debían solucionar para siempre el "problema judío".

Para acabar con la guerra Hitler confiaba en una nueva y poderosa arma secreta: la bomba atómica. Pero esa preciada arma todavía estaba en desarrollo. Y, desde luego, nadie habría podido sospechar que el 20 de julio de 1944 una bomba, colocada por el líder de la resistencia, el oficial Von Stauffenberg, acabaría con la vida del Führer. El golpe de Estado de Stauffenberg contó con la fiera oposición de las SS y de parte del Ejército, pero un pueblo hastiado de la guerra no prestó su apoyo a las fuerzas de Himmler, y el nuevo gobierno de Stauffenberg salió triunfante.

Ese mismo año otra víctima política de la guerra caía de su pedestal: el zar Alexei era derrocado por Iósif Vissarionóvich Yugachvili, un pope ruso que en medio de una ola de fanatismo religioso logró dar un golpe de Estado y autoproclamarse patriarca y líder de todas las Rusias. Bajo la dirección de Yugachvili, el fervor religioso dio nuevo ímpetu a las tropas rusas, que lograron lanzar efectivos contraataques que hicieron retroceder al ejército alemán. La situación en el frente oriental se tornó tan crítica, con las tropas germanas luchando por conservar Bielorrusia y Polonia, que en 1950 Alemania decidía usar su poderosa arma atómica: en un instante, Volgogrado era borrada del mapa. Sin embargo la ominosa demostración no surtió efecto, y el Patriarca Yugachvili apeló a llorar a los mártires y a seguir combatiendo por ellos.

Yugachvili había comprendido el alto coste y la dificultad técnica que entrañaba desarrollar esas bombas, y como había supuesto, Alemania sólo contaba con dos bombas que poder usar contra Rusia. Por tanto aquella nueva arma se demostró impotente ante la efectividad de las grandes masas de tropas, como quedó patente a finales de 1950, cuando las tropas rusas cruzaron el Oder, invadiendo el corazón del Sacro Imperio.

La victoria rusa probó a muchos fervorosos religiosos el poder de la fe, y así, hubieron consecuencias políticas. Por ejemplo, en Sudamérica, regímenes autoritarios como el de Perón en Argentina, y en otros países del continente, fueron derrocados y reemplazados por líderes religiosos que seguían los preceptos del Patriarca Yugachvili.

En 1945 Yugachvili había conseguido finalmente arrastrar a Churchill y al nuevo Primer Ministro Roosevelt a abrir un segundo frente en Europa. Los objetivos fueron Escocia e Irlanda, desde donde las tropas anglo-norteamericanas pudieron lanzar un efecto asalto a Gran Bretaña, que quedó libre de la ocupación alemana. Los cautelosos aliados sabían que en las costas francesas el coste de vidas sería mucho mayor, por lo que aguardaron una mejor ocasión. Sin embargo los éxitos rusos hicieron inaplazable la invasión.


El Pope Yugachvili

En 1951 las tropas aliadas intentaban un desembarco en Normandía. El fracaso de aquel Día-D selló la victoria rusa. Alemania, incapaz de hacer una resistencia prolongada en dos frentes, conseguía rechazar a los anglo-norteamericanos, pero se mostró incapaz de repeler el avance ruso, que en 1952 tomaba Viena, la capital del Sacro Imperio.

Ni Churchill ni Roosevelt pudieron impedir que Yugachvili redispusiera a su antojo unas nuevas "áreas de influencia", enseñoreándose del centro de Europa, y dejando Francia a sus aliados, no sin antes dividir París en una zona occidental y otra orienta, ésta bajo control ruso. Tras su triunfal regreso a Moscú, Yugachvili se autonombró Zar Iósif I.

Incapaz ante la realidad de las circunstancias, Churchill dirigió su mirada, y la de los sucesores del malogrado Roosevelt, hacia el Pacífico. Los Estados Unidos decidieron apoyar las rebeliones de figuras mesiánicas como Mao Zedong, mientras en Corea se enviaron fuerzas expedicionarias para combatir a los japoneses. En 1960 la llegada al poder de un nuevo lider norteamericano, John F. Kennedy, dio un nuevo empuje a la lucha contra los japoneses.

Sin embargo Kennedy se apuntó su primer éxito en Cuba, donde tras una exitosa invasión expulsó de la isla a los revolucionarios germanófilos que se habían hecho con el poder años atrás. La política exterior de Kennedy se centró después en Vietnam, donde decidió apoyar al rebelde Ho Chi Minh contra el gobierno de Vietnam del Sur de Ngo Dinh Diem, títere de los japoneses. Al no tener que hacer frente a las revuelvas y problemas raciales que su homólogo del Sur, Lyndon Johnson, tenía que afrontar, Kennedy pudo centrarse en llevar a cabo una exitosa campaña en Vietnam, pudiendo además respirar tranquilo tras sobrevivir a un atentado en 1963.

Sin embargo, Vietnam pronto demostró ser un callejón sin salida. La popularidad de Kennedy bajó en picado. En 1967 el camino a las elecciones estaba claramente allanado para su contrincante, Richard Nixon. El escándalo de las escuchas al partido rival que había ordenado Bobby Kennedy finiquitó la carrera de Kennedy, quien lastimaremante afirmó ante las cámaras, en un debate electoral: "si hubiera muerto de un tiro en 1963, hoy sería un santo". El nuevo líder de los Estados Unidos del Norte, Nixon, cumplió su promesa de acabar con la guerra en Vietnam a cualquier precio.

En los años siguientes Occidente siguió tratando de contrarrestrar el poder ruso mientras trataba de no ahogarse en la larga guerra con Japón. Tras la muerte del Zar Leónidas, su hijo, Yuri, llegaba al trono ruso en 1982. Muchas voces dentro de Rusia y su esfera de influencia esperaban que la renqueante economía en Occidente frenara finalmente su carrera armamentística con Rusia. Pero Occidente seguía adelante, haciendo frente al Imperio zarista. Mientras, dentro de la Patria de los zares, reformistas como Mijail Gorbachov pedían cambios económicos y políticos, aunque muchos historiadores y economistas actuales creen que esas reformas habrían llevado al colapso de Rusia. Mientras la década de 1980 se apagaba, la mayor parte de analistas políticos, economistas e historiadores auguraban aún una larga vida al poderoso, y todavía temible, Occidente.

Por eso el mundo asistió con asombro al desmoronamiento de Occidente en los primeros años 90. Con el tiempo, dentro de Rusia se juzgaron como acertadas las medidas militares que aplastaron las protestas en Leipzig, en 1989, desoyendo voces como las de Gorbachov, que defendían una mayor tolerancia y elecciones libres en Alemania, Francia y otros países de la esfera rusa.

Ahora parecía claro que se había obrado acertadamente, mientras Occidente finalmente se derrumbaba acuciado por una crisis económica galopante, derrotas militares en las Malvinas (que provocaron la caída del gobierno Thatcher) y en Kuwait. En medio de aquel caos los Estados Unidos decidieron finalmente declararse independientes de Gran Bretaña. Mientras, el reino de los Estuardo desaparecía bajo sus pies, cuando Irlanda, Escocia y Gales seguían los pasos de Norteamérica.

En Moscú, por el contrario, la caída de Occidente simplemente pareció confirmar la validez de la teoría determinista de la historia tan querida del zar Iósif y de sus herederos.

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Y la moraleja es que, a diferencia de lo que solemos leer y escuchar, la Guerra Fría no tenía por qué haber acabado, obligatoriamente, con la derrota del comunismo. Quién sabe, quizás unos pocos cambios insignificantes aquí y allá, una decisión en vez de aquella otra... y hoy, tal vez, todos hablaríamos ruso.

miércoles, septiembre 15, 2010

El siglo XX en imágenes (I)

Victoriano Huerta, dictador de México entre 1913 y 1914.

sábado, agosto 15, 2009

Ashoka, el guerrero budista

En la actual bandera de la India se puede contemplar, aparte de sus franjas horizontales de color naranja, blanco y verde, un círculo en la franja blanca central, una especia de rueda con veinticuatro ejes de color azul. Es el conocido como chakra de Ashoka, una de las grandes figuras de la historia del milenario país.
Negrita
Ashoka o Aśoka, llamado "el Grande", nacía el año 304 antes de Cristo en la moderna Patna, capital del Imperio de los Maurya, una dinastía surgida del confuso período que siguió a la muerto de Alejandro Magno. Fue el abuelo de Ashoka, Chandragupta, quien erigió el futuro imperio familiar.

Ashoka nacía pues en el seno de la familia más poderosa de la India, especialmente tras las conquistas llevadas a cabo por su padre, Bindusara. La madre de Ashoka era la reina Dharma, aunque acorde a las costumbres de los reyes de la época cuando llegó a este mundo muchos hermanos y algunas hermanas ya vivían en palacio, fruto de los amores de Bindusara con sus concubinas.

Así pues, Ashoka creció sano, fuerte y orgulloso en la familia imperial, donde nada le faltó, y donde fue educado, como cualquier príncipe, en las artes de la política y la guerra, y en los secretos de los Vedas. Dicen que siendo adolescente ya denotaba una fuerte personalidad, que gustaba de practicar la caza, y que podía ser muy fiero y cruel. Muy pronto tuvo bajo su responsabilidad el mando de varios regimientos militares.

El principal heredero al trono, el hermano mayor de Ashoka, el príncipe Susima, pronto vio en el talentoso Ashoka a un peligro rival para la sucesión. Susima convenció al emperador para que mandara a Ashoka a sofocar una rebelión en el Norte de la India, esperando que dada la juventud e inexperiencia del joven príncipe pereciera junto a sus tropas, quedándole el camino libre para el trono imperial. Pero Ashoka hizo gala de sus dotes de estratega y no sólo no murió en el combate sino que regresó triunfante y con una popularidad entre sus súbditos aun mayor si cabe. Una vez más, Susima y otros hermanos intrigaron contra Ashoka, persuadiendo al emperador de que enviara a Ashoka al exilio.

Tras dos años de exilio Ashoka fue enviado por el emperador a la ciudad de Ujjain, donde había estallado otra revuelta. Ashoka marchó de nuevo y logró otra vez sus objetivos. Además, conoció y se enamoró de una joven pebleya, con quien contrajo matrimonio. Su mujer no sólo no era noble sino que además era budista, lo que provocó la ira del emperador Bindusara, quien recluyó a Ashoka en Ujjain nombrándole gobernador de la ciudad.

Fue poco después cuando tuvo lugar uno de esos hechos donde confluyen historia y leyenda, y donde es difícil discernir una de la otra. Lo cierto es que aproximadamente un año después la mujer de Ashoka quedó en cinta. Más o menos por aquellos días el emperador Bindusara cerraba sus ojos para siempre. Susima movió sus fichas rápido, y para evitar cualquier oportunidad de que Ashoka, apoyado por su inminente descendencia, reclamara el trono, envió a un asesino a Ujjain para que acabara con el pequeño. Finalmente hubo una víctima equivocada, pero según los viejos relatos indios un iracundo Ashoka atacó Pataliputra, la tomó por la fuerza y acabó con todos sus hermanos. Fuera o no así, lo cierto es que Ashoka fue finalmente el nuevo emperador Maurya.

Como muchos jóvenes reyes, y siguiendo la estela de su abuelo y su padre, Ashoka se mostró sediento de nuevas conquistas y victorias. Continuó guerreando con estados vecinos, ampliando el cada vez más grande territorio del Imperio Maurya. Hasta que llegó la guerra de Kalinga.

Kalinga era una república feudal costera que se tradicionalmente se había interpuesto en los planes de expansión de los Maurya. El abuelo de Ashoka había tratado infructuosamente de anexionarla, era un poderoso estado. Sin embargo, el nuevo emperador tendría más éxito, tras librar la que muchos consideran una de las guerras más sangrientas de la historia.

Efectivamente, Ashoka tuvo éxito en su misión, pero en su búsqueda de gloria más de cien mil vidas fueron destruidas ante los propios ojos del emperador, quien al parecer no pudo abstraerse de la terrible matanza que tuvo lugar en su nombre. Se cuenta que un río cercano se tiñó de rojo, tal fue la cantidad de sangre derramada. El rey más poderoso de la India del siglo III a.C. comprendió que él era el único culpable de aquella matanza. Fue por su mano y guía que tantas vidas habían sido derramadas en pos de una gloria fútil.

Del periodo de introspección que siguió a la batalla de Kalinga resurgió un nuevo emperador, más pío y terrenal, que había abrazado las enseñanzas del budismo, dando paso a una nueva y revolucionaria política que quedó condensada en los conocidos como "Edictos de Ashoka", una serie de leyes que quedaron labradas en lo que probablemente fueron decenas de columnas por toda la India.

Siguiendo y buscando el concepto del 'dharma', una verdad universal, los nuevos edictos establecían conductas morales, sociales y religiosas para todos los súbditos de Ashoka, buscando el bien común y la felicidad de los mortales. Desde la ayuda al prójimo, el respeto a los animales, las ventajas del budismo hasta la perfecta armonía natural mediante caminos rodeados de árboles Ashoka trató de enmendar su pasado manchado de sangre mediante la propagación de aquellas nuevas ideas del budismo, la meditación y una línea religiosa y pacifista que pudiera unificar a su imperio y sus gentes de una forma más fuerte y justa que mediante la espada.

Si Ashoka logró realmente deshacerse de sus ideas y actitudes pasadas, esa es una cuestión de estudio para historiadores y especialistas. Pero el testimonio que nos han dejado sus columnas son el de un emperador guerrero que vio conmovida su alma por un horror del que había sido responsable, logrando cambiar su actitud para tratar de ayudar a sus súbditos y compañeros mortales.
Ashoka fallecía el 232 a.C. y el imperio Maurya no logró sobrevivir mucho tras su muerte. Pero fueron sus ideas y su filosofía las que le hicieron inmortal, como demuestra ese pequeño símbolo en la bandera nacional de la India moderna.

domingo, mayo 03, 2009

Roma: La época de los reyes (759 - 509 a.C.)

Situaba Tácito los límites de la Roma arcaica (alrededor del siglo VI a.C.) entre cuatro puntos: el altar del dios Consus, el Ara Maxima de Hércules, situada frente al Circo Máximo, las antiguas Curias y el santuario de los Lares. La primeriza Roma palatina del rey Rómulo comenzó a expandirse durante el reinado del mismo, según las leyendas, con la ocupación de Veyes, una población etrusca cercana de gran valor estratégico y económico, especialmente por las salinas de la desembocadura del río Tíber. Dada su importancia, Veyes no caería en manos romanas fácilmente, y durante largo tiempo Roma y Etruria se enfrentarían por su posesión.

La vieja Roma situada en el Palatino nació como una monarquía bajo el reinado de Rómulo. Las crónicas romanas hablaban de siete reyes míticos (Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco marcio, Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio), cuya existencia, si no refutada directamente, es cuestionada por la mayoría de historiadores. Los antiguos romanos atribuían ciertos hechos y mejoras en Roma a cada rey, como si cada uno hubiera aportado su grano de arena para conformar la Roma que conocerían los republicanos. La historia de los siete reyes romanos resulta hoy tan artificial que los historiadores no pueden sino considerar tal lista de monarcas como una leyenda consensuada para explicar los hechos y acciones qu conformaron la nueva Roma. Probablemente hubo muchos más reyes, y algunos de ellos bien pudieron tener esos nombres. Pero salvo las certezas que puedan ser arrancadas a la tierra mediante la arqueología, la verdad tras la lista canónica de los reyes romanos ha quedado sepultada por el tiempo.

A la muerte de Rómulo, supuestamente acaecida en el 717 antes de Cristo, Numa Pompilio, hijo de un tal Pomponio, y casado con la hija del rey de los sabinos, Tito Tacio. Para entonces el legado de Rómulo había dejado a Roma, según la leyenda, las primeras legiones, el Senado, nuevas expansiones territoriales y una expansión demográfica que el mito atribuyó al famoso rapto de las Sabinas, el secuestro de un gran número de mujeres sabinas para ser convertidas en esposas de los romanos.
La Roma de Numa Pompilio debía comprender ya no sólo la colina del Capitolino sino quizás ya algún asentamiento en las colinas de otras tribus como el Quirinal (llamada así por Quirino, la deificación de Rómulo), el Esquilino, el Capitolino y la colina de Celio. Al reinado legendario de Numa se atribuyen hechos como el descenso desde los cielos de un escudo otorgado por Júpiter en el cual estaba grabado el futuro de la ciudad de Roma, y del cual el rey mandó hacer varias copias, las ancilia. Se atribuye a Numa el regulamiento del calendario solar y lunar y el establecimiento de los pontífices romanos y las Vestales, la creación de los diversos gremios romanos y la división de los clanes en los pequeños núcleos de los pagi.


Numa Pompilio

A la muerte de Pompilio en el 673 a.C. le seguiría Tulio Hostilio, elegido por el Senado por su rancio abolengo que apuntaba a un compañero del mismo Rómulo. A Tulio Hostilio se le atribuye el sometimiento definitivo de Alba Longa, y su reinado se considera por lo general un período mucho más belicoso que el del más tranquilo Numa Pompilio. Quizás el legado más grande de Tulio al pueblo romano fuera la construcción de la Curia Hostilia, sede permanente, aunque reconstruida y remodelada varias veces, del Senado romano hasta el siglo I antes de Cristo.

En el 642 accede al trono Anco Marcio, un rey más pacífico que Tulio Hostilio, y cuyo principal legado será el mejoramiento y expansión de la ciudad de Roma. Bajo su reinado parece conformarse entorno a las salinas de Veyes una primitiva Ostia, y se accede al control de otra salina en el Aventino. Se construye el primer puente de Roma, hecho de madera, el pons Sublicius. También se toma el pueblo latino de Politoro, siguiendo una política defensiva de Roma contra las tribus latinas hostiles. Otros pueblos latinos como Telene y Ficana no tardarán en caer.

Al igual que muchos otros pueblos indoeuropeos, los primeros romanos parecieron organizarse en clanes o familias, las gens romanas, subdivididas a su vez en varias familias de padres, madres e hijos que compartían un apellido y se situaban bajo la autoridad de una figura paterna, siempre masculina, el pater familias, o padre de familia.
Las distintas gens romanas se organizaron políticamente en tribus subdivididas a su vez en diez curias. Cada curia constaba de cien hombres (las centurias), o al menos ésta era la cantidad de hombres que debían aportar al primitivo ejército romano. Las tribus entre las que se dividieron los primitivos romanos fueron tres: los Ramnes o primitivos romanos del palatino, los Tities, quizás producto de algún asentamiento sabino, y los Luceres. Dichas tribus irían creciendo hasta alcanzar el número de 35. Aquellas primitivas tribus formarían el patriciado romano primitivo.

A Anco Marcio le sucede Lucio Tarquinio Prisco en el 616. Se le atribuye un ancestro griego y un origen sabino. Bajo su reinado tiene lugar una ofensiva de los sabinos que lleva la guerra a la misma Roma, pero según los antiguos Tarquinio Prisco logrará defender la ciudad y derrotar a los sabinos.
La política subsiguiente de Tarquinio Prisco se centrará en la expansión del territorio romano mediante continuas guerras contra sus vecinos sabinos, estruscos y latinos. Se le atribuyen también la organización de ciertos festivales romanos y del primer desfile triunfal, así como la construcción del Circo Máximo y la Cloaca Maxima, que sirvió para desecar los pantanosos territorios bajos de Roma, sobre los que se construye el Foro. En dicha época se erigió también el templo de Júpiter y se establecen, al parecer, algunos de los símbolos reales y militares romanos. Tarquinio Prisco era asesinado tras una conjura de los hijos de Ancio Marcio. Le sucederá Servio Tulio.

Bajo el reinado de Servio Tulio se expanden las fronteras de Roma a costa del disputado territorio de Veyes y otras áreas etruscas. El Quirinal y el Esquilino pasan a formar definitivamente parte de Roma, así como la colina del Virinal. Elabora también un primer censo que aporta un saldo de ochenta mil cabezas de familia. Es probable que para entonces Roma contara ya con unas 20 tribus. También se debe a Servio Tulio la creación de la Asamblea Centuriada, nuevo órgano político que tomará las competencias políticas más importantes frente a los Comicios Curiados. Durante se levantó también la que fuera quizás la primera muralla de piedra de Roma, la muralla Servia.
Tulio, que había subido al poder en un momento de caos y sin la aprobación de los plebeyos, dedicó su reinado a favorecer a éstos a costa de los patricios. La creciente impopularidad de Servio Tulio entre estos últimos llevará al asesinato del rey en unc omplot orquestado por quien habría de ser el último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, hijo de Tarquinio Prisco.

Lucio Tarquinio accedía al trono el 535 antes de Cristo. Entre otros trabajos, completó la construcción del templo de Júpiter, el Capitolio. A su reinado se atribuye la leyenda de los proféticos libros sibilinos que fueron ofrecidos a Tarquinio por la sibila de Cumas. De los seis libros iniciales Tarquinio se quedó con tres, que albergaban distintas profecías sobre el futuro de Roma. Los libros sibilinos fueron guardados en el templo de Júpiter para ser consultados en tiempos de crisis.
El reinado de Tarquinio, según las leyendas romanas, se caracterizó sin embargo por el despotismo y la violencia. La gota que colmó la paciencia de Roma fue la violación de una patricia por parte del hijo de Tarquinio. La afrenta causó una revuelta popular liderada por un pariente de la vejada, Lucio Junio Bruto, que derribó el gobierno de Tarquinio y expulsó a la familia real de Roma. Aunque Tarquinio el Soberbio y sus hijos trataran de aliarse con ciudades extranjeras para retomar el trono, todos sus intentos fueron inútiles. Nacía así la República Romana.

El nacimiento de la República de Roma quedaba, así envuelto, y explicado a la vez, por la leyenda, como lo habían sido todos los hechos acaecidos desde la fundación de la ciudad. Aunque muchos cuentan con testimonios arqueológicos, no hay testigos documentales que puedan aclarar los motivos, causas o protagonistas de tales historias. Tan sólo se cuentan con las teorías aportadas por los historiadores.
Así, el fin de la monarquía romana, atribuido al despotismo de un rey y su familia, es enmarcado hoy en una corriente general de evolución política en diversas ciudades de Etruria y el Lacio, paralelas a las de las ciudades griegas, en que la monarquía comenzaba a ser abandonada por nuevos marcos políticos oligárquicos y protodemocráticos, producto quizás de nuevas realidades políticas y socioculturales.

Así pues, en Roma, se establecía a finales del siglo VI un nuevo régimen centrado entorno al otrora consejo de ancianos, el Senado, y con los poderes de la extinta (aunque quizás esta afirmación debiera ser matizada) figura del rey divididos entre varias magistraturas.

La Roma que dejaron los reyes era muy distinta del primitivo poblado de Rómulo. Su posición estratégica junto al Tíber, cercana al mar, y por cuyo territorio circulaba la Via Salaria, arteria principal del comercio de la sal, así como su expansión territorial y económica, habían hecho de la ciudad que había expulsado a su rey la primera potencia del Lacio y una potencia a tener en cuenta dentro de la Península Itálica. También se habían conformado en esos siglos muchas de las estructuras políticas y sociales que alcanzarían su apogeo en la nueva República de Roma.

sábado, abril 25, 2009

Roma: fundación, leyenda y la Italia Prerromana

Roma, la milenaria, Roma, cuna de sabios y poetas, de guerreros y comerciantes, de falsarios y revolucionarios, de tiranos, reyes, cónsules y emperadores, de justos y decentes, de avariciosos y déspotas, de genios y psicópatas. Roma, la ciudad eterna. Roma, la antigua, heredera de etruscos, cartagineses, y otros pueblos, y sobretodo, heredera de Grecia. Roma, una de las madres del mundo occidental.

En mayor o menor medida, encontramos el legado de Roma por todo el mundo. Desde la vieja Europa que contempló sus días de gloria, hasta la América colonizada por los hijos huérfanos del extinto imperio, hasta otros continentes donde los europeos, autoerigidos en los nuevos dueños del destino, llevaron sus valores, su tecnología, su ciencia, su literatura, y muchas otras cosas por todo el mundo. Aunque sea diluida en muchas gotas de agua, el néctar de la vieja Roma puede ser encontrado, de ser buscado, por los cinco continentes. Y el mayor monumento que nos dejaran los antiguos romanos tal vez fuera, o eso dicen muchos, el Derecho Romano, base de tantas y tantas legislaciones actuales.

Pero sobretodo, la esencia de la Antigua Roma sigue vigente en los países que baña el Mediterráneo, ese mar que un día los romanos reclamaron como suyo, y donde aquello que se ha dado en llamar "romanización" enraizó más profundamente, y donde múltiples lenguas herederas del Latín persisten como un legado tan palpable como puedan ser los viejos monumentos de piedra que los romanos erigieran un día en memoria y honor de sus dioses, sus cónsules y emperadores, sus victorias, y, en definitiva, todo aquello que hiciera enorgullecerse hace siglos a los ciudadanos romanos.
Es por todo esto, y por muchas otras razones, más personales, y que de momento no tienen cabida aquí, que en este pequeño, y seguramente imperfecto blog, ha llegado la hora de repasar, más o menos concienzudamente, la historia de la Antigua Roma.



El origen de Roma se pierde en la oscuridad de los tiempos. Los datos, más o menos precisos, se entremezclan con los relatos de los antiguos, donde realidad y mito se entremezclaban como el agua, forjando leyendas que atribuían a la fundación de la ciudad de Roma un origen semidivino.

Pues semidivino era Eneas, hijo del príncipe Anquises y la diosa Venus. Según los relatos de los antiguos romanos, principalmente la Eneida de Virgilio, Eneas escapó de la destrucción de la ciudad de Troya, a punto de ser asolada por los aqueos, junto a su padre, su esposa y su hijo, además de otros afectos a él, dirigiéndose a Macedonia, primero, y a Cartago después, donde, afirma la leyenda, la reina Dido se enamoró de él, provocando la ira del dios Hermes, quién obligó a Eneas a buscar un nuevo destino. Ése nuevo destino lo encontró en la costa del Lacio, en la península itálica.

No hay una única narración de lo que ocurrió a continuación. Pero el caso es que Eneas llegó a un pueblo llamado Palanteo, situado en una colina (el futuro Palatino), donde fue bien recibido por el rey de los latinos, Latino, y donde acabaría casándose con la hija de éste, Lavinia.

Dicen que Eneas tuvo una larga descendencia. Uno de sus hijos, Ascanio, fundó, según rezan las leyendas, la importante ciudad latina de Alba Longa. Pero de entre los descendientes de Eneas fueron los míticos Rómulo y Remo quienes forjaron la leyenda de la fundación de Roma.

Si en algún momento de la antigüedad fue Eneas quien fundó Roma, el tiempo hizo que el nacimiento de la misma se debiera a los hermanos Rómulo y Remo, hijos del dios Marte y una sacerdotisa de la corte del rey usurpador Amulio, monarca de Alba Longa. Para evitar el destino cruel que esperaba a sus gemelos en caso de que Amulio se enterara de lo sucedido, la sacerdotisa puso a sus hijos en una cesta en el río Tíber. Dicha cesta sería encontrada por la loba Luperca, que amamantó a los niños salvándolos de la muerte. Más tarde los pequeños serían encontrados por unos pastores, que a partir de entonces los cuidarían como suyos.
Rómulo y Remo crecieron y, llegado el día, regresaron a Alba Longa, donde dieron buena cuenta de Amulio y restituyeron al antiguo rey, Numitor, quien, agradecido, concedió a los hermanos ciertos territorios en el Lacio. Fue así como Rómulo trazó los límites de la futura Roma (el pomerium original) con un arado, jurando que mataría a quien lo violase. El primero en hacerlo fue su hermano Remo, tras una disputa por el nombre de la ciudad. Nacía así, con sangre derramada, la ciudad de Roma, un, según el relato del sabio romano Marco Terencio Varro, 21 de abril del año 753 antes de Cristo.

A lo largo de los siglos muchos estudiosos e historiadores han debatido sobre la veracidad de nombres y fechas, de hechos lugares. Algunos atrasaban la fecha dada por Varro, otros no aceptaban un acto fundacional hasta bien mediado el siglo VI a.C., aunque los trabajos arqueológicos de estudiosos como Andrea Carandini parecen confirmar que los primeros asentamientos en el área del Palatino podrían fijarse en una fecha no demasiado lejana a la mítica datación proporcionada por los antiguos romanos. Podríamos aventurarnos pues a dar como buena la fundación de Roma a mediados del siglo VIII a.C.

Y, ¿quiénes eran los vecinos de aquellos primitivos romanos que en su día siguieron a un rey cuyo nombre pudo haber sido Rómulo? Pues un conjunto de pueblos de distintos orígenes que solapándose unos a otros y fagocitando culturas anteriores milenarias podían haber poblado la península desde la Edad del Bronce, cuando distintos pueblos Indoeuropeos comenzaron a llegar a la península. En algún momento las lenguas y culturas itálicas comenzaron a converger, dotando de una cierta identidad cultural a los pueblos de la península.

Para cuando, según la leyenda, Rómulo trazó los límites de Roma con un arado, la civilización etrusca dominaba la parte central de Italia con una confederación de doce grandes ciudades, enseñoreándose de los territorios comprendidos entre el río Tíber y el río Arno. La pujante colonia fenicia de Cartago había establecido algunos núcleos poblacionales en el sudeste de la península, mientras que el sur de la misma había comenzando a ser colonizada por los griegos.

Roma y las tribus latinas adyacentes que pronto se adherirían a ella se encontraba rodeada por varios pueblos itálicos más o menos pujantes que comerciaban entre sí y que tenían contacto tanto con etruscos como con fenicios y griegos. Hacia el norte Roma estaba rodeada por Faliscos, Sabinos y Umbros, y los extensos territorios etruscos. Los Picenos habitaban las costas del Este. Al sur, los pujantes Volscos (quienes alcanzarían una destacable posición en el siglo V a.C.) cortaban el camino de la expansión romana. Más allá Auruncios, Samnitas y Oscos vigilaban los territorios más meridionales de los etruscos. En las costas del sur los griegos se habían asentado firmemente, así como en Sicilia. En Cerdeña las ciudades púnicas habían controlado los recursos mineros de la zona.

Podemos observar así que Roma, un pequeño asentamiento rodeado de otros en muchos casos mayores y más poderosos, tuvo contacto desde etapas muy tempranas tanto con etruscos como con fenicios y griegos, además de las restantes tribus itálicas. Las primitivas formas religiosas romanas debían mucho a los etruscos, quienes a su vez habían adoptado en parte algunas divinidades griegas, así como el alfabeto griego. Los primeros grandes núcleos urbanos de la península fueron etruscos. Los etruscos tenían también un pie puesto en la civilización fenicia de Cartago, con la que tenían diversos pactos políticos y comerciales.

En el sur, como ya se ha visto, los griegos dominaban las costas y el comercio de la zona. La población griega llegó a ser tan numerosa que muy pronto todas aquellas colonias griegas (Cumas, Mesina, Regio, Catania, Naxo, Siracusa...) fueron conocidas por los itálicos como la Magna Grecia.

A grandes rasgos, ésta era la composición de la Italia antigua en la época en que Roma surgió en una colina situada cerca del río Tíber. Según la tradición, el primer rey romano, Rómulo, capturaría las salinas de la población vecina de Veyes, primer paso de una expansión que a través de los siglos llegaría a dominar casi todo el mundo conocido.